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viernes, 13 de julio de 2018

ALGÚN DÍA.



              Algún día cuando el pensamiento no nazca de la nada, cuando la voz no reprima su palabra, los sentidos su reclamo ni la vergüenza su pálida cara, el dedo no señale ni la pasión sea juzgada, ese día, serás amada, poseída, con dulzura escrita, con pasión penetrada y con profundo deseo consentida.
             Algún día cuando la montaña se pegue eterna a su nieve, cuando la almeja respire burbujas de arena, el mar tu espuma y la playa mis huellas, el árbol sea talado de sus ramas y el cuerpo de tantas contenidas ansias, ese día, me atreveré a decirte que seas mía, que no hay excusa que tu mente decida, que hay memoria capaz de olvidar y un silencio atrevido, para amar.
            Algún día cuando el tinto se llene de copa, cuando las caricias sean de labios y no solo de manos, los versos de sentimientos y no solo de letras, el delfín vuele su aire y el águila tranquila nade, ese día, tu mirada escribirá poesía en mi espalda, en cada una de mis vértebras, en cada caricia que tus ojos le roben a mi cara, en cada sueño  ansiado, en cada lágrima que el deseo le robe, a un corazón ya extasiado.
           Algún día cuando la vela chorree saliva, cuando las sombras sean blancas y la media luz melodía, cuando no existan sábanas ni almohadas, cuando tu piel sea mi cama, mi sudor una gota de ansia y tu beso ese sabor que lame intenso mi alma, ese día, el abrazo desvanecerá por siempre al tiempo, las manecillas cambiarán su rumbo y los números del reloj, se quedarán mudos.
            Algún día cuando eyacule el alma, cuando el cuerpo le pida prestado el orgasmo, cuando el gemido grite su garganta,  cuando la contorsión baile su espalda, la seducción su erotismo y la excitación desgarre profunda cada poro de la palabra, ese día, amaremos en silencio, la distancia será recuerdo, el brillo eterno y el deseo se llenará de hadas, será un hermoso cuento y en su libro, por siempre viviremos.
              Algún día cuando el Sol le pida el reflejo a la Luna, cuando el horizonte se despegue del mar, las estrellas del cielo y el fuego de su volcán, ese día, el infierno pecará, no habrá confesionario capaz ni rodillas pidiendo perdón o su paz. Hoy, que tu cuerpo es de ángel, tu corazón late mi sangre y tu alma vive salvaje, ven a mi Universo porque lo puse al revés, perverso, tierno, húmedo, sin miedos, lleno de ti, de mí, de tus anhelos y de mis grandes sueños.




                         
             

miércoles, 11 de julio de 2018

EL JUEGO.



