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domingo, 17 de noviembre de 2019

ESCOGÍ PARA TI UN PEDAZO DE CIELO.



               Escogí un pedazo de cielo, conmigo lo dormí, a una estrella luz le pedí y a un viejo planeta la experiencia de un vivir. La noche se plegó sobre mi, ni siquiera al viento un susurro le permití, cerré la ventana, al tiempo puse en pausa, dormida estabas en mi cama y a una caricia lo imposible le pedí: que fuera tersa y suave, que sería la primera y por ende un poquito perversa, que primero oliera, que después dejara de ser quimera, utopía o un vago escrito de alguna hierba que entre albures la llamaran poeta. También le pedí honestidad, que fuera calibrada en su andar, con un  poco de humedad y ese calor que solo los pajes a su reina deben dar.
              Oculta estaba su espalda entre las sábanas de mi cama, con un ligero movimiento las puse a andar, le pedí silencio al colchón, un momento al edredón y mucha paciencia a una sabana que pegada,  acariciaba por dentro todo su pezon.  Despacito la desabroché botón a botón, cada hilo y cada seda que en la etiqueta era nombrada como lino o un importado rayón. Me regaló su espalda, tersa y suave, deseo en carne, lisa, sin anclajes, de una pieza y rebosando la sal de mis mares. De ella me enamoré, despacito mi pecho le pegué, una ola rumoreó un aliento a café, pero ese amanecer solo estaba por nacer. Pensé y no me demoré, le dije a mi caricia que había un  querer, que sobre su espalda se posara, que no tendría frío y tampoco calma, que su osadía mostrará y que poco a poco todo ese erotismo, para mí retratara. Y así lo hizo, fotografió aquella espalda, poro a poro la recorrió con calma, la olió, la saboreo, de un hermoso sudor se impregnó y cuando le dije que terminara, ella siguió, y siguió y siguió. Tanto siguió que mi cuerpo todo se empapó, de mi caricia y de su espalda….tanta seducción, tanta excitación, esas pequeñas contorsiones, ese almíbar que dejaba mi hombre sin nombre y a mi piel sin un poro que en su lumbre fuera noble.  Le dije a mi caricia que conmigo viniera, pero ella se pegó, como lapa y como tren a su vía, no me oía, solo su latido sentía y era tenso y terco como hambriento oliendo a pan recién hecho. Decidí despegarla cuando ella difuminó su espalda, se dio la vuelta y un hermoso cielo ante mis ojos se desempañó como vaho en cualquier alborada.
         Ante mi mirada mostró su torso, bello y muy hermoso. Mi caricia no se atrevía ante tal osadía. Le dije que era mía, qué haría lo que yo quería. Tomó mi mano, se posó en su pezon erecto y muy humano,  lo acarició con tesón, con avaricia, con esa posesión que un hombre en sus letras hubiera dibujado, con esa humanidad celo de cualquier vanidad, con esa suavidad envidia de cualquier lana en Navidad…con esa elegancia que solo el amor vestido de cariño puede dar.
          Le pedí una pausa y no me la daba, un momento porque mi cuerpo tregua pedía con ansia, un instante para que mis labios una lengua recordaran, un segundo para tragar saliva en lo más profundo de mi garganta. No quiso, tampoco yo quería, su cuerpo era ara, aquellos sueños relucían en pasión más que deseada, aquel vientre temblaba y sus piernas cerca de mi, vibraban y vibraban. Mi caricia me desobedecía, le di libertad a lo que hacía y más profunda la sentía,  húmeda, mojada me latía, entre sus piernas, en sus axilas, entre sus senos, sobre sus labios, entre sus sienes y también empapada en su mirada, que de cerca me decía,  lo mucho que me deseaba.
         Escogí para ti un pedazo de cielo, en caricia lo convertí, todo tu cuerpo con ella recorrí y ahora que no te tengo,  algo comprendí: la caricia se fue, se fue a su cielo como parte de otro Universo, ahora es cometa, un sortilegio que brinca entre estrellas, un destello que en la luna es poeta, un juglar del viento, una estela que impregnada de tus cabellos,  grita y grita que quiere regresar porque en ti descubrió, su verdadero cielo.

sábado, 16 de noviembre de 2019

Al despuntar el alba...le hice el amor con palabras.



            Se llenó de palabras el viento, vestidas de pesares y sentimientos, fríos colores ardiendo cobijados bajo el manto de un dulce invierno, también de cascabeles de recordados renos, algún presentimiento y ese amor que desgarra el alma, cuando es abrazado por el deseo. Letras nadaban entre tildes mareadas, comas respiradas, puntos que eran mañas, diéresis que gritaban sobre una “u” de ciertas cigüeñas olvidadas, miradas que sobre el papel eran miedo y prosapia, voces que en mi cabeza retumbaban, entre gemidos y añoranzas.
            Escribía el alma con el corazón en la mano, con el puño cerrado, el vientre apretado, con el pensamiento apresado y con una ilusión que del sueño había deshilachado. Se apago la cera, el tinto ya no sabía a su madera, la ventana lamía de reojo su enredadera, un viejo frío llegaba del norte o quién sabe de qué vereda mientras un joven grillo, anunciaba tristeza a su manera. El cielo en un intenso negro sus estrellas confundía, también la luna al dejar su velo en vigilia, cada bruma un extraño aire sostenía y mi pluma tiritaba hielo, al escribir con la tinta que en mi sangre vivía.
