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viernes, 17 de febrero de 2017

MANZANAS Y SERPIENTES...


                 Estaba escribiendo, oliendo mis ceras y degustando un excelente añejo tinto. De repente, un viento azotó mi cara. Las ventanas estaban cerradas y las paredes sólidas en su quehacer. Devolví cien miradas al cielo y no sentí respuesta, busqué una explicación en mi luna y solo ví su pequeño reflejo escondido tras una nube, intenté escuchar mi mar y solo me llené del ruido de viejos autobuses azotando polvorientas calles.
                 Y otra vez tronó el viento  y otra vez miré al cielo y esta vez te sentí. Era tu viento, ese viento que nació en el rocío de tu piel, ese viento que embraveció su poder con tu calor, ese viento que arrancó el sentimiento de tu alma, ese viento que se llenó de la sangre de tu corazón…Ese viento que nadó hasta mi rincón.
                  Lo abracé y transfiguró el instante. Le dí imaginación y la intensidad me llenó de tus curvas. Sentí tu contorsión y me perdí en tu sensualidad. Caminé despacito por tu cuerpo y el aire, ese aire del sutil viento, seguía mimándome. Me fundí en ti, te leí y me enamoré. Entré en tu laberinto sin importar si había salida, sin importar las enredaderas de tus miedos y sin importar el frío de tus sueños.
                   Embalsamé tu cuerpo con mi humedad, dejé que mi ternura poseyera tu espalda, escribí libertad en mi lengua y la obligué a lamer tu piel, encarcelé tus manos y las sometí a sentir la erección de mi vigor. Con denostado orgullo me diste tu manzana y la mordí hasta que mis dientes perdieron la virginidad en sus jugos, hasta que mi saliva perdió su identidad y supo a ti, hasta que mis labios convirtieron sus grietas en miel.
                   Tu viento enredó la dulce tentación del pecado, llenó mi paisaje con el árbol de la vida, del placer, de la pasión y de la muerte. Fui el Adán de tu manzana y dejé que la serpiente poseyera mi cuerpo, para poder penetrar tu alma.