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miércoles, 25 de abril de 2018

UNA CARTA A TU OLVIDO.


    
                Después de hablar con el tiempo, he comprendido que mi amor no es correspondido, que de tanto querer el poder tenerte ya debe ser parte del olvido, que en mi destino no está tu cuerpo escrito, que tanto silencio hace grande el infierno y el susurro  ya no llega a suspiro, que por ignorante te he perseguido pero por fin he entendido que si todavía estás lejos, es porque así lo has decidido. Libre te dejo porque en mi sudor estremezco miedos, en la garganta ahogo ansias, mis ojos lloran el recuerdo de tu mirada y cuando la noche se convierte en blanca, siento profundos, los arañazos de tanta soledad desgarrada. Duele en el escrito la palabra, la tilde apuñala y la coma no separa, el verso respira tenso y el sentimiento es intenso, el anhelo habla, la ilusión se desbarata y duerme el sueño sin tu almohada. Ya leerte no puedo porque al recitarte me lleno de celo, respirarte es de ateo porque tu dios te dejó por otro averno, olerte no puedo porque ya te poseyó otro viento y saborearte es tarea de ingenuo, pues cuando cierro los ojos te veo llena de otros besos.
               Quiero ser por ti escuchado pero no encuentro esa tinta que se explique en mi mano, quiero ser oído, lamido y otra vez besado, pero mi piel en el tiempo de escamas se ha llenado. Le pido al verbo que se atreva y al adjetivo que lo envuelva, al grito que se escriba, al gemido que de eco se vista, al silencio que navegue lento y abandone el tiempo, a la poesía que me rinda pleitesía y al espacio que le robe metros a la distancia y así de frente, te pueda hablar a la cara.
               Me gustaría decírtelo pero no sé cómo, explicártelo pero ya me siento muy cansado, contártelo pero en el cuento mi destino he dejado y aún así,  quisiera estamparlo en el fondo de tu alma, tatuarlo en tu piel antes del alba, decirle a tus ojos que lo tengo escrito en la mirada y a tu boca que se atreva a sentirlo entre mis labios, cada vez que te susurre un beso o una palabra…¡cómo me gustaría empapártelo!, pero mi corazón ya se ha secado…¡como me gustaría dibujártelo!, pero mis dedos olvidaron los colores en un pasado…¡como desearía ser mago!, pero la vida sin chistera me ha dejado y sin una varita que me dé amaño, solo me ha dado el poder del mimo, el sueño de un amor nunca vivido y un camino lleno de dudas, espinas y versos sin tintas ni rimas. Como quisiera que el tiempo fuera parte de otro espacio, que me dejara eterno en la trinchera de un silencio ansiado, que no hubieran paredes a mi lado pues hasta mi sombra he odiado y que cuando llegue la hora, esa hora en la que todo es nada, solo esté conmigo la arena de mi playa, la sal de mi agua, una vida pensada y el reflejo de una Luna que como yo, ya luce cansada.
               Escribí una carta dirigida a ti, porque te creía mi destino, escribí una carta para ti  y pensé que no la habías recibido…y ahora sé, que escribí una carta a tu olvido.


             

martes, 24 de abril de 2018

TE VI...