            Palabras recordadas, llenas de poder, de dulces ocasos y pérdidas albas, con la cara desfigurada, repletas de un sentido que era olvido, vagando por un papel que del corazón era papiro, por un mar que me olía afligido…por las ruinas de una vida, que jamás habría elegido.
            Despuntó un pequeño sol sobre un horizonte lánguido disfrazado de solsticio, una sutil brisa me regalo rocío, éste la humedad de su vaho pegándolo en albedrío, el sabor de una rosa lejana el despertar de mis sentidos…aquel amanecer pintó mis ojos con pasteles dorados y también de suaves amarillos.
             Despertó el alma, latió el corazón con ganas, abrí mi mano y sobre aquel papel escurrí un deseo al despuntar aquella alba: hoy haría el amor con palabras.
             Me llene con el baile de los sentidos, con esa elegancia que del tocar es caricia, con la frescura de unos labios que del beso son elegía, con el atrevimiento sin pausa que en el pecado siempre fue enseñanza, con la madurez de un hombre que en la pasión es seducción y excitada calma. Abrí el portal de la imaginación, liberé todo el erotismo aprendido en ilusión, pinté a esa mujer que para mí era oración, en letras dibujé cada poro y cada pezon, cada curva, cada mirada al miedo de mi razón, de sus caderas la contorsión, de su boca esa grieta que llenaría con la saliva de mi corazón…de su mejilla ese lunar que de belleza la pintaba sin condición, en sus hombros cada cabello que entre sus  rizos mis dedos desmayaban con pasión, en su espalda esa piel sobre la que mi pecho resbalaba y se pegaba en erótica sumisión …en sus muslos la osadía de mis manos, entre sus piernas ese vigor que para ella tanto había guardado y en su alma esa poesía, que letra a letra toda mi vida había escrito y en ninguna tatuado.
                Al despuntar el alba le hice el amor con palabras, sin señas ni frases vagas, con mis letras y con cada tilde, que en mi alma sin rumbo, nadaban y nadaban.

viernes, 8 de noviembre de 2019

ESE ARDOR QUE DENTRO DE TI, TANTO EXTRAÑO.



                Puesto estaba el sol sobre el manto del mar, no había nube capaz ni estrella que lo desvistiera fugaz, todo era calma y sobriedad, cuando una tenue brisa, me dio un abrazo lleno de ansiedad. Olía a ti y a nadie más, con ese sabor que del jazmín era celo, esa nota que en su acorde rozaba el cielo, ese susurro acariciado que recorría mi piel, excitando cada uno de mis vellos. Una premonición del sueño, un escalofrío de ti muy lleno, una sombra que arrancaba a puños ancestros alientos, en el lienzo de un viejo tiempo. Aparté la mirada de aquel vacío intenso, la dormí en el recuerdo, en una seducción suave pegada a mi pecho,  a esa canción que en nuestros ojos se cruzaba,  cada vez que el alba nos despertaba. Sentí cuando tu amor me acariciaba, cuando tus dedos se perdían entre los algodones de aquellas sábanas, cuando tus labios mordían con dulzura mi boca y entre dientes con salivas jugaban, cuando una música escribía esta memoria dentro de mi alma y eras tú, quien la cantabas.
                 Se desgarraba a gritos el profundo silencio, el eco vibraba en mi dentro, el sentimiento desnudaba todo su atrevimiento, la imaginación su erotismo más intenso y puse el momento sobre aquellas olas,  para que lo bailaran perverso. El instante lo merecía, tanta pasión me afligía, aquel ocaso me abrazaba y cada deseo consentía, eras mía, en el sueño y en la melancolía, en una extraña alegoría y dentro de aquella brisa, en los brazos de su melodía.
                 Rompió la espuma su sal sobre mis huellas descalzas,  podía sentir cada lágrima de mi alma, llegó la marea, sentí en mi pecho su algodón y toda su seda, te abracé enamorada, se alzó el viento blandiendo espada, también una ola que alta al cielo desafiaba, con fuerza atravesé aquel sueño, en arena mojé un deseo, bajo la primera luna escribí un verso y despacito, muy despacito, me deshice del olvido y recordé ese día en que tú y yo hicimos el amor,  pecado a pecado y sin miedo al gemido. Iluminó un relámpago aquel lecho, en tu cintura perdí mi beso, rugió el trueno,  también el suspiro,  un anhelo permitido, un escalofrío en el grito, ese calor atrevido ardiente e infinito, la ubre de una pasión que derramó gota a gota el calostro de un amor, puro y divino.  Enceló mi piel tu boca, tu vientre,  la caricia de tus muslos entre mis  sienes,  cada humedad que olía perfecta y diferente, cada palabra que nadaba en tu boca y se pintaba de blanco, ante la belleza de tus dientes.
