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domingo, 22 de abril de 2018

EL CONFESADO (FINAL)


                      Corrió a su casa, su hija aún no llegaba, la estancia permanecía intacta, las luces estaban apagadas y no olía a nada. Corrió al hotel, pidió prestado un cincel porque ya era de noche y quién sabe si tenía turno, si alguien le abriría la puerta o si la oscuridad le diría que se fuera de vuelta. A él llego, en frente se paró, las luces le dijeron que su hija estaba dentro porque en aquel balcón su sombra relucía oscura y con aliento. Acompañada no estaba porque el grito era silencio, la fantasía terminó su aliento, el beso su deseo y la cama, el vaivén de tanto desenfreno. Le preguntó al cielo si era menester su presencia y un viejo viento le contestó en su cara que dejara a su hija aprendiendo. Entendió, medio cabizbajo caminó, supo que estaría bien, que ya en su casa contestaría la duda y por si acaso, recordó la sentida amargura que vivió cuando vio al monaguillo besar unos labios que no eran los de su hija ni los de ninguna princesa de otra villa.
                      Regresó el hombre a su casa, le pidió al tiempo que esperara a su hija y preparó la cena para recibirla y que se sintiera merecida. Por un momento recordó a su amigo, aquel sereno que ya no lo era, que se encontró en su camino y que en el bar ni siquiera mereció un despido. Era un hombre educado y el adecuado… y por teléfono llamó al recordado. No contestó, sonaba comunicado, esperó, sonó colgado, espero y el teléfono permaneció callado. Le dejó un mensaje y con cierto coraje le reclamó solo un instante para explicarle. Necesitaba hablar con él, pues lo haría parte de su arte y  cómplice de su venganza porque le pediría que retuviera al sacerdote y al confesor para que a la iglesia nunca llegaran. Del sacristán él se encargaría, con alevosía y un café lo dormiría…y se preparó para escribir su homilía. La madrugada vestía cansada, el confesado medio agarraba su almohada mientras su hija esperada no llegaba. Las cuatro, el campanario rezaba pero no quería que una iglesia lo explicara…las cinco sonaban y no quería una campana como compañera ansiada, las seis y su hija no llegaba…las siete y ya no pensaba, pues su plan, apenas empezaba. La misa de ocho era el fin que tanto ansiaba, el teatro que abriría el telón de la venganza…la película que explicaría el porqué su vida necesitaba tanta alevosía, que comprendería el sentido de lo vivido y que le contaría al pueblo porque el dolor en sus entrañas era tan sentido.
              De su casa salía cuando con sorpresa vio a su amigo quitándose el abrigo y a punto de subir unas escaleras que aunque viejas, hoy serían el camino hacia otro destino. Con seguridad le preguntó si su mensaje había leído pero el amigo que de sereno no tenía atisbo, le contestó que falta no le hacía, que si es cierto que en un tiempo fue sereno pero que ahora, es su carcelero. La cara de aquel hombre confeso se arrugaba por momentos, la respuesta no llegaba y todo interrogaba. Prosiguió el amigo, ahora su carcelero, y le dijo que la vida le dio la oportunidad de viajar en el tiempo, que si no cambiaba pasaría cincuenta años en el infierno y que ahora era el momento de sentar su arrogancia, su inteligencia y su venganza. Le contó que en la cárcel le explicó su historia, que las coincidencias tomaron forma, que la mujer que al bendito acompañaba, la de la primera fila, la del golpe de pecho, era su amada, su esposa, ahora de ella enviudado. Que la historia se salió de contexto, que desde el púlpito levantó al pueblo, que como ejército al hotel llenaron de fuego y que todos murieron…también su esposa, su hija, la vecina y los clérigos.
              El hombre confeso de su asombro no salía, solo se pellizcaba a ver si era de día o el sueño seguía, tocaba a su amigo por si era cierto que de lejos había venido y acicalándose la barbilla, más respuestas requería. Siguió hablando el carcelero que un día fue sereno, su amigo y hoy venía de otro destino, explicó que hacía semanas los estaba siguiendo, que entregó al recepcionista una carta y las llaves del candado de una caja. En la carta estaba toda la historia contada y en la caja un montón de fotografías tomadas. Espero que dentro de poco, después de que termine la misa de ocho, tengan la decencia de coger sus maletas, viajar lejos y que nadie los eche en falta. Lo abrazó y con vehemencia le reclamó que lo creyera, que ya tantos pecados parecían fiesta pero que el suyo sería el más grande y a la postre el más abominable, que se detuviera porque la cárcel lo tenía en lista de espera, que su vida pendía de un hilo y que su muerte no sería redención ni penitencia…solo una simple quimera. Preguntado por su hija le contestó que pronto del hotel saldría, que en él escondió sus horas perdidas, que aquellos muchachos sus vidas traían confundidas y que quizás otro día podría cumplir feliz y completa su fantasía.
                 La historia cambió pero la miseria humana en un capítulo más sucumbió. Culpas no hay que buscar porque desde un principio el aliento de esta sociedad huele a falsa verdad. La iglesia no es capaz y razona que se puede equivocar porque es humana y no viene de la divinidad, la hipocresía es una caballo fácil de cabalgar porque nos lo dan domado, ensillado y cansado de tanto relinchar, el sexo huele a mercado, la traición ya no es pecado sino algo mundano y el sentimiento cada día está más caro, escaso y olvidado. Se aprovecha el hombre de su clase y condición, la mujer de sus curvas y su pretensión, la inteligencia queda a un lado, los demás no cuentan demasiado, el interés mueve, el orgullo puede, el egoísmo prevalece y en oscuro silencio, el amor desaparece. Cuenta el cielo de nuestro carcelero que en aquella historia hubo miedo, el clérigo a ser descubierto, la vecina al cambiar de amante porque quizás el del confesionario no tendría un volante ni bajo la sotana un cuerpo boyante, la esposa de senos abiertos a base de golpes de pecho, buscaba la indulgencia plenaria de un señor que de cura no tenía nada y la hija vio como era parte de la cerradura de un armario del cual salieron dos hombres abrazados y con los labios pegados. Pero también nos cuenta que esto pasa a diario, que lo escrito, en nuestra sociedad no es extraño, que la hipocresía es parte de la vida y que sin ella, respirar se nos haría raro. Que a ellos tenemos que dejar que salgan solos de su deslealtad, que nuestro deber es solo denunciar y dejar que trabaje la autoridad, que nuestra implicación nos afectará más que a los demás y que si esperamos, quizás del tiempo llegue la verdad, porque él si es juez, ese juez que da y quita razón, el que pone a cada quien en su lugar y el que todavía nadie, ha podido silenciar…Cuídense.