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domingo, 12 de agosto de 2018

LA HOJA


             Desdobló el viento una hoja de aquel árbol, la más pequeña, nacida en primavera y ahora casi muerta en manos del incipiente otoño. Una ocre fragancia la unía todavía a su rama.  Abrigada por el rocío por ser tierna la mañana, suspiraba añoranza, siempre estuvo sola en aquella leña y no entendía por qué aquel poderoso ser, la quería desdoblada. No tenía historia pues siempre de aquel árbol había estado colgada, su memoria casi no recordaba, su vejez solo le permitía alguna que otra triste melodía, que de pocos pajaritos venía, y que por inacabada, resumía sus últimos días.
             El viento insistió, toda la desdobló, la miró, sopló su cara, su tallo acarició y cuando en su mano tembló, con fuerza de aquella rama la arrancó. Sin dudarlo se la llevó, la hoja no respiraba, su tiempo se acababa, su ocre ya era más notorio y poquita humedad le quedaba. Atravesaron el primer río, solaparon el verde de un valle, disimularon frío en la cima de tres montañas, cruzaron dos mares y llegaron allá, donde la primavera empezaba.
             Cansada la hoja le pidió clemencia, lo miró entre ojos y algo hermoso le susurró. Entendió el viento, sobre un gran musgo la posó, de pétalos la cubrió, le dijo que esperara, que no tardaría y que pronto, una alegría le daría. Durmió la hoja, un enorme hongo le daba sombra, se arrulló entre los colores de una mariposa y despacito, soñó que renacía otra vez, como verde hoja y muy hermosa.
             Tal y como prometió, el viento no tardó. Con delicada ternura la despertó, acarició al musgo, sus gracias al hongo le dio y una espora le robó, quizás para que se perpetuara y su herencia dejara. Su hoja se llevó, el primer bosque atravesó pues era demasiada la oscuridad. Vió de cerca al segundo y a un lado pasó,  tanta sequedad no lo convenció. Llegó al tercero, detuvo su aliento, de frente lo miró y un olor lo cautivó, ese olor de la vida, del retoño cuando brota, del silencio cuando crea… ese olor del rocío, cuando copula con la rosa.
             Habló con los pájaros, con cada insecto, con cada gnomo travieso y con cada hada que le mostraba en sus alas, un destello. Se abrazó a cada árbol para sentirlo, a cada una de sus ramas para escucharlas, a cada hoja pequeña para ver si era bella y a cada raíz para conocer, el fondo de su alma. Su hoja agonizaba, la prisa perseguía al tiempo, una extraña brisa le empapó la espalda y cuando se dio vuelta, sintió como un hermoso árbol le hablaba.
             Le presento una por una cada rama, sus hojas, abrió de par en par el corcho de su tronco y de entre sus raíces una luz surgió, fuerte y cegadora, amable y muy calurosa, pura y maravillosa. El viento se calmó, un hogar para su hoja encontró. Miró al cielo, dos nubes juntó, con besos las arremolinó y con sus poderosos brazos las exprimió. Una fina lluvia todo cubrió, el árbol sudó y aquel viento gota a gota, su resina a la lluvia pegó. El ungüento estaba hecho, buscó la rama más erecta, la que tuviera hojas más bellas, la que su sangre tuviera el alma correcta, esa que para su hoja fuera perfecta.  Entre retoños como ella, la pegó. El árbol suspiró, la raíz gimió y aquella rama, de verde savia se llenó. Poco a poco cada retoño se abrió y de cada uno, la hoja se enamoró.
              Pasaron los días y de ellas nació una flor, era de color, de vida y de amor. Aquel árbol lloró, nunca había tenido una flor. Esta vez, el viento de largo pasó. Esta vez, la hoja sola se desdobló y con su pequeña mano, a ese poderoso ser, con agradecimiento le dijo adiós.
             A veces en la agonía se abre la oportunidad de una nueva vida, aún en la oscuridad al milagro no hay que temer, desdóblate, ábrete, déjate querer y cuando sientas el último miedo de la soledad,  solo déjate llevar, porque seguro un poderoso viento, te vendrá a buscar.