                  Hoy te recuerdo, a ti y al momento, cada palabra entre bocas callada y cada beso, el susurro de mi cuerpo, la suavidad de tus senos, el ansia por tocarte de mis dedos y aquella ilusión que en mi abriste...esa ilusión que todavía es parte de mi sueño.
                  La memoria persiste y altera mi mente, el instante no tiene tregua, vaga la razón rapaz y rastrera, utópica por donde se vea, del pensamiento sutil destreza, de mi amor, una falaz quimera. Te difumino en mi Universo, lleno de caramelo cada aliento que de ti conservo, de sabores confundidos cada beso vivido en mi libido, triste y deprimido porque es tu cuerpo el único que maltrata mis sentidos, tu erotismo el que desata mi hombre dormido y tu dibujada mirada, la que pinta de pasión mi soledad y moja, cada arruga de mi cama. Te deseo acurrucada a mi vera, con mi lengua pegada a tu pezon como enredadera,  llena de ansias cuando mis manos entre tus curvas se pierdan, con el latido de mi vigor entre tus piernas y con tu corazón abriendo de par en par, cada una de mis arterias. No te vayas de mi sueño, siénteme hombre, muéstrame esa mujer que abraza mis inviernos, amante de mi cuerpo en cada pliego, cómplice en mis humedades y miedos, un sublime arte cuando el alba pinta su primer dorado,  sobre el lienzo de tu cuerpo. No desvanezcas mi anhelo porque en ti estoy completo, en la imaginación los colores son perfectos, en la ilusión soy libre y espero, pero jamás desfallezco, porque sé que tras la triste alborada, siempre habrá un ocaso, en el que en ti, este dentro; Muy dentro, empapado de ti en la contorsión de tu cadera, en la seducción erótica de una mujer entera, dulce y salvaje, lleno de mí en cada estría de tu linaje, abrazada cuando el espasmo te recorra en el viaje, por dentro y por tu espalda, de frente, perdido en tu almohada, abrazado a tu fragancia y amada cuando escuches el primer gemido, en mi excitada garganta.
                 Tanto recuerdo mi alma desgarra porque en esta arena te poseí con ganas, del ocaso a la alborada, de la alta marea al mar en calma, con música y también en un baile de silencios hermosos,  creado por nuestras miradas. Vives en mis entrañas, en cada canción y en cada cera que entre viejos tintos chorrea sin pausa, en cada una de mis nostalgias y en cada poesía que escribo en tu memoria y que excita cada noche, ese poema de amor, que nunca se acaba. Del tiempo he sido esclavo, de la pasión el reflejo perdido de un amante desahuciado, del deseo solo un rumor que en soledad me moja demasiado, del cariño un buscador de caminos y del sueño, el más terco de sus mendigos. Desde entonces del amor soy huraño, un vagabundo sacudido por las fauces del engaño, un ser perdido entre ajenos vientos y amaños, un adolescente que se ha hecho viejo recordando ese abrazo, esa caricia de hace tanto, esa mirada que cada atardecer pierdo en el ocaso, ese orgasmo tan añorado…ese ardor que dentro de ti, tanto extraño.

martes, 5 de noviembre de 2019

EL VIEJO NICOLÁS.



                Siempre al lado de la ventana, sentado sin mirar nada, del árbol todo sabía, de la banca más próxima cada pintada posadera que día con día la elegía, de cada perro sus horas y hasta del cielo, los minutos que daba sombra. Para nadie era un extraño, siempre serio, con el pensamiento urgido y ojos que denostaban un corazón vivido en el desmayo consentido. De tanto en tanto índice y pulgar secaban alguna que otra saliva de su boca, siempre los de su mano derecha pues la otra la mantenía cerrada en puño, sobre la mesa.
                Como de costumbre aquella ya vieja tarde pintaba de ocres cada hoja de aquel parque, el viento solo era un suave aire y las cenefas de las aceras, disfrazaban sus pisadas con un polvo que lejano, las llenaba con ansia y  una sutil  ligereza. De repente y de frente una cara lo miró, junto a su ventana un hombre se posó y sin mediar palabra, el viejo Nicolás una moneda soltó. Aquel mendigo en aliento habló, maloliente y afligido, deprimido en hastío, soez en su abrigo, deshilachado en cada cabello atrevido y muy, muy valiente, en una mirada que parecía casi de amigo. Una media sonrisa lo delató, su faz se abrió, también de su boca cada grieta, sus comisuras y aquellas arrugas que parecían tejidas por una maléfica inquieta o  quizas  una araña, dándole una expresión pagana y  muy extraña.
                No se movía, solo lo miraba. El nervio mostró Nicolás en su garganta, mientras aquel hombre que parecía amigo, ahora con su quietud, lo retaba con cierta saña. Nicolás no pensaba, tampoco parecía hacerlo aquel hombre, mendigo o un simple huraño con barba, los ojos se cruzaban, las pestañas eran las únicas que medio hablaban mientras una inquietante tensión,  de la ventana se apoderaba. Nadie contestaba, ni el ademán ni la sorpresa, tampoco el gesto, solo una ligera brisa que embarróp a Nicolás, con matices de azufre y escondidos inciensos.
