Quieto la farsa presenciaba,
su vecina, esa amante que él creía que tanto lo amaba, ahora lo traicionaba con
el hombre que todos sus pecados escuchaba, ese hombre al que cada mes su
absolución le rogaba…ese hombre que de cura, no tenía nada. Entre dos truenos
vio estupefacto como al hotel entraban, se acercó despacio y mojado, tampoco
subieron las escaleras y el recepcionista los acompañó con denostado afano.
Pensó en aprovechar la ocasión y decirle a su hija que los del perdón estaban
abajo, a los monaguillos que ya no fueran sirvientes del engaño y a él mismo
que se olvidara de la vecina porque ya había descubierto el entraño. Pero no se
atrevió y esperó.
En el primer piso la fiesta
estaba en todo su libido, la orgía respiraba más allá de cualquier erótico
libro, la cama golpeaba la pared a merced del instinto y el gemido ya se
escuchaba en el quinto. Llegó un repartidor y una pizza entregó, el confesado
lo creyó parte de un sueño perturbador, el recepcionista lo recibió y el
monaguillo bajó, pagó y se la llevó. Se asustó aquel hombre cuando el sereno,
que ya no lo era, por su hombro lo tomó y un paraguas le prestó. Pensó en darle
las gracias pero el amigo sin decir adiós, se marchó. Las siete de la tarde
eran tocadas por un campanario que ya no parecía parte de ningún rosario, de un
campanario que solo un sacristán desempolvaba en medio de una lluvia que al
cielo clamaba. Aquel confesado hombre ya no sabía que sería de su vida: su
hija, ahogada en una fantasía que por pervertida ya era demasiada oída, su
religión cuestionada y sus pecados acostados con una vecina que pronto dejaría
de ser su amada. Una decisión debía tomar y pensó con calma el primer paso que
dar: iría a la iglesia y por asalto
tomaría el altar, sería temprano, cuando solo asisten las viejitas del lugar,
se prestaría un hábito, llenaría los cuencos con el agua del río y con su mano
la haría bendita, tomaría el vino más añejo y a todas les daría, buscaría un
evangelio adecuado para el día, inventaría un sermón lleno de alegorías y les
diría que la limosna debe ser generosa porque la vida son dos días. Después les
pediría a todas las feligresas y que contuvieran el aliento, que antes de la bendición tenían que saberlo, que el venerado
sacerdote tenía delito y que el confesor era parte del conflicto. La venganza
era perfecta, la solución inequívoca y la intención perversa.
No soltaba su presencia de aquella
entrada de hotel. No sabía a que esperaba pues su plan en su maquiavélica mente
ya se gestaba y solo necesitaba el valor para que temprano mañana, escribiera
una página en la iglesia de un pueblo que entre mentiras y golpes de pecho, cada
noche soñaba. Decidió retirarse del lugar y tomar una copa que le hablara de
seguridad. Era domingo y los hombres del pueblo habían ido a cazar, los más
viejos a pescar y los demás a jugar dominó en las mesas de cualquier bar. No
extrañaban los árboles a sus perros pues ocupados estaban con los ciervos, no
añoraban las mujeres a sus maridos pues ocupadas intentaban torcer hilos y no necesitaban
los semáforos a sus coches porque la tormenta les dio noche. La calma en las sienes
del confesado era tensa, su inteligencia se mantenía despierta y las ganas de
venganza, olían a hierba fresca.
Entró al bar y se aturdió de
tanta vacía conversación, unos exclamaban y pedían a gritos que la madre de
cierto árbitro dirigiera un partido, otros le recriminaban al político porque
decía “digo” en un periódico y “diego” en un manuscrito, los más callados
pensaban en voz alta si la mula de seis podía ser liberada en la próxima tirada
y el cantinero solo esperaba quien le pidiera la copa más cara. Se sentó en la
mesa más retirada, a un lado de una vieja rockola cansada y pidió una copa, no
la más cara pero si la más deseada. Le puso dos hielos, cargó su garganta y le
dijo adiós a su ansia. Pensativo se quedó y una baraja pidió. El solitario no era
su juego, fue placer antaño, pero su vecina le había quitado el amaño. Lo jugó
y la primera vez ganó. Se apostó y perdió. Pidió donde estaba el baño, al fondo
a la derecha como antaño, se miró, el espejo dos arrugas le mostró y su
bragueta desabrochó. Orinó despacio, en silencio, sintió un escalofrío de
relajo, se lavó sus manos y salió al tendido porque en su mesa ya se había
sentado su amigo, el sereno que ya no lo era y que parecía que siempre lo siguiera. La conversación fue diversa, distendida y
amena, hablaron de la vida y de viejas juergas, de penitencias y de algunas
nenas, también de llaves y de movidas aceras. Le preguntó el amigo por su
destino después de lo vivido y el confesado le explicó que no había destino,
que lo vivido sirvió para el olvido y que mañana dios diría si tiene algún sentido. Y
el habla se tornó borrosa, las copas hicieron cosas y las palabras se volvieron
pretenciosas. El cantinero cada vez estaba más contento pues veía crecer su
dinero, la barra temblaba y las aceitunas buscaban un plato que las sostuviera
enganchadas en un palillo, en un tenedor o en cualquier boca que no temblara en
el habla. El berberecho sufría en su empeño, el boquerón sudada sal, vinagre y
silencio mientras una vieja almeja pedía a gritos ser comida o ser desechada
por traviesa. Se levantó el amigo porque al canario necesitaba cambiar su agua,
el confesado miró a través de la ventana y un espasmo sacudió su estampa cuando
vio al monaguillo besar a su compañero del alma. Todo era demasiado pervertido,
el amor ya nada significaba y la decencia estaba totalmente olvidada. Su hija
no estaba, quizás ya habría llegado a casa o quizás entre los dos la habrían
envuelto martajada en una manta puesta en manos de una muerte anunciada y aquí su
padre, tomando una copa con un amigo que no es sereno ni es nada. Llegó el
sereno, que ya no lo era, del lavabo y
su amigo ya no estaba...(Continuará...)
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