          Te vi cuando te mirabas en el espejo, él te disfrutaba y yo a escondidas en la tímida distancia, besaba con mi aire tu desnuda espalda. Te vi cuando te peinabas y una luz te hablaba, tus cabellos entrelazaba y una dulce sombra alargada, cubría mi cara. Te vi cuando te vestías y una seda en tu piel se atrevía, el algodón te acariciaba y un pervertido botón a las escondidas jugaba. Te vi desnuda, vestida…y te sentí amada.
          Te vi cuando el café preparabas, él te olía y tú con una cucharita lo mecías, la taza te quería y tú un beso hecho de carmín y sorbo le escribías, tus transparencias encelaban la mesa, tus caricias la silla y tu sonrisa, el amanecer de aquel día. Te vi cuando buscabas las llaves y tu perrito te seguía, cuando la puerta abrías y cuando el aire te olía pegado cuando salías…te vi distinta aquel día porque quizás, ya no te vivía.
          Te vi en la oficina, entre ventanas, impresoras y modernas tintas, te vi en el almuerzo cuando tu mirada perdida se llenaba de cielo, tus manos te recordaban que un día fueron mías y entre vasos, risas y palabras escuché tu voz, como siempre, una dulce melodía. Te vi cuando te retiraban la silla y con elegancia asentías,  el camarero agradecía tu propina mientras tú girabas tu cuerpo porque de lejos, te había mandado un beso…te vi orgullosa, ejecutiva y melancólica, te vi dichosa porque sabías en el fondo, que vivía en tu sombra.
         Te vi llegar a casa, desde el coche saludabas a la vecina, al amigo y hasta en el que nunca pensabas. Te vi cuando el cancel dejaste atrás, cuando tu perrito te fue a abrazar, cuando una flor se dejó por ti acariciar y cuando aquella luz solar, sola, te empezó a amar. Te ví estirada en tu sala de estar, con la televisión prendida sin nada que escuchar, un té  juraba lealtad y en su verde natural te quitaba ansiedad, te acercaste a tu piano y después de unas teclas tocar, empezaste con tu cama a soñar. Te vi cansada, de pie pero con la música en el alma, te vi deliciosa porque una vez más sabías que era mi acorde, el que tu espíritu siempre tocaba.
         Te vi cuando te desvestías y tu cuerpo mostrabas, tu piel añoraba, tus piernas ya no temblaban y tanta humedad guardada, ya no tenía mi fragancia. Te vi al apartar las sábanas, cuando le dijiste a tu cama que jamás me olvidara y cuando besaste tu almohada, al creer  que mis labios en ella te esperaban. Te vi hermosa, bella y cautivadora, mujer, amante y perfecta esposa…te vi sentida, recordada y extrañada…¡te vi real! como si mi cuerpo en su transparencia pudiera respirar, como si mi alma hubiera vencido y se pudiera reencarnar, porque del más allá, quería regresar y hasta fuerza prestada le pidió a mi mar…¡te vi amor!, ese sentimiento natural que jamás se deja de amar, ese profundo deseo que te persigue más allá de la eternidad, esa pasión que un día fue realidad y hoy desde mi muerte, debo llorar.



domingo, 22 de abril de 2018

EL CONFESADO (FINAL)