               Con la brisa llegó un pétalo, rojo, de terciopelo pintado, terso, de miel barnizado, sudado como un deseo erizado. El alba cambió su cara, amaneció la Luna, gimieron las sábanas, una humedad penetraba, era rocío, quizás una vieja ansia o quizás ese manantial de silencio, que en la contenida pasión mi piel desgarraba. Llegaste con el viento, cruzaste la ventana, no te importó atravesar el vaho de mi aliento, no hubo palabra, el verso era mirada, tus labios esa poesía que mi boca tanto anhelaba, tus cabellos ese manto que en tus hombros caía y mi pensamiento excitaba. Quise quitarte esa blusa que entre sedas tus pezones transparentaba, esos tacones altos como alfileres que mi espalda añoraban, me miraste, pediste una pausa, querías que me llenara de tinta y te escribiera primero, lo tanto que te amaba.  
               Ahora estoy listo, atraviesa el viento, sacude mi noche porque de tinta estoy lleno, ya mis dedos rozan lo perverso, la imaginación es cielo y mi alma ya mama, en las ubres del profundo deseo. Ven, cierra los ojos que empezaré el juego: me desprenderé en poesía, una luz suave y nítida, besaré tu aura, entre tus cabellos mojaré mis rimas y despacito recorreré con el primer verso, una caricia en tu cara. En tus ojos enamoraré miradas, esas que leen cada tilde de tus pestañas. En tu nariz respingaré mis ansias, esas que te huelen toda aún en la distancia. En tu boca imaginaré un caramelo hecho de azúcar de nube y miel de cielo, ese que saboreo cada noche enredado en mi lengua y explota erótico en la garganta de los miedos. En tus oídos susurraré el final de mi poesía, ese final que llenará tu piel de gotas para que empiece a resbalar mi prosa. En tu mejilla escribiré una elegía, esa que explica que un día por mi corazón fuiste elegida, la que cuenta como el destino maduró una utopía, rompió cualquier osadía, te convirtió en brisa y hoy, esta noche, sin manecillas en el tiempo, te hará mía.
               Resbalaré por tu cuello, lo llenaré de labios y besos, de lengua y gotitas de celo, de estremecimiento lo pondré tenso, dejaré que se arquee y encele tus cabellos, mi mano pondré en tu nuca, deslizaré mis dedos y despacito quitaré de los hombros tu blusa. Bajaré mis manos y la arrancaré toda, los botones llenarán la alfombra, tu suspiro mojará mi aliento, la palabra confundirá al verso y miraré con tentación cada uno de tus senos. Entre ellos soltaré el vapor de mi anhelo, besaré esa piel chinita que suda quedita y exhala cada sentimiento de mi poesía. El juego es perverso, tus pezones lo saben, me miran erectos, quieren el abrigo del jugo cuando es cálido e intenso, la travesura de una lengua de fuego, el sentir pasión más allá del quinto cielo, saber que sentirán el orgullo de tanto escondido deseo. El torso es perfecto, palpita tu ombligo, pide la caricia redonda de mi dedo y dejo que un trocito de mi sueño lo posea entero. Siento tu vibración más allá de cualquier etéreo,  tu aura pinta pureza y  de rojo escurre apasionada entre el polvo de mil estrellas, tu alma está inquieta, poquito a poquito se abre, pones tu mano en mi cabeza, pides una espera, quieres ser tú quien continúe el juego y con exquisita delicadez, pones los dedos dentro de tus pantaletas.
               Me miras, te miro, tus ojos el deseo confiesan, eres demasiado bella, la tentación se dibuja perfecta, no hay vellos ni queja, poco a poco resbala la seda, el cambio de color es cada vez más hermoso y sé que pronto morderé, la manzana de Eva. Respira el poro, el edén se muestra todo, tu contorsión lo pinta vigoroso, erizado, rasurado y mojado. Sentado acerco mi pecado, pienso un beso y lo marco, tus manos estiran mis cabellos, el suspiro es controlado, el toque acerado y el sorbo, una rica miel en mis labios. Se desprende una tinta, del viento robo sus rimas, de tus suspiros unas letras, del sentimiento un verso porque es húmedo y tierno. Escribe el poeta, la musa aguanta la espera, me levanto, te miro cerca, la miel de mis labios es recogida por tu lengua, te abres toda y mi alma ya escrita te penetra. El gemido grita, tu espalda se arquea, mis piernas tiemblan, tus muslos entre mis manos se aprietan, tus palmas en mis hombros seducen y abrazan mi cabeza, es cariño, pasión, ese amor que solo un alma es capaz de tejer, una poesía escrita con tinta de hombre en pergamino de mujer.
                 El juego no ha terminado, debo escribir un último verso para que la rima no perezca en el desahucio. Me miras, te miro, estoy relajado, me muestras tu abrazo y a tu cuerpo me pierdo pegado. Siento tu latido y en el mío duermes en el arrullo ansiado, tu olor es divino, mi cansancio extasiado, tu sabor dulce, mi sudor salado y el amanecer alargado, solo esperando ese café, que ya muele sus granos. Piensa el poeta, la mujer le regala su espalda, chorrea la tinta, el chocolate hierve, la vainilla se deshace de su vara, el café huele, la tierra mojada exhala y el verso penetra, hasta el fondo de su alma. Mujer y poeta terminan, de reojo se miran, saben que pronto llegará otro juego, será el hombre quien se desnude imperfecto y la mujer quien escriba en su piel, todo lo que lleva dentro.



               

martes, 10 de julio de 2018

VEN HACIA MÍ...



                   Ven hacia mí, con tu sonrisa por delante, con esa dulzura siempre elegante, con tus manos abiertas, con esa lágrima que seca escribe tu historia y con ese olor de piel, perversa y tentadora. Dime qué piensas, explícame tus huellas, desvístete completa, atraviésame plena y así mi alma comprenderá tus querencias, tus ansias, ese deseo que en tus ojos veo y esa ternura que en tus labios siempre leo. Ven hacia mí, pídele espacio al tiempo, azul al cielo, brisa al mar y viento a tu abrazo, silencio a tus besos y rima a tus anhelos, fuego a tus miedos y ponle hielo a mis pecados traviesos..
                   Ven hacia mí, con el corazón abierto, con tu sangre expuesta, con el latido firme y erecto, con esa decisión que solo una mujer lleva dentro, con esa caricia que  mece aire en tus cabellos, con esa religión que no es divina, sino parte de ese vapor que exhalas, cuando en mi fluye tu melodía. Ven hacia mí, no temas. Le pregunté el camino a la odisea, ya limpie cada vereda, se deshicieron las piedras bajo mis huellas, sembré pétalos, robé tallos a las estrellas, dejé las espinas en cada cráter de mi Luna y pinté la rosa perfecta, esa que ahora adorna cada poro de tu senda.
                   Ven hacia mí, con el alma hecha libro porque ya de mis dedos las tintas escapan, con ese aceite que lubrica tus humedades, con ese que te muestra seductora y extasiada, con ese sudor pegado, con ese vientre terso y marcado, con esas heridas de otras aguas, que en la memoria ya están cicatrizadas. Ven hacia mí porque te quiero toda, a cualquier hora, en la cocina, en la cama o en la cresta de la última ola. Ven hacia mí, no te arrepientas, vale la pena. Le compré al paraíso un pedazo de tierra, la sembré en la séptima Luna, en sus bosques viven musas y cometas, hay luz por donde quiera y cuando llega la noche, la caricia del amor es eterna entre velos de algodones y exóticas sedas. Hay cien cuevas y en cada una de ellas se hace el amor diferente, con imaginación nueva, entre gotas de lluvia, copos de nieve, junto a una hoguera, a un lado del mar en su arena, entre tintos y velas, con violines y olores de primavera, entre saxos y humos de una oscuridad perversa, con inciensos y varas de vainilla, siempre con besos y dando todo, hasta que nada queda dentro. Ven hacia mí, inventemos vida, convirtamos oxígeno en melodía, respiremos, exhalémonos, corrompamos nuestros miedos, desgarremos aquello que no es cierto, arranquemos su color al cielo y pintémonos de amor, hasta que nos encele el tiempo eterno. Ven hacia mí, atrévete, te prometo que sentirás distinta, entenderás la verdadera caricia, la dulzura cuando en su azúcar es divina, esa mano que te sostendrá en la duda, esos dedos que te escribirán profunda, ese beso que a tu boca pegarás y jamás tu mirada de él quitarás, este hombre que te habla, porque te siente de verdad. Ven hacia mí…