                Se movió el hombre, su mano a un bolsillo se acercó, a él la pego y luego entró. Nicolás se medio asusto. De entre su mano un pequeño libro asomó, con cierto temblor se lo mostró, sobre la repisa de la ventana  lo posó. Nicolás con cierto asombro se atrevió, entre sus manos lo tomó y al ojearlo, una gran sorpresa sobre su alma brincó. Al abrirlo encontró unas monedas dentro de aquel libro, exactamente las que había dado hacía poco al mendigo. Alzó deprisa la mirada, vio de aquel hombre su mano derecha que despacio temblaba, recorrió su palma y entre rotas lanas, se aseguró que las monedas todavia allí estaban. No entendía, quizás una casualidad, pero eran exactamente las mismas, iguales en denominación y cantidad, tambien en color e igual de gastadas. Absorto lo miró de frente buscando una respuesta o quizás una complicidad como referente.  Aquel hombre callaba pero ahora eran sus ojos los que una media sonrisa le mostraban. Entendió Nicolás que aquel hombre sabía, que no era casualidad. Cerró el libro, leyó el título, lo miro sin ver una segunda vez, ahora eran sus manos las que temblaban, su piel de un raro sudor se mojaba, quería pensar, no podía, levantó su lánguida mirada en busca de una respuesta o quizás una pregunta…y aquel hombre, ya no estaba. Bajó su cara y en silencio leyó: “La muerte de Nicolás”.
              Por primera vez en muchos años cerró la ventana, sentó en una gran mesa su estampa, se lleno de pipa y aguardiente de caña, suspiro un escalofrío por su espalda y aferrado en aquel libro, abrió de él su primera página.
              Hablaba de la muerte y de la vida, de las suyas y de nadie más, parecía como si alguien lo hubiera seguido desde su nacimiento y todo estuviera  escrito en ese libro. Pensó en ese compañero de viaje, pero no  había explicación para tal cometido. Intentó remover memorias, buscar en su mente fotografías, pero cuanto más leía, menos entendía al autor de tanta osadía. Allí estaba escrito su viaje por esta vida, todo el equipaje, sus miserias y sus anclajes, pasiones que nadie sabía, aquellos deseos sin medida y al filo de la muerte, lo que le quedaba de bagaje y un poquito de filosofía. Cosas que no recordaba, sonrisas olvidadas, tristezas por su memoria desechadas y muchas sorpresas que ahora lo eran y que antes sólo fueron pasajes sordos, de una vida, quizás demasiada larga. Contaba que había repetido una y otra vez los mismos errores de su padre, pero eso ya lo sabía, que con sus hijos fue más una molestia que otra cosa, eso lo presentía, que siempre una caricia pedía de la misma calidad que la que el en sus manos sostenía, que mucho dio y que cuando recibió quizás no supo calibrar su valor, que aguantó el dolor, también la soledad pero que en el fondo siempre buscó la pureza en una amor que nunca a su lado durmió.
                Pasaron los días, las tardes y muchas noches. Dormía con aquel legado en su regazo, no lo soltaba, no podía dejar de leer esa carta, es gran carta hecha libro que alguien le había escrito, quizás por el  destino, un ángel de la guarda desconocido o un extrano ente que entre brumas  vivía escondido. Por su autor no se preocuparía, quizás ser conocido no quería, así que siguió leyendo aquel manuscrito hasta el final. Regañado y a veces confundido, recordado y siempre sorprendido…llegó a ese capítulo que nadie podía haber escrito porque no había sucedido : “la muerte”.
                Cerró el libro, respiro y exhaló profundo por cinco veces, se levantó, llenó su  pipa, su copa con el espíritu de la caña, dejó que su pulgar e índice recorrieran una vez más de su boca cada comisura arrugada y se dispuso a leer “su final”.
                “ ….y se levantó aquel día de la cama. Tomó una taza de café y quemó su pipa hasta acabarla.  En ese momento supo que hoy sería el último. Siempre tuvo una gran intuición, ese presentimiento que le recorría la espina en forma de escalofrío y que sabía escuchar con sumo tino. No había error. Se duchó, se vistió y como siempre fue a comprar el pan, un poco de fruta, media tableta de chocolate, tabaco para su pipa y un buen encendedor. Llego a su casa, acomodó lo comprado en una vieja alacena, revisó su armario y puso en una bolsa un pantalón y un polo. Era ropa casual, así le gustaba, cómoda y variada. La llevaría a la lavandería y la dejaría encargada. Por la tarde la recogería ya seca y suavizada. Lo que le incomodaba es que no sabía la hora del suceso, sabía que pasaría pero no cuando. Tampoco podía prepararse, tuvo toda una vida para hacerlo, ahora ya era demasiado tarde. Pensó, siempre le gustaba pensar, y pensó que no quería pensar, hoy no. De regreso de la lavandería quiso caminar un poco más, no para recordar ni saludar, sino para respirar un aire que pronto le iba a faltar.