                      Corrió a su casa, su hija aún no llegaba, la estancia permanecía intacta, las luces estaban apagadas y no olía a nada. Corrió al hotel, pidió prestado un cincel porque ya era de noche y quién sabe si tenía turno, si alguien le abriría la puerta o si la oscuridad le diría que se fuera de vuelta. A él llego, en frente se paró, las luces le dijeron que su hija estaba dentro porque en aquel balcón su sombra relucía oscura y con aliento. Acompañada no estaba porque el grito era silencio, la fantasía terminó su aliento, el beso su deseo y la cama, el vaivén de tanto desenfreno. Le preguntó al cielo si era menester su presencia y un viejo viento le contestó en su cara que dejara a su hija aprendiendo. Entendió, medio cabizbajo caminó, supo que estaría bien, que ya en su casa contestaría la duda y por si acaso, recordó la sentida amargura que vivió cuando vio al monaguillo besar unos labios que no eran los de su hija ni los de ninguna princesa de otra villa.
                      Regresó el hombre a su casa, le pidió al tiempo que esperara a su hija y preparó la cena para recibirla y que se sintiera merecida. Por un momento recordó a su amigo, aquel sereno que ya no lo era, que se encontró en su camino y que en el bar ni siquiera mereció un despido. Era un hombre educado y el adecuado… y por teléfono llamó al recordado. No contestó, sonaba comunicado, esperó, sonó colgado, espero y el teléfono permaneció callado. Le dejó un mensaje y con cierto coraje le reclamó solo un instante para explicarle. Necesitaba hablar con él, pues lo haría parte de su arte y  cómplice de su venganza porque le pediría que retuviera al sacerdote y al confesor para que a la iglesia nunca llegaran. Del sacristán él se encargaría, con alevosía y un café lo dormiría…y se preparó para escribir su homilía. La madrugada vestía cansada, el confesado medio agarraba su almohada mientras su hija esperada no llegaba. Las cuatro, el campanario rezaba pero no quería que una iglesia lo explicara…las cinco sonaban y no quería una campana como compañera ansiada, las seis y su hija no llegaba…las siete y ya no pensaba, pues su plan, apenas empezaba. La misa de ocho era el fin que tanto ansiaba, el teatro que abriría el telón de la venganza…la película que explicaría el porqué su vida necesitaba tanta alevosía, que comprendería el sentido de lo vivido y que le contaría al pueblo porque el dolor en sus entrañas era tan sentido.
              De su casa salía cuando con sorpresa vio a su amigo quitándose el abrigo y a punto de subir unas escaleras que aunque viejas, hoy serían el camino hacia otro destino. Con seguridad le preguntó si su mensaje había leído pero el amigo que de sereno no tenía atisbo, le contestó que falta no le hacía, que si es cierto que en un tiempo fue sereno pero que ahora, es su carcelero. La cara de aquel hombre confeso se arrugaba por momentos, la respuesta no llegaba y todo interrogaba. Prosiguió el amigo, ahora su carcelero, y le dijo que la vida le dio la oportunidad de viajar en el tiempo, que si no cambiaba pasaría cincuenta años en el infierno y que ahora era el momento de sentar su arrogancia, su inteligencia y su venganza. Le contó que en la cárcel le explicó su historia, que las coincidencias tomaron forma, que la mujer que al bendito acompañaba, la de la primera fila, la del golpe de pecho, era su amada, su esposa, ahora de ella enviudado. Que la historia se salió de contexto, que desde el púlpito levantó al pueblo, que como ejército al hotel llenaron de fuego y que todos murieron…también su esposa, su hija, la vecina y los clérigos.
              El hombre confeso de su asombro no salía, solo se pellizcaba a ver si era de día o el sueño seguía, tocaba a su amigo por si era cierto que de lejos había venido y acicalándose la barbilla, más respuestas requería. Siguió hablando el carcelero que un día fue sereno, su amigo y hoy venía de otro destino, explicó que hacía semanas los estaba siguiendo, que entregó al recepcionista una carta y las llaves del candado de una caja. En la carta estaba toda la historia contada y en la caja un montón de fotografías tomadas. Espero que dentro de poco, después de que termine la misa de ocho, tengan la decencia de coger sus maletas, viajar lejos y que nadie los eche en falta. Lo abrazó y con vehemencia le reclamó que lo creyera, que ya tantos pecados parecían fiesta pero que el suyo sería el más grande y a la postre el más abominable, que se detuviera porque la cárcel lo tenía en lista de espera, que su vida pendía de un hilo y que su muerte no sería redención ni penitencia…solo una simple quimera. Preguntado por su hija le contestó que pronto del hotel saldría, que en él escondió sus horas perdidas, que aquellos muchachos sus vidas traían confundidas y que quizás otro día podría cumplir feliz y completa su fantasía.
                 La historia cambió pero la miseria humana en un capítulo más sucumbió. Culpas no hay que buscar porque desde un principio el aliento de esta sociedad huele a falsa verdad. La iglesia no es capaz y razona que se puede equivocar porque es humana y no viene de la divinidad, la hipocresía es una caballo fácil de cabalgar porque nos lo dan domado, ensillado y cansado de tanto relinchar, el sexo huele a mercado, la traición ya no es pecado sino algo mundano y el sentimiento cada día está más caro, escaso y olvidado. Se aprovecha el hombre de su clase y condición, la mujer de sus curvas y su pretensión, la inteligencia queda a un lado, los demás no cuentan demasiado, el interés mueve, el orgullo puede, el egoísmo prevalece y en oscuro silencio, el amor desaparece. Cuenta el cielo de nuestro carcelero que en aquella historia hubo miedo, el clérigo a ser descubierto, la vecina al cambiar de amante porque quizás el del confesionario no tendría un volante ni bajo la sotana un cuerpo boyante, la esposa de senos abiertos a base de golpes de pecho, buscaba la indulgencia plenaria de un señor que de cura no tenía nada y la hija vio como era parte de la cerradura de un armario del cual salieron dos hombres abrazados y con los labios pegados. Pero también nos cuenta que esto pasa a diario, que lo escrito, en nuestra sociedad no es extraño, que la hipocresía es parte de la vida y que sin ella, respirar se nos haría raro. Que a ellos tenemos que dejar que salgan solos de su deslealtad, que nuestro deber es solo denunciar y dejar que trabaje la autoridad, que nuestra implicación nos afectará más que a los demás y que si esperamos, quizás del tiempo llegue la verdad, porque él si es juez, ese juez que da y quita razón, el que pone a cada quien en su lugar y el que todavía nadie, ha podido silenciar…Cuídense.
                 