           

lunes, 9 de julio de 2018

ENTRE TÚ Y YO...



-          Oye mi amor
-          Dime
-          ¿Tú sabes cuantas veces he amado antes de tí?
-          No
-          Cuando era niño me decían que amar era abrazar, montarme en un columpio y besar el aire, coger mi bicicleta y acariciar con mi cuerpo aquella acera, tener en mi mano una mariposa y sentir que sus alas eran como de cera,  poner una canica en mis manos, subastar un cromo, conseguir ese regalo cuando buenas notas sacaba o meter un gol cuando en el colegio el recreo me dejaba. Amar no era parte de la poesía ni ese rincón que los adolescentes a oscuras respiran, no era algo que perseguía ni parte de mi vida. Crecí, las hormonas se soltaron en mí, no entendía, a veces la música me daba una canción que a pedazos comprendía, otras veces era la película quien despertaba cierta húmeda alevosía pero yo en mi mundo seguía. Siempre la gente hablaba de ciertos deseos, en el kiosko de mi esquina había siempre mujeres divinas, quizás hechas de papel pero siempre parecían urgidas de algo que no entendía. El amigo en mi hombro se reía porque mis preguntas eran chiquitas y grande la inocencia de aquella vida, una amiga un día me dijo que ya madurara porque era guapo y ella me quería pero que amarme no podía porque siempre mi niño con ella podía. Yo seguía, creciendo, jugando al futbol, sacando buenas notas, obedeciendo a mis padres…y un día, una bella niña me besó: tenía el pelo castaño, ojos verdes, piel de verano, olor a una frescura que llamaban chanel número cuatro, sus labios eran como un terciopelo tan bonito que me urgía besarlos, mi cuerpo estaba húmedo, había sudor, ansiedad, entre mis piernas una erección no mesurada, manos, abrazo, sus  pequeños pezones me rasgaban, lindura de niña y yo un ángel extraño, enamorado en un cielo demasiado excitado. ¿Sabes? Yo creo que si la amaba, porque necesitaba esos labios en mi boca, esa lengua traviesa que no tenía tregua ni pausa, esos ojos que atravesaban la mirada, ese aliento cálido que en mis humedades salpicaba, ese olor tan fresco que ni el mar se atrevía a soltar. Ese primer amor si era de verdad. Creí que eso era amar y que todo lo que me habían explicado, ahí estaba, que sería eterno, que nunca se acabaría, que el pecado era una falacia y que en mi vida jamás al amor preguntaría ni por su abrazo ni por su almohada. Y pasó lo que tenía que pasar porque por eso solo fue el primer amor, ese amor que no pregunta, que es niño y no reclama, que es niña y no tiene respuestas, que es el primero y no juzga ni siquiera la palabra.
-          Veo que te marcó ese primer amor.
-          La verdad es que sí.
-          ¿Y, yo?
-          Tú eres mi reina, quizás ella fue hada en un cuento que solo vivió una primavera, pero tú estás en mi trono y duras, una vida entera. Fíjate, acompáñame, veámonos en este espejo, tú y yo, a media luz. Desnudémonos. Mirémonos. ¿Ves esta arruga? Cuando te conocí, no era, llegó después, no es piel de una primavera, es partecita de un amor que en los años ha crecido despacito, un sorbo de esa pasión que juntos hemos escrito, la tilde de esa palabra que por merecida y osada nunca la lleva, esa palabra llamada “deseo” de la que solo tú y yo, conocemos su verso. Ahora en todos sus pliegos es hermosa, estira su poro cuando siente tu boca, te sonríe porque tú la provocas, a veces también te llora porque de ti es parte y un poquito de tu memoria. Mírala, tócala, estírala, siéntela toda porque entre los dos, le pusimos nuestra historia. ¿Te das cuenta? Ahora tienes más pecas, mis canas son más perfectas, tu caricia me rebosa eterna, mis besos cada día más te desean, tu mirada más tierna, mi poesía más profunda y serena, tu alma más añeja. Mi corazón solo late tu amor y cada una de mis arrugas de tu aliento toman su vapor, se estiran, se desnudan y cada noche en nuestra cama, solo esperan que seas tú quien las lea, las adore, las posea…que seas tú, quien les dé su dosis de dulzura. Ven, porque en todos estos años hemos conseguido algo que no se compra ni es prestado, ese silencio que entre tú y yo nos mira despacio, ese saber que la libertad de amarnos hemos logrado, ese pequeño espacio donde hacemos el amor cada vez que la gana nos abraza, ese minúsculo Universo que entre tú y yo, hemos creado.
-          MI amor
-          ¿sí?
-          Si pudieras volver a tener una vida conmigo, que cambiarias
-          Quizás decir lo que siento más a menudo.
-          ¿Y tú?
-          Olerte más profundo y despacito cada vez que me abras tu mundo.





sábado, 7 de julio de 2018

ELHA


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LA CAJITA DE MÚSICA.