                     No todo el mundo sabe que hoy morirá. El si. No sabía si era ventaja o un sufrimiento adicional. Podía leer algún libro sobre experiencias después de la muerte, de personas que han regresado, etc…pero en el fondo sabía que nada era seguro, que todo era incierto, que el aire le faltaría y que después….¿qué habría después? Empezó cierta inquietud a dominar su espíritu, ese que dicen que nunca muere pero nervioso estaba. A lo mejor si se concentraba podía dominar el momento, comprenderlo y saber qué hacer. ¿Sería posible? Pensó que intentarlo era su derecho y así lo haría. Nadie lo recriminaría a menos que alguien en el otro lado no le pareciese, pero eso ya sería rizar el rizo..¿o no?
                      Pasó la tarde como pudo, se vistió con lo recién lavado y tomó su pipa. De tanto en tanto se acercaba a la ventana y bebía con su amiga copa, el  aguardiente de caña. Miraba el reloj como para preguntar cuánto faltaba, era una tontería, pero una buena costumbre cuando era la catrina a quien esperaba con tensa calma. Tocaron las nueve de la noche en el campanario de la iglesia. Eso le recordó que religioso no era y que según los cánones enseñados quizás condenado estaba, por no confesado y sin misa que amparara sus pecados. Le quitó importancia, lo hecho, hecho estaba y lo no hecho también por acabado lo daba. Faltaba poco, tenía ansia, siempre lo desconocido era un buen guiso y más cuando era su  muerte la que lo esperaba en sigilo. “
                      Se detuvo. Acarició el libro entre sus manos y puso uno de sus dedos como apunte de donde se había quedado. Lo sostuvo un momento con agrado, después quitó su dedo, puso un pedacito de papel en donde lo leído había terminado y lo dejo sobre la mesa para darle un sorbo a su destilado de caña y una buena fumada a una pipa, que ya lucia cansada de tanto amaño. Se preguntó y preguntó, sabía que era bueno en la intuición y más en el presentimiento, lo que había leído lo retrataba con esmero. Quizás así reaccionaria, no estaba seguro, pero aquel libro, todo de él sabía. Lo tranquilizaba que hoy no tenía ningún escalofrío que recorriera su espina ni nada parecido, tampoco una intuición que su vida desarmara. Pero todo era muy raro, aquel hombre, mendigo de pésima barba, el libro con sus monedas entre páginas, un relato que hasta las comas a su vida le recordaba y por último, la descripción de una muerte que por anunciada, por dentro lo quemaba. Estaba cansado y decidió seguir leyendo por la mañana, temprano junto al primer café y a su pipa que en el alba, siempre se antojaba.
                 Se puso el pijama, dejó sobre la mesita el libro, acarició su cara, analizó el necesario afeitado por la mañana y apago la luz de su lámpara cuando de repente…un fuerte golpe sacudió su ventana, su estampa y hasta su alma. Se levanto con el corazón en la garganta, corrió a la estancia y abierta en sus ojos se dibujó aquella ventana. Por ella sacó la cabeza, miro  hacia la izquierda y hasta donde llegaba la derecha, todo estaba en calma, ni viento ni nadie que aguardara. No pensó, el tiempo no se lo permitió, tuvo un presentimiento, ese que hacía poco en el libro leyó…¡era hoy! ¡Mi muerte llegó! Con mucha prisa se vistió, casual como leyó, un calcetín se le atravesó, con un pedacito de uña medio lo desgarró, pensó que no importaba quien lo viera, que solo era leña para el fuego del incinerador. Se puso unos calzoncillos, limpios y nuevos, nada perversos, clásicos y sin hilos sueltos, se peinó, esta vez sin gel pues lo delgado de su cabello ya no le importó, natural y alborotado pensó. ¿Dónde será? ¿En la cama en modo tradicional? ¿En la sala con un infarto letal? ¿Asomado a la ventana en plena madrugada?.....no, debe ser diferente. Yo escogeré. Me sentaré en la mesa con mi pipa y en mi copa la caña con su aguardiente, el libro en mis manos…y...¿Escribiré algo mientras llega? No mejor no, pues dirán que fue suicidio o algo inventaran que ponga en juicio mi albedrío. Pero, ¿qué importa? Si debatir no podré ninguno de mis principios, tampoco les daré gritos ni excusas a los vecinos, será tranquilo o algo parecido, creo. Bien seguiré leyendo el libro aquí en la mesa y esperare convencido de que la muerte de un momento a otro vendra a darme abrigo.
                Y así lo hizo, la susodicha y esperada no llegaba y él seguía leyendo su libro.