EL CONFESADO (CAPÍTULO 3)


                    Quieto la farsa presenciaba, su vecina, esa amante que él creía que tanto lo amaba, ahora lo traicionaba con el hombre que todos sus pecados escuchaba, ese hombre al que cada mes su absolución le rogaba…ese hombre que de cura, no tenía nada. Entre dos truenos vio estupefacto como al hotel entraban, se acercó despacio y mojado, tampoco subieron las escaleras y el recepcionista los acompañó con denostado afano. Pensó en aprovechar la ocasión y decirle a su hija que los del perdón estaban abajo, a los monaguillos que ya no fueran sirvientes del engaño y a él mismo que se olvidara de la vecina porque ya había descubierto el entraño. Pero no se atrevió y esperó.
                    En el primer piso la fiesta estaba en todo su libido, la orgía respiraba más allá de cualquier erótico libro, la cama golpeaba la pared a merced del instinto y el gemido ya se escuchaba en el quinto. Llegó un repartidor y una pizza entregó, el confesado lo creyó parte de un sueño perturbador, el recepcionista lo recibió y el monaguillo bajó, pagó y se la llevó. Se asustó aquel hombre cuando el sereno, que ya no lo era, por su hombro lo tomó y un paraguas le prestó. Pensó en darle las gracias pero el amigo sin decir adiós, se marchó. Las siete de la tarde eran tocadas por un campanario que ya no parecía parte de ningún rosario, de un campanario que solo un sacristán desempolvaba en medio de una lluvia que al cielo clamaba. Aquel confesado hombre ya no sabía que sería de su vida: su hija, ahogada en una fantasía que por pervertida ya era demasiada oída, su religión cuestionada y sus pecados acostados con una vecina que pronto dejaría de ser su amada. Una decisión debía tomar y pensó con calma el primer paso que dar:  iría a la iglesia y por asalto tomaría el altar, sería temprano, cuando solo asisten las viejitas del lugar, se prestaría un hábito, llenaría los cuencos con el agua del río y con su mano la haría bendita, tomaría el vino más añejo y a todas les daría, buscaría un evangelio adecuado para el día, inventaría un sermón lleno de alegorías y les diría que la limosna debe ser generosa porque la vida son dos días. Después les pediría a todas las feligresas y que contuvieran el aliento, que antes de la  bendición tenían que saberlo, que el venerado sacerdote tenía delito y que el confesor era parte del conflicto. La venganza era perfecta, la solución inequívoca y la  intención perversa.
                   No soltaba su presencia de aquella entrada de hotel. No sabía a que esperaba pues su plan en su maquiavélica mente ya se gestaba y solo necesitaba el valor para que temprano mañana, escribiera una página en la iglesia de un pueblo que entre mentiras y golpes de pecho, cada noche soñaba. Decidió retirarse del lugar y tomar una copa que le hablara de seguridad. Era domingo y los hombres del pueblo habían ido a cazar, los más viejos a pescar y los demás a jugar dominó en las mesas de cualquier bar. No extrañaban los árboles a sus perros pues ocupados estaban con los ciervos, no añoraban las mujeres a sus maridos pues ocupadas intentaban torcer hilos y no necesitaban los semáforos a sus coches porque la tormenta les dio noche. La calma en las sienes del confesado era tensa, su inteligencia se mantenía despierta y las ganas de venganza, olían a hierba fresca.
                   Entró al bar y se aturdió de tanta vacía conversación, unos exclamaban y pedían a gritos que la madre de cierto árbitro dirigiera un partido, otros le recriminaban al político porque decía “digo” en un periódico y “diego” en un manuscrito, los más callados pensaban en voz alta si la mula de seis podía ser liberada en la próxima tirada y el cantinero solo esperaba quien le pidiera la copa más cara. Se sentó en la mesa más retirada, a un lado de una vieja rockola cansada y pidió una copa, no la más cara pero si la más deseada. Le puso dos hielos, cargó su garganta y le dijo adiós a su ansia. Pensativo se quedó y una baraja pidió. El solitario no era su juego, fue placer antaño, pero su vecina le había quitado el amaño. Lo jugó y la primera vez ganó. Se apostó y perdió. Pidió donde estaba el baño, al fondo a la derecha como antaño, se miró, el espejo dos arrugas le mostró y su bragueta desabrochó. Orinó despacio, en silencio, sintió un escalofrío de relajo, se lavó sus manos y salió al tendido porque en su mesa ya se había sentado su amigo, el sereno que ya no lo era y que parecía que siempre lo siguiera.  La conversación fue diversa, distendida y amena, hablaron de la vida y de viejas juergas, de penitencias y de algunas nenas, también de llaves y de movidas aceras. Le preguntó el amigo por su destino después de lo vivido y el confesado le explicó que no había destino, que lo vivido sirvió para el olvido y que mañana dios diría si tiene algún sentido. Y el habla se tornó borrosa, las copas hicieron cosas y las palabras se volvieron pretenciosas. El cantinero cada vez estaba más contento pues veía crecer su dinero, la barra temblaba y las aceitunas buscaban un plato que las sostuviera enganchadas en un palillo, en un tenedor o en cualquier boca que no temblara en el habla. El berberecho sufría en su empeño, el boquerón sudada sal, vinagre y silencio mientras una vieja almeja pedía a gritos ser comida o ser desechada por traviesa. Se levantó el amigo porque al canario necesitaba cambiar su agua, el confesado miró a través de la ventana y un espasmo sacudió su estampa cuando vio al monaguillo besar a su compañero del alma. Todo era demasiado pervertido, el amor ya nada significaba y la decencia estaba totalmente olvidada. Su hija no estaba, quizás ya habría llegado a casa o quizás entre los dos la habrían envuelto martajada en una manta puesta en manos de una muerte anunciada y aquí su padre, tomando una copa con un amigo que no es sereno ni es nada. Llegó el sereno, que ya no lo era,  del lavabo y su amigo ya no estaba...(Continuará...)