               Guardo tu nombre en secreto, en ese aliento que parió el silencio entre mis labios,  guardo la ilusión de tu perfume cuando nada en el viento, la canción de tus palabras cuando bailan y crean versos, ese sudor que gotita a gotita recuerdo cuando mis poros se abrían y exhalaban tu deseo. Te guardo entera, desde tu mirada a ese  rinconcito hermoso que seduce tus piernas, desde tu cara a la curva más bella que dibuja la sombra de tus senos o la contorsión de tu cadera, desde tu cabello al último vello que suave rozó mi barba entera, desde tu suspiro al más profundo gemido cuando de mi, eras presa.
               Desenterré de mi jardín un tesoro, una cajita de música perdida entre hojas verdes y dulces retoños. Abierta la puse en mi pecho desnudo, le di calor, le presté un latido, un poquito de mi sudor, la primera lágrima que la nostalgia de ti recordó, la llené de palabras y le puse dentro, diez besos. La cerré, en mi mente te dibujé, te imaginé, en mi pensamiento te reencarné, te pinté, toda esa noche te soñé. Y llegó el alba provocadora, desnuda, seductora, vestida de rocío, con sabor a jazmines y amapolas. Abrí la cajita, entró un pedacito de brisa, arena de mi playa,  el olor de un cafetal que de la tierra sus granos erguía, el sabor mascado de mi poesía, el cariño de la mirada que te tenía, un sorbo de luz y del cielo de los ángeles, su melodía. La cerré deprisa no sin antes dejar del recuerdo, su melancolía. A un lado de mi cama la enterré entre sábanas, le puse una cobija y sus fríos corrieron de prisa.
               Pasaron los días, sentía que dentro de ella crecías, de tanto en tanto la abría y un pequeño verso hecho de besos, en lo más dentro le escribía. Llegaron tormentas, aciagos días, paredes blancas que miraban las sombras de mi vida, temblores que solo mi alma movían, ríos de tristeza que solo en mi corazón latían, versos que en tintas se perdían, inspiraciones jodidas porque mi musa, estaba dentro de esa cajita.
                Era única aquella lluvia de estrellas, tumbado en mi arena, preguntando a la Luna cuál de ellas era la más bella. Una pequeña espuma recorrió mis dedos, me dijo el mar que me fuera porque sería alta la marea, percibí el guiño de un cometa, el saludo de un cangrejo y el burbujear de cien almejas. Llegué a mi casa, abracé la almohada, como siempre pensé en tí, quité la cobija, deslicé las sábanas y la tomé en mis manos. Estaba caliente, la sentí enamorada, me pregunté si abrirla era su hora, ya no quería más distancia, necesitaba sentirla, acariciarla, adorarla, besarla toda, ver en que se convirtieron aquellas palabras, aquellos besos,  aquel pedacito de brisa, el olor del cafetal, el cariño de mi mirada, la melodía de los ángeles y mi poesía mascada.
               La osadía fue atrevida, abrí aquella cajita. Saliste de una luz exquisita, reventaste de la playa su arena, eras mujer y bailarina, desnuda, elegante, tersa, tierna, divina. Me miraste, te miré, eras melodía, un beso sin prisa, la sal de mi brisa,  olías a café y mascabas lenta los versos de mi poesía, sin duda la mujer de mi vida. Me miraste otra vez y otra vez te miré, en tu baile, en tu música, en tu cadencia, en tu hermosura, en tu alma de mujer. Los ojos dejaron de ver, me abrazaste y te abracé, me respiraste y te exhalé, me sedujiste y en mi piel te expliqué, me diste un beso y en ti entré. Fuimos uno en cuerpo, melodía, rima  y espíritu de una cajita de música, que por siempre en ella te guardaré.



               
              
              
              


martes, 3 de julio de 2018

¿POR QUÉ?



