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lunes, 13 de noviembre de 2017

LA LIBERTAD SIEMPRE VENCE


                                  Escribo en silencio un profundo sentimiento, leo en el cielo el espejo de mi mar y despacito pongo una tilde en el primer escalofrío de mi alma. Escucho el grito de mi país cuando la intolerancia enjuicia sus libertades, recito en letras cada latido que emana mi tierra y cuando la reflexión llega, escondo miedos en los sueños de mis ilusiones. Se desbarata la rima y se convierte en cuento, llora triste una leyenda porque se transformó en historia y cuando la poesía recoge tintas escribo uno por uno, los gemidos de mi alma.

                                  ¡Yo pago la última!, gritó el infierno y un nervioso congreso sentó sus diputados. El susurro equilibró idiotez, sonó el martillo en la tribuna, un papel desordenado en letras temblaba, una boca escupía palabras y  un pensamiento se quejaba por no haberlas razonado. El tiempo pedía su pausa, un espacio caminar su aire y unos ojos a medio cerrar se atenazaban con fuerza al ronquido de un sueño. El surrealismo fue el primero en tomar esa última copa y ante los ojos de todos pintó con sus óleos, el dulce deceso de una democracia que quizás jamás fue.

                                 Y se levantó el dictador, pajes y reyes le arrodillaron pleitesía y el conjuro tomó forma de gran brujo. Se constituyó en constitución, de ella se disfrazó y sobre su cubierta  se peinó. Ya los artículos eran botones, los versículos lentejuelas y las leyes, jirones de lino y viejo tergal. Caminó calles y ordenó silencio a las aceras, sumisión a las farolas y olvido a las vivas piedras de cada fachada. Pidió a sus pajes cambiar el color del cielo, a los reyes pulir sus tanques y a sus vasallos, limpiar con esmero cada detalle que oliera a rebelión.

                                 Pasó el tiempo. Salió un día de palacio y estupefacto vió que las aceras hablaban, las farolas brillaban más limpias que nunca y que las piedras de aquellas fachadas recordaban, escribían y leían una y otra vez, sus propias memorias. Entró en cólera y arrancó aquellos botones que colgaban entre jirones de lino y viejo tergal, desnudó a medio pueblo, confeccionó una blanca túnica y en Senado se transformó. Compró los mejores jueces, comió con los mejores letrados, deshizo y compuso viejos artículos a su antojo, relamió cien veces su maltrecha barba y cuando la vieja mano apretó su arrugado puño, se dio cuenta que las aceras eran más y más, que las farolas se multiplicaban por miles y que las piedras de aquellas fachadas se habían convertido en la Historia de Libertad de todo un país.

                                “Si no puedes tapar el sol con un dedo, jamás con tu mano arrancarás el alma de un pueblo porque cuando la necedad del poder se convierte en ley, la codicia en territorio y la razón en perpleja ignorancia…La libertad siempre vence.”