sábado, 21 de abril de 2018

EL CONFESADO (CAPÍTULO 2)


Terminó el confesado su orgía con la vecina, bajó las escaleras del hotel con enseñada valentía y con sorpresa, casi llegando a la puerta,  vio a su hija que una habitación reservada  pagaba con su tarjeta visa. La seguían los dos monaguillos de aquella iglesia que sin vergüenza y con prisa  ya se estaban quitando la camisa. El confesado a la pared arrimado, con sorpresa veía, pero irse tenía porque estaba por bajar la vecina. Y como el destino no está escrito pero alguien lo mantiene en entredicho, la hija se encontró con la susodicha, el monaguillo le sonrió al compañero, el saludo fue sincero y enseguida supo que su padre, no andaba lejos. El miedo la perseguía pero con ella el deseo podía, eran tantas las ansias que tenía por cumplir su fantasía que olvidó la tarjeta, su identificación y algún que otro perdón que estaba segura, su padre, necesitaba en el corazón. Éste salió corriendo en busca de un espacio donde solo lo conociera el viento, pasó por la iglesia y sorprendido en su aliento, vio como el sacerdote por el sacristán era despedido y abrazado con un hasta luego bastante comentado. Estupefacto el confesado lo investigó. Vestido como si de un letrado se hubiera disfrazado, se preguntó a donde iría tan arreglado y que caro era el perfume que hasta su esquina había llegado. Decidió seguirlo y de cerca caminarlo, con sorpresa vio que tomó la senda que antes había andado y solo con pensarlo, supo que también en su hotel había reservado. Se arrancó la cautela de cuajo y a dos metros de la puerta intentó con la mano en el hombro pararlo: no podía permitir que viera a su hija y a sus dos monaguillos en el pecado. Pero de repente una mujer de frente lo saludó con sumo agrado, era la mujer de primera fila, la que el golpe de pecho le había separado los senos y retumbado en pecados ajenos, la de ojos de taberna y mirada de consejera, la que se creía jueza y ahora comprendía, que era una cualquiera. Se agachó el confesado simulando un billete encontrado para que nadie se diera cuenta que los estaba mirando. Entraron al hotel y él se quedó pensando en su hija, en los dos monaguillos y quien sabe en qué oscuro pecado.
                    Se le hizo raro porque no subieron las escaleras, el señor de la recepción los acompañó con extraño agrado y no vio que pagaran con ninguna moneda, solo unas  buenas tardes, las llaves de un candado y quién sabe qué carta le diera que el sacerdote, la cogió como si supiera.
                   Mientras tanto su hija en la fantasía se relamía. En su teatro se creía caballo, perrito o misionero de aguas benditas. Después de tantos años, su corazón ya no latía despacio y solo esperaba que aguantaran sus ansias aquellos muchachos. Gritaba el monaguillo y el compañero se arrodillaba para ver más de cerca por donde gozarla, suspiraba la muchacha y la cama temblaba. Los tres se disfrutaban y recordaban aquella primera humedad donde en el amor aprendieron a nadar, aquel primer beso que ahora caminaba ahogado en los labios de otro mar y aquel sudor de piel que  empapaba sus cuerpos hasta la saciedad.
                     Y el destino siempre infiel al camino, guardaba en su latido la más grande sorpresa, que aquel confesado hombre hubiera imaginado y jamás inventado.
                     Con la quijada tensa, solo miraba, no sabía a dónde ni si servía para nada, pero era mejor sentirse perdido que atrapado en un sentimiento tan controvertido. Sentado en el suelo, a un lado del banco que le daba flanco para que nadie lo viera meditando, respiraba unas palabras que su pobre conciencia había pintado de blanco. A lo lejos divisó a un amigo, ya de cerca vio que no era aquel sereno de sus noches de borrachera, ni su pañuelo de lágrimas que una vez le ayudó a cruzar la acera porque sus pies habían perdido la decencia. Al saludar a su amigo, le confesó lo que había vivido y el que una vez fue sereno le comentó con tino que ya lo sabía, que no era la primera vez que sucedía y que para él la extrañeza no tenía sentido. El hombre se sintió aliviado por las palabras de su amigo, cuando éste con un sutil gesto lo convidó a mirar hacia un perdido rinconcito. Caminaba la vecina acompañada de la mano, no era su hermano ni ningún pariente cercano, era el hombre que hacía unas horas, lo había confesado. El cielo se derrumbaba, las preguntas hacían falta, el sereno que ya no lo era se fue y le dio la espalda, la tormenta arreciaba y buscaba algún balcón, porque había olvidado su paraguas....(Continuará...)