             ¿ Por qué tus caricias son tan frías, por qué tus palabras no me dicen nada, por qué escribes con tantas faltas de ortografía, por qué tus tildes no acentúan nada, por qué tus lágrimas parecen tan falsas?…¿Por qué ya no te siento ni me haces falta? ¿Por qué en tu silencio no me siento en calma, por qué en tu abrazo es la indiferencia quien manda,  por qué tu mirada la siento tan lejana, por qué mi almohada solo tiene mi huella dibujada?... ¿Por qué cuando te vas, mi alma no te extraña?
              Contéstame, que no sea el pretexto una artimaña, tu silencio una alarma o tu desfachatez ese cuerno que desgarra mi alma. Dime que eres diferente, que esa mujer de la que me enamoré todavía está presente, que es una confusión o el viento frío que me calla de frente. ¡Habla! No te escondas bajo tu vientre, en esa sonrisa que sabes que ya no es decente, en esa avaricia que sobre mí cae persistente, en esa melancolía que en tu olor está presente o en esa pasión que antes era consistente y ahora cae hecha pedazos cada vez que me sientes.
             ¿Por qué ahora me gritas cuando antes al oído me susurrabas, por qué tu piel no sabe a nada, por qué tus labios están secos cuando mis besos los abrazan, por qué tu cabello pinta colores de un tinte extraño, por qué tanto has cambiado?
             Dime en qué te he fallado, en que parte del pecado te he olvidado, en cual de tus silencios te he gritado, en que caricia he perdido a mi niño o quizás es que ya no te guste como anciano. Dímelo de frente porque así lo habíamos platicado, en la cama de lado, de la mano caminando o en silencio y atrevida como siempre, cuando otra gente estaba hablando. Que no te condicione el miedo, quizás de otro te has enamorado y no te atreves a sentirme lastimado, no pasa nada,  sé valiente porque tengo pretendientes, no me hagas perder el tiempo porque la vida con él no es decente. No me mires diferente porque libre te dejo en tus quehaceres, ya no me contestes, no tiene caso,  compré mi ocaso, mi noche, mi música y mi Luna, vendí nuestra cama, tus leyes, tus humedades y tus amarguras, alquilé tus sentimientos a una bruja, tus falsedades al elfo más anciano y tus cuernos a un extraño ente que encontré en la mesita de noche de tu lado. Me voy al mar a llenarme de nueva espuma y exquisita sal, de cielo y transparente humedad, de esa energía que me quitaste y  de la fe que de mi sangre, gota a gota chupaste. Adiós, que te vaya bien, que la fuerza te acompañe, ahí te dejo una maleta y parte de mi equipaje, una historia y unos ojos que siempre te miraron de frente, porque tengo mucha prisa por sentir esa caricia, que me diga que para ella soy exclusivo, poeta y diferente.
            Que sea divino tu camino y largo de mi, tu exilio. Que el amor te haga su protegida, que tu vida por otro sea compartida y jamás regreses como parte de mi destino, porque aunque esté escrito, ya le cambié cada rima, su estructura y también, su poesía.




lunes, 2 de julio de 2018

MI REFUGIO.



                Me refugié en mí, en esa cueva dónde el saxo toca mi jazz, donde la trompeta me grita, donde el piano me explica, donde el humo me respira, donde una copa en mis manos no tiembla, donde todo es distinto porque estoy sólo, atravesando las nieblas de mi destino. En mi soledad el dedo no juzga ni el tiempo expira,  el silencio no es compañía y la música te envuelve todo en su melodía. El cielo no me pregunta y el infierno no me deja dudas, la calle me sigue, el alba me moja, la Luna sonríe y mi almohada sin queja, siempre mis besos recibe. Me camino y me siento completo, no hay cansancio, las huellas son profundas, el aliento nace dentro, solo en el rocío confío y en esa palabra que pienso, escribo, leo y a mi paisaje con amor, le recito pleno.
                Cambié de color las paredes, dejo que cada día la imaginación las vista diferente, la cama jamás se tiende, a cada leño le pongo nombre, a cada copa su vino diferente, no traigo ropa, solo el viento me acaricia silente. La voz me perdona porque no sale de la mente, mis lágrimas no responden pues no hay nadie que las mire de frente, la mirada vaga sorda, a veces pensativa, otras perdida, siempre melancólica. El recuerdo es cilicio recurrente, el olvido un yugo que me forja valiente, el aire un oxígeno que prestado no pago, la herencia de mis genes un legado que de su memoria,  ya me ha borrado.
                 A veces de amor hablo, el cielo en su gris luce nublado, aparece el rayo, la paz del trueno sobrecoge mi árbol, el jardín esconde su verde, la rosa de su pétalo se desprende y siempre, siempre llueve. La tormenta callo, junto a la primera vereda reposo un silencio aciago, cuento las gotas en la tela de una araña, sigo al caracol despacito en su camino y le digo al grillo que ni se atreva, que su cantar no me interesa, que en mi dentro hay una bestia que dormida debo mantenerla, controlar esa humedad de la que su instinto me llena y esa fiereza que en la deseada pasión desgarra mi entereza. Dejarla seca, sin recuerdos, sin primavera, sin ilusión, sin sueño.
                Es un derecho del alma sentirse abierta, en una soledad preparada para que desnuda convierta en aquelarre todas sus dudas, en ese espacio natural donde no hay tiempo ni arraigo, la mente está en blanco, el poro cerrado. Debe sentir que solo mis ojos la miran, que cada grieta de mis labios son letras de sus tintas, que cada arruga también explica su vida, que cada latido existe para que también en ella el amor se escriba. Mi alma nació hermosa y bella, de siete colores abrazada, pura, con ojos de nieve y piel siempre húmeda en su membrana. Me resplandece en mi aura, frente a la Luna me delata, del bosque roba sus hadas y del cielo los ángeles que ya la extrañan. Del mar respira sus olas, las separa en espuma y sal,  con la primera abraza mi corazón, con la segunda diseña un cristal, con la primera llena mis manos para que puedan acariciar, con la segunda le da sabor a mis labios para que puedan besar.  No es ingenua, es mía, maravillosa y del Universo una pequeña diosa.  El gran Mago sabe de qué está hecha, que es de verdad, que no es quimera pero si un ave de paso que descansa y se expresa en mi soledad, un delfín valiente que cruza mi vida de mar en mar, el ala de un águila real que acaricia cada cielo en su volar, ese suspiro que a veces el aliento guarda porque enfrente no hay nadie que lo merezca exhalar, ese rincón en mi ser que me pide un refugio, para que podamos hablar.