                “ …y pasó que se juntó la vida con este libro. Se detuvo el tiempo. Nicolás la esperaba, inquieto, con nervio, sin olvido, con ansia, valiente y con mucha calma. La muerte también, casual, bebiendo aguardiente de caña, compartiendo pipa y enseñanza. Y llego el momento. Fue Nicolás el primero en abrazarla, le regalo una caricia y no fue correspondida con la misma prestancia, vio su guadaña, sintio un segundo escalofrío recorriendo su espalda, la muerte se mostró blanca, pulcra y sin tacha, le sonrió, también el le mostró su elegancia, eran dos, nadie más. La vida era un pliego, un grano de arena, un punto negro de un  número en los dados de la quimera, un sortilegio perdido en la gran esfera…una meditación demasiado corta para un aprendizaje perdido en la gran marea. Ella no era callada, el escuchaba. Le contó de otros mundos, de Universos paralelos, de almas viajeras, de viejas estrellas y hasta de las sonrisas que no veía de los cometas. Le explico con detalle quién era, que solo era un paso más a la luz eterna, que las plantas eran las más sinceras, los animales herederos de este planeta, cada flor una pequeña alma inquieta y cada nube, un algodón de maná que nutrí ,las ubres de la Tierra. Entendió Nicolás que ella no era mala ni buena, solo una puerta. Entonces la muerte le reclamó, le pidió que creyera, que no tenía quien la acompañara para abrirle la puerta, que sola no podía y que por favor tuviera convicciones pétreas, ahora que aún estaba de aprendizaje en esta Tierra. Al no entenderla Nicolás, con su expresión le preguntó. Ella respondió. Si tú crees en Jesus, él me acompañara y a mi lado te esperará, si tú crees en Buda conmigo la puerta te abrirá, si es Ala lo mismo pasará, si es la más bella de las flores con sus pétalos te acariciara, si es un delfín, con saltos la puerta abrirá, pero tú no crees en nadie y entonces serán los arcontes, los seres sin alma que te obligarán en un terrible viaje y a sufrir regresarás. No estás preparado, te daré otra oportunidad, sabes que te quiero, no te abandonaré jamás pues sé que mi encuentro contigo algún día llegara. Pero te quiero convencido, aprendido de lo que has vivido. Por tus seres queridos preguntarás pero te diré que a ellos ya he despedido, otra vida tienen, en otro lugar, siguen aprendiendo, no los esperes, pues sólo la luz de quién crees, te guiará.
                Ahora lo entendía. No tenía creencias sólidas, solo melodías, jamás hubo nadie que me explicara la historia del final de una vida. ¡Tuvo que ser la Muerte quien me consintiera y acariciara en mi desidia! Ya no quería dudar más, estaba preparado. Ahora la quería con alevosía. Mejor abrir esa puerta que estar en la ventana todo el día. Quería tenerla. Esperaba el momento pero no llegaba. El presentimiento era cada vez más fuerte, la intuición lo desgarraba. Abrió otra vez el libro…pero quien vendría si en nadie creía, quien acompañaría a la muerte en su último día…religioso no era, político a veces (pero no era el caso), ¿ídolos? Algún escritor, el mejor futbolista, un pensador…¡Nooooo! ¡No puedo pensar en alguien a quien ofrecerle mi vida y mucho menos mi muerte!...siguió su lectura….
                  “ …la Muerte deslizó la mano a su bolsillo izquierdo, esta vez no saco un libro sino unas monedas, las mismas que Nicolás le había dado al mendigo. Le dijo que a ella no la compran, ni siquiera en el suicidio, que vale mucho más y que vendría por el cuando estuviera bien aprendido. Nicolás medio enloqueció, quería abrir aquella puerta, salir de esta esfera y fundirse hasta quemar sus penitencias (si es que las tenía). Pero no lo dejo, lo regañó, de sabias reprimendas lo llenó. Nicolás bajo su cara y cuando con miedo su mirada levantaba, ella ya no estaba. Las monedas brillaban sobre la mesa, el aguardiente a media caña sonreía una carcajada y una pipa de madera quemada sacaba humo, sin oler a nada. Y así siguió la  vida de  Nicolás, asomado a una ventana con el vacío en su mirada. “
                   Termino de leer y no lo podía creer. Se sentía utilizado, maltratado, por el libro y por su muerte que tanto había esperado. Pensó : vestido y alborotado como novia de barrio. Reflexionó, esta vez meditó, con su pijama se enfundó, apago su lámpara, dejó el libro sobre la mesa junto a la pipa y su caña…y soñó. Soñó que una vez la muerte lo visitó, disfrazada de mendigo, que le dio unas monedas para quitárselo de encima, que un libro le regaló, que su vida en el leyó y que en toda su existencia…¡nada aprendió! ¿De dónde vengo y quién soy? ¿Quién realmente me parió? ¿Dónde es el partir y dónde queda el final? ¿Qué es el alma, donde está, a donde va y de dónde viene? ¿Qué debo aprender, que hacer, que leer, que pensar, que soñar? ……¿Estaré listo cuando la muerte se quiera mi alma llevar? ¿Soy un sueño de alguien o soy yo, quien sueño con alguien que no existe? ¿Soy un algoritmo de una inteligencia artificial universal o solo un bicho sideral como tantos millones? ¿Soy de aquí o soy de mucho más allá?
                   Nicolás falleció, de esa noche jamas despertó, el vecino nada escuchó, lo encontraron en su mesa, con una vieja pipa humeando sobre su mano izquierda, con una disimulada sonrisa que parecía mueca, las hojas de un viejo libro languidecían sus letras y un inconfundible olor a destilado de caña, pegaba su vaho a una ventana, que todavía estaba abierta. Tanta pregunta su corazón paró. Creo que al final algo o alguien le respondió, pues ese ser a la muerte ayudó, abrieron la puerta y Nicolás trascendió. ¿Dónde? ¡Quién sabe!




