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jueves, 15 de marzo de 2018

UN BESO DE MUJER



                Cuenta un beso que al aire un favor pidió porque triste y solo se sintió, no encontraba una lengua que sus grietas lamiera ni una mejilla a quien darle su calor. Buscó entre sábanas, en la enredadera, en la distancia y a un lado de la almohada, dibujó un pedazo de su aliento en una imaginada cara, de saliva llenó el borde de una taza  y se pegó, en el cristal de su ventana. Pintó con su labial el sueño de una media barba, recorrió con ilusión el cuello de un recuerdo, juntó sus labios y quiso sentir un pellizco, en el vello de un ansiado pecho.
               Explica el aire que una nube del cielo robó porque en su melancolía aquel beso lo sedujo y jamás lo soltó. Con antifaz y disfraz su algodón deshebró, de azúcar lo llenó y en el manto de la Luna lo extendió. Le pidió al primer cometa que del cielo arrancara la estrella mayor, al viento que sus destellos guardara con esmero y al Sol, que la fundiera dentro, envuelta en algodón, azúcar y destellos de viento. Creció la Luna su resplandor, el cielo cambió de color, la oscura noche amaneció, el dulce rocío llegó y aquel beso, todo se abrió. Se sintió querido, amado y poseído, ansiado y anhelado, de rojo vestido y llamado a ser, un precioso regalo.
                Despertó de su letargo e impulsado por un fuerte ánimo salió en busca de su amado. Lucía fría la calle, los portales en su nieve jugaban, las farolas chispeaban y un sereno, sus llaves guardaba. Tejía una viejita una suave lana, el juglar cantaba mientras una cantina cerraba, abrazaba el viento su fachada y el borracho, su casa no encontraba. Era un ambiente vestido en destino, de altos tacones y perlas hechas collar, de jazmín olido y ojos de mar. Caminó el beso en busca de su hogar. Miró sus grietas y el susto lo cautivó, resecas y abiertas le recordaban que el dolor no se olvidó, que un día fue cobijado, mimado y amado pero que una hipócrita traición un gran miedo le sembró. Pensó el beso que no a cualquiera se daría, que prisa no tendría y que ninguna desvergüenza, de él se aprovecharía.
               Calibró el tiempo sus manecillas, el espacio su neblina y aquel beso, cargando su deseo, atravesó y caminó calles de agonías y fríos paseos. Superó la primavera al invierno, los viernes amanecían después de un tedioso lunes, el sueño no dormía y cuando daban las doce no sabía si era de noche o de día. Mientras tanto pensaba y el café quemaba sus labios. Cuando imaginaba su lengua otra saliva anhelaba y cuando dormía sentía en sus comisuras, la hiel de su propia escarcha. Y fue entonces que el destino se vistió de lino y dulce seda: salía de su casa tranquilo un inquilino caminando por el lado amable de aquella vereda, su media barba cortaba el viento y el corto cabello, lucía un negro intenso. Latió con fuerza el beso y se preparó para el encuentro: acicaló sus labios, pulió lengua y ensalivó su sabor. Se sintió pleno, deseoso y erótico, tierno y cariñoso, sediento pero temeroso. Temblaron sus comisuras y cerró sus grietas con un labial de coco, vio en el espejo el blanco de sus dientes y presto salió a la caza de un hombre, que ya sentaba su alma en una mesa reservada.
                De frente estaba y cruzó su mirada, perdió tiempo en aquel cristalino pintado de suave esmeralda y como por un trueno impulsado retiró silla y sentó su alma. Bailaban las manos mientras los dedos entrelazaban nostalgias, se vaciaban las copas y una pícara sonrisa retiraba los platos, se vino el postre y un cava anhelado, el café y un viejo licor de corcho añejado. Fluían las palabras y de humedad se llenaban, se perdían en las caras las miradas y aquellos labios sentían sus ansias más cerca de ser mimadas. Se levantaron de la mesa y abrazados cruzaron la vereda, abrió el hombre la puerta, el beso lo siguió, en su espalda se pegó, por la nuca despacito caminó, hasta que en su boca por fin se perdió. Reinventó caricias y su imaginación dibujó, a dientes y lengua se abrazó, succionó y degustó, lo enmeló y se atrevió a ser, un bocado de Dios. Aquel hombre enloqueció, jamás algo así sintió, el intenso sentimiento de aquel beso por siempre lo escribió y ahora, cada vez que duerme sus anhelos, recuerda aquel día que un beso de mujer, lo poseyó. Y el beso lo consiente, lo mima y lo llena intenso, le recuerda que ya el amanecer es diferente y se posa erguido al borde de su taza de café rasgando el aliento, lo protege en sus sueños y le pega un suspiro en cada arruga de su piel deseada, lo ama sin tiempo y cada vez que él le pregunta por su cara, se desnuda y le muestra el amor que aquel beso de mujer, por siempre escribirá en su alma.