               

domingo, 1 de julio de 2018

HUMEDADES,



                 La calle despedía su día, demasiado silencio, puso suave una música y dejó que la invadiera su melancolía. Bajo llave cerró la puerta, una cortina con elegancia recorrió, nadie vendría, el teléfono no sonaría, quizás esta noche solo el recuerdo la consentiría. Desnudó sus pies, se acercó a su pequeña cantina, disfrutó la transparencia de aquella copa, escogió entre maderas una botella de uva primorosa, la destapó y en su memoria una frase se dibujo: “Mi añejo tinto, descolgador en copa de imágenes y hacedor en piel de pasiones”. Era su frase, esas palabras que antes de hacer el amor, su hombre con deseo recitaba. Hoy tenía que recordar, su cuerpo sentía esa primera gota de humedad, ese deseo que escondido se atreve a ser bebido en soledad, ese calor que nace desde dentro y grita en cada poro su ansiedad. Ella lo sabía, esta noche rendiría pleitesía a esta soledad, esta noche sería suya y llenaría su  memoria de aquel hombre que siempre la tenía llena de tanta humedad. Se acercó a la cabecera y de la mesita de noche abrió su cajonera, dejó sus miedos, un pequeño espejo entre sus manos deslizó placentera, se miró perfecta, caliente, osada y perversa. Nadie le pediría que fuera sino que sería como ella quisiera, lo haría como en el sueño, siempre entera, como lo que sentía en las manos de aquel hombre, como un día le pidió al cielo que la poseyera. Se sirvió una copa, le pidió a la primera gota que descolgara, recordó una mirada en aquel poso tan divino, una sonrisa encantada de blancos dientes que ya necesitaba, mordieran su espalda. Olió su fragancia, la humedad avanzaba, desabrochó su blusa, cerró los ojos y dejó que despacito aquel sostén se desvaneciera, como aquel hombre en su elegancia lo hiciera. Se quitó la falda, con dos dedos sobre la cadera resbaló sus bragas, en su boca una gotita relamía entre labios, en su memoria todo era como había soñado. Dejó que la mano acariciara su hombro y despacito sus senos tocara, recorrió su vientre, sintió aquellos poquitos vellos que ya temblaban y entre sus piernas dejó que suave se quedara. Respiró profunda, exhaló un primer suspiro, movió su cuello, estiró sus cabellos y sintió profundo el abrazo del hombre cuando es sueño y ama en el viento.
                 Prendió una vela, la miró, un dedo tocó tibia aquella cera, dejó que una primera gotita chorreara, la tomó en su mano, lo convirtió en caricia, entre sus senos la  dibujó, sintió calor, se puso un hielo y sintió deseo, esa pasión húmeda que le dejó aquel último recuerdo. Abrió la ventana y se tendió en la cama, desnuda se miró, un reflejo de Luna toda la bebió, cerró los ojos, su imaginación bailó. Quería otra vez sentirlo, tocarse toda, sudar esas manos, ese beso del aire cuando del propio aliento se embriaga, ese pecado que ahora necesitaba su alma. Pidió tiempo al espacio y ternura a sus sábanas,  silencio al deseo y murmullo a su garganta, un pequeño suspiro a tanta ansia y miel, a cada poro que despacito tocaba. Dibujó la espalda una contorsión de escalofrío pintada, sus pezones se erizaron tanto que en su ombligo se pintaron dos espadas, el vientre encogió sus entrañas, los pies tensaron sus piernas hasta sentir profundo el sentimiento cuando nace dentro. Imaginó un recuerdo en blanco y negro, le dio color,  sintió las manos de aquel  hombre abriendo su espalda, apretadas en sus muslos, su boca en aquellos labios abrazada, la garganta gritando entre sus piernas y aquella convulsión tan extrema, que penetró húmeda cada una de sus vértebras. No hubo pausa, el tiempo esperaba, el espacio era brasa,  el aire crepitaba porque en aquel cuerpo moría, en vapor se convertía, en pegado vaho sobre aquella ventana. Los dedos mojaban saliva, el roce consentía, una mano tenía prisa y el brazo vibraba fuerte aquella húmeda melodía. El pensamiento era vago, la mente gemía blanca, el deseo recitó como juglar sus versos y aquella mujer gozaba empapada la memoria de aquel hombre, cada vez que lo deseaba y la penetraba. Sintió que era bella, hermosa y soñada. Azotó de par en par la ventana, el hombre era viento, besos, dedos y manos, toda la surcaban, las caricias preñaban, su mano aquellos genitales apretaban, el vigor se vistió de cielo, una erección rompió el himen del credo, lo sintió dentro, contorsionó su cintura para que la penetrará por completo. Le mostró su espalda y siguió el dulce infierno, por encima lo cautivó y jamás de ella se despegó, de lado un abrazó y siguió y siguió, el trueno desgarraba, el dolor destellaba, el placer ungía y la humedad preñaba y preñaba. Miró su cara al viento y él la miró, el momento llegó, la vela se apagó, desde dentro un pequeño alfiler sintió, una lanza que abría su vientre y atravesaba su espalda, el orgasmo era intenso, el gemido gritaba tierno, los ojos eran lágrimas y cuando lo sintió fue tan intenso, que aquel hombre por siempre, en el viento se quedó.
          Abrazó su almohada y supo que por siempre de aquella humedad, estaría preñada.