DE COPAS...CON "EL TIEMPO"

   
               Era invierno, un verano incierto, quizás un otoño de caídos retoños, una primavera con el alma preñada en pena o quizás no era lo que uno espera.  Era lo que era, no importaba si a de veras o una quimera, tampoco el color de cualquier acera y mucho menos quien te veía detrás de una ventana que era asomo de cualquiera. El cielo con elegancia soportaba su esfera, no se atrevía el cometa pero si ayudaba la  más hermosa de las estrellas. Era Mayo y lluvia, esa que no hace daño ni empapa amaño, la que sombra no dibuja, la que no moja, la que es chispa de abrazo y de tanto en tanto  disimula un trueno y quizás, un pequeño relámpago.  
               Caminaba mi corazón con pocas piernas, con los sentimientos hechos pedazos, con la memoria llena de embargos, quizás con una ilusión que solo era chistera de algún perdido mago...quizás con ese presentimiento aciago, que recorre la espina como escalofrío medio humano. Quería una cantina, el recodo escondido en una esquina, puertas blandidas en armonía, humos escondidos en poesía…ese refugio que mi alma necesitaba y quería.
               ¡La canción me sostenía! La una, las dos, las tres. No quería del alba una caricia sino de la noche su alegoría. Las cuatro estaba a diez, las cinco pintaba lejanía, mis ojos ni una lagrima tenían y mi verso buscaba una última letra, a su cansada agónica. Se pintó una esquina, una farola me llamo erguida, se dobló la acera, la pared escurrió su vil pintura arrocera, el cochambre de cien frituras saboreo mis ceras y entre extraños olores blandí aquella puerta y escurrí mi alma entera, en ella. Siempre le grite soledad a mi mar, explicaciones a un viejo andar, respuestas a las sonrisas impuestas, costras a heridas perversas pero esa noche solo le pedí a ese bar, que me abrazara con suma clemencia.
               Y el vacío se vistió de sigilo, la barra de aperitivos, de berberechos saltando en su marinado albedrío, de cinco aceitunas en escabeche baldío, de un boquerón sin destino y de un añejo jamón, que esperaba ser cortado por algún don divino. Una silla se recorrió suave, una mesa se limpió hasta mostrarme que de madera era su sangre, un viejo camarero me deslumbró con su pluma de antiguos azabaches cuando un aire me lleno de sueño en un viento que no tenía, padre ni madre. El arte era parte, ese pincel que se cuece aparte, sin dueño ni falsos anclajes…solo esa inspiración, en un irresponsable viaje. Y fue entonces que un viejo compañero se sentó. Si era viejo, diría que muy viejo, conocido, irrespetuoso y pendenciero…pero al fin, de mi camino, un compañero: el tiempo.
               ¡Camarero, dos copas! La mía con un hielo, la de mi amigo, ese viajero que cuenta mi vida con minutos y  segundos regalados, con tres para que se le enfríe el estrés. Lo mire de frente, no se inmutó, de lado y no se afligió, por la espalda y mudo siguió…le di una palmada, ni un músculo grito, una cachetada, ni la quijada movió, una palabra y su atención me dio como don, de quién sabe qué  Dios lo despertó, con sumo tesón.
               ¡Muéstrame tu cara! Despacito sonrojo su estampa, alzó la mirada, puso el puño izquierdo junto a una vieja araña y sin decir nada con su lengua desafío mi labio, en una vil distancia. No sería fácil, esa historia pesadilla pintaba, canas en una pesada barba e inquietud en un pensamiento que me ahogaba en palabras. 
               ¡Confiesa tanta elegancia! ¡Contéstale a mi alma! ¡Atrévete a mi constancia! 
               ¿Sabes? Fingiré tu falacia, tu silencio interpretaré sin saña, tú mal gusto lo sacudiré de mi áurea pero deberás escucharme porque hoy te tengo de frente y baja guardia. Te perderé el respeto, también la distancia, tanta arrogancia, la prestancia de tu nostalgia y olvidare cada vez que de mi, hiciste un pliego de esa tela que tejiste desde tu ignorancia. Debes saber que vengo de un buen nacer, que tú no tienes madre que puedas reconocer, que mi padre me lloro al nacer y que tú, jamás a un nido podrás pertenecer. ¡No me mires con extrañez! ¡No te atrevas a juzgar mi niñez, tampoco mi madurez y mucho menos esta incipiente vejez! ¡Eres tétrico, pusilánime, obsoleto, cretino y perverso, quizás de la historia su predilecto pero de mi…solo el ser más imperfecto! 
               Te llaman tiempo y no lo tienes, te muestras eterno y eres solo un invento, mírame de frente, no rehuyas la mirada, te lo digo con lo que tengo, con mi palabra, con esa condición que me da cada alba, con esas letras que de mi pensamiento emanan…con esos genes que de las estrellas son semilla y de la Tierra, simientes que día con día, de ella, maman. Explícame tu verdad porque no entiendo tanta audacidad, explícame quién eres porque no creo tus relatos de ansiedad, cuéntame tu realidad porque sé que la  historia fue cruel en tu necedad, dime tu poder porque no entiendo que todavía seamos ancla de tu pobre saber.
               ¡Camarero dos copas mas! La mía con un hielo, la suya solo con dos porque el pensamiento con afonía es memoria de falsas alegorías.