viernes, 20 de abril de 2018

EL CONFESADO. (CAPÍTULO 1)



                 Empezó el sacerdote su liturgia y cada vez se mostraba más osado al leer un sermón que por tan preparado, parecía dogmatizado. Al fondo una viejita le rezaba al agua bendita con la mirada perdida en un santo que no conocía y dos monaguillos guiñaban pícaros sus ojitos al ver una muchacha que los miraba fijos. El silencio pedido no se dejaba ver en el atrio de aquel edificio, dos almas juzgaban a una vecina sin arte ni beneficio, un niño buscaba una pequeña pelota que creía haber perdido y un desarrapado mendigo le prendía una vela al bendito en medio de grandes chasquidos. Rechinaba su antigüedad un banco de pino cada vez que alguien pedía las bruces arrodillar y susurraba en voz alta un cristiano al pedir otro destino y quizás otra oportunidad. Retumbó el primer golpe de pecho y las miradas se cruzaron, las conciencias juzgaron, de reojo pensaron, las palabras del sacerdote callaron y los de la primera fila sus pecados recordaron. El incienso olía tenso, las velas cansadas chorrearon y los del coro cantaron. Brincaron las aleluyas, el vitral estaba caliente, una niña lo miraba pendiente porque le habían dicho que de repente una paloma asomaba silente, pero desde el fondo de su alma, sabía que hoy sería diferente pues no habría paloma y después, le contarían lo de siempre: que solo se aparece en diciembre, que espera que la iglesia esté sola porque no le gusta volar de boca en boca y que cuando la ve un penitente se viste de espíritu para parecer diferente. Y una voz sonó impertinente, era la de un confesor que se creía de la verdad poseedor, un pedazo de inquisidor que disfrutaba que la penitencia fuera dolor, pedía absoluta sumisión para dar perdón y un sublime arrepentimiento para otorgar su redención. El confesado sentía su orgullo destrozado y se preguntaba si aquel hombre que le había escuchado era de carne o un robot venido del espacio, que lo que le pedía no se correspondía a los pecados que tenía, que tanta oración de nada le serviría pues le gustaba demasiado su vecina y que si verla ya no podía, no se arrepentiría. Los fieles más cercanos lo escucharon y se pusieron de su lado, le dijeron al confesor que era él quien debía ser confesado y aquella vecina, que todo miraba desde una esquina, mostró el cuerpo que Dios le había dado. De prisa la vistió el susodicho confesado y con pícara sonrisa se la llevó a otro lado, el pecado urgía, el deseo mandaba y mientras tanto, el público aplaudía su osadía. El murmullo era insistente, el golpe de pecho penitente no sabía si quedarse o salir del cuerpo de manera decente, aquel sermón yacía sordo en los oídos de aquella gente y de repente empezaron a oler el asado de unos pollos que ya estaban al dente. Pensó el orador que tomar su vino era pertinente, que no invitaría a ningún presente, que con su bendición sería suficiente y que nadie se atreviera a preguntarle de donde viene porque quizás no le creerían ni su sermón ni el hábito que sostiene. Despidió el sacerdote a su gente no sin antes pedir una limosna para su diente, un padre nuestro para los que no tienen quien los sustente y un ave maría para que terminaran de pasar su día.
              Salieron aquellas almas del templo, entre palabras comentaban lo que pasó dentro, seguían cruzadas las miradas, solo las manos mostraban su empeño y cada quién juzgó a cada cual con denostado ceño. La lluvia arreciaba y la niña todavía por su paloma se preguntaba, el niño jugaba con la pelota, el mendigo pedía un palillo para que su diente no estuviera a solas y a lo lejos, perdidos en una gran alcoba, pecaban sin prisa el confesado y su vecina, en una penitencia que sabía a gloria. Cerró el sacristán la puerta, el confesor dejó su silla y el sacerdote se puso a contar la calderilla. Recogía lo que quedaba en el altar el monaguillo, su compañero terminaba con el poquito vino y ya se hacían planes porque la hora era llegada y afuera los esperaba aquella muchacha. El pecado persistía, la tentación en sus manos lo sostenía, era domingo y se había terminado la misa, al confesor le pedirían una amnistía, al cielo que se olvidara de ellos por un día y a aquella muchacha que les diera una alegría. (Continuará)