       

sábado, 30 de junio de 2018

¿DÓNDE ESTÁ EL SOL?



                    Mira el niño su juguete perdido, el perrito aquel árbol que talaron, la música el acorde sordo de un reggaetón infame y vanidoso, la hebra un ovillo olvidado, el árbol sus hojas caídas mientras el sabio un pelo de su ceja arranca, un pedacito de sabiduría, una sombrita de sus ojos cuando al sol miraba, un recelo de viento que en sus manos ya dormita cansado. Camina el horizonte un ocre sábado, la palma abate un cielo osado, la piedra le dice al río que hoy no está tan mojado y el pasto a su tierra que le preste verde porque hoy el Sol no vino o estuvo de paso. Sienten las aceras que es verano pero no hay tanta luz como en el pasado, la pared descansa en su fachada, en su blanco no ve una sombra pegada, no hay reflejo, el gris la viste de cierto pecado, una niña explica que su abuelo vendió el Sol, que aunque mucho no le dieron fue lo correcto, que quien lo compró no venía del infierno, que no lo conoció en directo y que una mujer de suave velo fue su mensajero.
                    Y…¿Dónde está el Sol?...
                    Se lo preguntó el niño al juguete y éste no supo, le preguntó el niño a una sombra y ésta se desvaneció, le preguntó al mar y una pequeña espuma le regaló, le preguntó al sabio y con otra pregunta le contestó: ¿Por qué iba a vender el hombre el Sol? Pensó el niño, discurrió lo que de él decían, que todo lo sabía, que era un gran imaginador y por ende el más enorme soñador. Encontró un portal, en él sentó su inocencia, un perrito se le acercó, con caricias lo mimó, recogió su mirada y entre nubes la perdió. Quizás esperaba una respuesta del cielo o un atisbo entre las hojas de aquel árbol, una nota escrita volando a lomos del viento o una niña que lo viera con atrevido deseo. Nada pasó, el perrito a su lado se durmió, pensó.
                    De repente algo sobrecogió su mirada, su boca y sus hombros: un hombre caminaba con un gran letrero colgado a su espalda “Yo vendí el Sol”. Entró a una cantina, el niño lo siguió, pidió un doble de algo, el niño bajo su mesa se escondió, el primer susurro no lo entendió, llegaron lágrimas, murmullos y desahogos, comprendió: un gran desamor le había arrancado el alma y desbaratado el corazón, yacía el hombre sentado, en alcohol guardado, cantando entre dientes un amor traicionado, explicando a su vaso todo lo que le había pasado: “ la conocí lejos, en la virtualidad la encontré, toda la leí, incluso en mis humedades la hice mujer hasta que un día comprendí que de una falsedad me enamoré. Ni tenía la edad que decía ni su alma atravesó nunca sufridas nostalgias, su cabello era rizado y no lacio como la foto enseñaba, sus ojos no sabían de lágrimas pues aquellos sentimientos jamás pasaron de su garganta…
                   El vaso quieto y medio lleno, escuchaba. El niño, un poco asustado, esperaba.
                   …Ahora sé que en el viento no está su perfume, que el mar no me traerá sus caricias, que sus hermosas montañas no recibirán mi nieve ni sus palabras harán más travesuras en mi mente. Escribía que el Sol iluminaría nuestros días, que en su luz nuestro amor se explicaría y crecería, que en su calor nos desnudaríamos e inventaríamos atrevidas caricias…¡Me engañó!.- el vaso sobre aquella mesa azotó, el niño los ojos cerró, el vaso calló.- Ya no pertenece a mi vida, de mi sueño se cayó…jajaja…llegó su otoño..jajaja---se fue de mis días. ¡Vendí su Sol!...jajaja…-el vaso se estremeció, ya no quería estar en aquellas sudorosas manos-…¿Y ahora qué? ¿Con qué me iluminará?...jajaja…Y que ni se atreva a cruzar mi mar porque lo abriré y en él se ahogará…¡deja y embriago su recuerdo!, al fin que vivirla suspirando sería pedirle algo extraño a mi aliento ya borracho…jajaja…y vivirla pensando sería pedirle al tiempo algo demasiado mundano.-el vaso respiró-.
                      Se levantó aquel hombre, se dirigió al baño sin olvidar pedir otro trago, se envalentonó el niño, a escondidas lo siguió. Mientras aquel hombre desahogaba sus necesidades, el niño empezó a limpiar el espejo del lavabo. Imaginó, tomó un poquito de jabón en sus dedos y dibujó una gran luna, tomó un poquito de agua y de ella la salpicó. El efecto resultó, aquella Luna lloraba y poco a poco se desvanecía. Aquel hombre desde su necesidad, absorto lo miraba. De repente el niño encima del lavabo se subió, acercó al espejo su boquita y con su propio vaho aquella Luna secó. Aquel hombre le gritó que se iba a caer, el niño haciéndose el sordo de reojo lo miró, con sus ojitos fijos en aquella pálida Luna, susurró: “alguien  tu Sol vendió, bajo tu manto ya no habrá más amor, no tendrás reflejo ni ese velo tan bello, una mujer al hombre engañó y el hombre corrió, vengativo el Sol vendió, de alcohol se vistió, a un vaso reclamó y este niño bajo su mesa, de la sublime idiotez de la ignorancia aprendió”. Se quedó viendo al hombre, miró al espejo, “quizás mañana ya no habrá un aliento que te caliente con su vaho, quizás ese hombre de su tristeza aprenderá o a sus cavernas regresará, quizás el amor ya no existirá más y el desamor por doquier reinará, quizás el Creador un nuevo Sol nos dibujará o quizás el eterno frío, de la Tierra se adueñará. ¿Por qué el hombre se aferra siempre al mal recuerdo y no al hermoso futuro?¿Por qué vende el Sol si sabe que se quedará sin Luna?¿Por qué no aprende si la vida es la mejor escuela?¿Por qué no llora y olvida en vez de sentir su ego herido, recordar y emborrachar su vida?¿Por qué es tanta la ignorancia permitida que hasta en su depresión los perros se atreven a mear, en su pantorrilla?”.- tomó otro pedacito de jabón y en aquel espejo escribió: EL AMOR NO ES PARA COBARDES. REGRÉSAME MI SOL.
                    Serio, con el rostro de nervio atravesado, de la cintura bajó al niño de aquel lavabo, lo tomó de la mano, salieron del baño, pagó su cuenta, se disculpó con el cantinero y con el vaso. Se sentaron en el portal junto al perro que medio dormido y molesto los miraba. ¿Sabes?.-explicó aquel hombre- yo tengo una nieta, tiene 6 años, es más pequeña que tú, cada día la recojo de la escuela y en el camino a casa me pide que inventemos un cuento, siempre nuevo y cada vez con una imaginación más y más atrevida. Juntamos a los árboles chicos con los grandes y los convertimos en familia, pensamos nubes como piezas de un gran puzle y así entretenemos al cielo con un gran laberinto para que no llueva en nuestro camino, imaginamos águilas nadando en lomos de delfines y a ballenas escuchando grillos en un bosque que está cerca de su escuela. El viaje es divino y el final siempre incierto, pero acabamos el cuento, quizás ya en el ascensor o abriendo la puerta pero nunca dejamos que nos gane el olvido ni la pereza. Ayer no hubo cuento sino la historia de un desamor de hace años que todavía exprimía mi recuerdo. A veces necesitas contar esos recuerdos o para que se vayan diluyendo o para que alguien te dé una respuesta. Y así fue, se lo conté a mi nieta y ni dos segundos tardó en imaginar una treta: “Mira abuelo-me dijo-, hoy está nublado, el cielo muy gris y amenaza tormenta. Hagamos un gran letrero que ponga “Yo vendí el Sol”, cuélgalo a tu espalda, métete a la cantina más cercana, desahoga esas nostalgias y verás cómo te alcanzan las respuestas”. Y me alcanzaste, querido niño, tu eres mi respuesta, gracias, hoy aprendí más sobre el amor, si, sobre el amor que siempre te espera  tras un desamor, sobre esa Luna que no existiría sin Sol y sobre los sueños, que si no los crea un niño, lo son menos. Y tú, creaste un sueño en mí, un sueño que de nuevo he de perseguir: Amor. Y ahora iré a contarle lo que hoy viví para que sea ella quien termine este cuento.
-          ¿Puedo conocer a tu nieta?
-          ¡NO!