               Te conocí sincero, de verdad compañero, en mi viaje necesario, quería que fueras más rápido en mis biberones de quién sabe de que vaca  llenados,  de tanto en tanto cansado, viejo, denostado, lúgubre, en Navidades juez de una religión que era epopeya del pasado,  en mi cumpleaños con pocas velas soplado, en mi santo lleno  de artificios y fuegos con finos pinceles pintados,  pesado en la escuela, amañado con extraños pactos en la discoteca, fugaz en la Universidad cuando aprendía en cualquier biblioteca, lento cuando conocí a una novia imperfecta y veloz en el primer beso que ahora dibujo, como mi primera y siempre soñada  quimera. Eras sordo en las reprimendas, voraz cuando asomaba el burro en primavera, tremendo juez cuando en el error esquivaba aceras, acariciador en el silencio pero siempre cumplidor en el entierro del que yo era, preciada descendencia. ¡No te equivoques¡ Conmigo estás mal, la muerte no es un final aunque tú la pintes tal cual, tampoco el nacer parte de un equipaje ni la vida un falso viaje…todo es lo que tú no sabes, un magnífico bagaje que sin ti, no tiene peaje. Escúchame de frente y sin miedo porque contigo o sin ti no hay frío ni falsos alientos, solo un espacio que debemos llenar para ser dignos del infinito eterno. Gracias tiempo, por existir y por no creer en ti.
               Le preste mi reojo, lo vi medio dormido pero no detenido. Me dije que casi lo conseguí…pero no!
               ¡Camarero, dos copas…la de mi amigo doble y sin hielo, la mía igual!
               Llegaron las copas, no eran las diez ni las once aunque la canción nos brindará su tozudez, más bien eran las cinco y más las seis. Mi amigo disimulaba medio dormido, mi alma lo quería detener, mi compañero no quería mi querer pero tanta sinceridad estaba a punto de su alma torcer. Yo sabía que podía y lo iba a intentar otra vez.
               ¡Despierta que las copas piden bocas! 
               Intenté ser educado contigo, respetuoso, condescendiente y hasta amigo. Pero a ti te vale lo que yo piense, diga o haga. De acuerdo. Te explicaré de una vez que aquí no eres bienvenido.
               El tiempo medio se despertó.
               Para mi eres como un ovillo, una lana llena de segundos y minutos con falso albedrío, hilos e hilos de ovejas que su vida han perdido por darte a ti un pobre infinito. No nos convences, tu discurso no es coherente, te falta lo vivido, te conviertes siempre en juez de seres que reencarnan en el olvido mientras que tu memoria siempre es cascada de siglos y siglos bien convenidos. De una vez dime quién te invento, quien es tu madre o si tu padre está perdido, dime si eres parte de este sistema tan elegido o si sólo formas parte de su laberinto. No te entiendo, te duermes como político elegido y ni caso haces a lo exigido, tienes tus leyes y a tu dictadura nos sometes, pones reglas y no podemos desobedecerlas, no naces, no mueres, tampoco reproduces tus genes…¿quién eres?  
               El tiempo callo como era su costumbre, yo seguí hablando, el camarero nos preguntó, ya iban a cerrar, el aire huyó,  la puerta cerro, el humo llego, la gente se fue y mi copa poco a poco lloro. Me desahogue, quería más,quizás no había un por qué pero mi alma se vació: 
               Yo no sé de dónde vienes, quien eres, de que cuna naciste o si de embrion tenias dientes, no sé tu edad, si te cortas las uñas, si te bañas en el mar o si afilas fauces en la mediocridad. Sé que no me convienes, que de ti un segundo en mi piel es liendre, un minuto un huevo de serpiente y una hora, el nacimiento de una escama en mi alma, entre sus dientes. 
                 Eres patético, obsoleto, viejo y esquizofrénico, valiente entre políticos y demagogos sobresalientes, corto para los presos, demasiado largo para los hambrientos, eterno para los que suspiran su último aliento, limitado para el beso y demasiado longevo para un mundo que en su naturaleza, es Universo. No mientas, eres dictador de plebeyos, cómplice de malos viejos, hipócrita entre espacios, hacedor de distancias, mago negro de fragancias y siempre, siempre, un contador de vidas sin alma. Pero te equivocas porque la noche está hecha de luna, el alba de rocío, la mañana de olvido y el ocaso de esa libido que solo el mar pega al cielo sin tiempo, con amor y mucho infinito.
                 Se levanto mi amigo, no pago, supuse que al baño echaría su olor…pero no fue así, bajo su copa (todavía llena), dejó una media hoja, un mensaje que pagaría tanta platica sorda, ese monólogo que quizás soñé y que en mi mesita de noche hoy encontré:
                “ puedes detenerme cuando quieras: en el beso o en el amor cuando es hecho, también el suspiro puede ser eterno,  como la caricia tatuada en piel y el orgasmo perfecto. Solo debes sentirlo y yo estaré para perpetuar lo conseguido. Siente el sentimiento, emocionalo y créalo..entonces solo seré de mi un tímido viajero, un espectador quieto, un ser que te dará mi corazón para que tú lo latas a tu tiempo.”