jueves, 19 de abril de 2018

CRACIA


         A veces escribir duele porque pensar diferente te convierte en basura de héroe, sentir distinto es un derecho del libre albedrío y explicar un sentimiento,  el desahogo de un alma que a veces no entiende de qué estamos hechos.  Esta es una reflexión que invita a tu soledad a no callar, a tu piel a sentir, a tu corazón a latir diferente y si lo que quieres es olvidar, no me leas, porque no eres parte de esta verdad.
        Dedicado a todos esos niños, mujeres y hombres que cada día mueren por un genocidio consentido, a los que por pensar diferente, aún hoy en pleno siglo XXI sufren cárcel, a todos aquellos que para poder sentir distinto, deben viajar al exilio y a cada uno de los que desde nuestra trinchera explicamos, que el olvido no está permitido.

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domingo, 15 de abril de 2018

DESEOS EN SOLEDAD



                 La soledad es un estado del hombre, una caricia para el olvido, un solitario verso de vida y una necesidad extrañada. A veces no es querida, otras llorada pero siempre escribe esa parte de historia que tenemos escondida y casi nunca es hablada. Ella es blanca, vestida de silencio, enjoyada de mar y montaña, suave como la nube y arisca como una lágrima. Nos habla de tú y nos escucha con ansia, se mueve en la música y canta la nostalgia, nos abre el recuerdo y sus miedos arranca, nos analiza con cariño  y despacito detiene el tiempo, expande el alma y de tintas llena los dedos, le pregunta al sueño… y espera las respuestas, desde la profundidad de nuestros deseos.

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                Ahora también ofrezco la versión escrita en inglés tanto en libro electrónico (kinddle) como tapa blanda a un precio muy asequible.


VERSION EN INGLÉS:          Loneliness is a state of man, a caress for oblivion, a lonely verse of life and a strange need. Sometimes she is not loved, sometimes she is crying but she always writes that part of the story that we have hidden and is almost never spoken. She is white, dressed in silence, bejeweled with sea and mountains, soft as the cloud and unhappy as a tear. He talks about you and listens to us with eagerness, moves in the music and sings nostalgia, opens the memory and his fears start, he analyzes us with affection and slowly stops the time, expands the soul and inks fills his fingers, ask the dream ... and wait for the answers, from the depth of our desires.

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