       
                   
                   
                  
                   

miércoles, 27 de junio de 2018

NO LO DUDES, PENETRARÁ TU ALMA.



                    Frío, la palabra suda pero tengo frío, mucho frío. Abrí mi pecho, saqué el alma, no hubo mujer que osara tocarla, cerré los ojos, no sentí una mirada, dejé que mis venas se secaran, mi corazón gritó y desde entonces siento frío, mucho frío.
                    Mi destino en un gran laberinto había convertido, una mazmorra de humedades y sentidos, un camino lleno de atajos y veredas quijotescas donde los molinos eran de tiempo y las espinas nacían de las piedras. Los sentimientos corrían urgidos, en mi piel eran consentidos, en mis ojos llorados, en mi boca sonreídos y hechos vacío, en las palmas de mis manos. El paisaje me daba escalofrío, la montaña poco a poco se desgajaba, comprendí que no era el río quien la erosionaba sino el dolor de la memoria cuando regresaba y dolía toda. Entendí que el viento volaba rendido, que el aire abandonaba a su águila, la nube ni su lluvia extrañaba y hasta el cielo de tanto en tanto, su color amañaba. Me quedé sin alma, era blanca, hermosa,  transpiraba magia, asumía retos, explicaba al corazón nostalgias, corregía mis versos y a veces, hasta un beso me soltaba. La puse en venta o alquiler y nadie preguntó que tanto valía o si tenía liquidez, quien era el que no la quería, de qué servía o por qué sus acciones estaban a la deriva. Solo el chatarrero de la esquina se preocupó, la pesó, me miró y me dijo que ni por kilo la quería.
                   Fue entonces que de lejos una exquisita mujer me atrapó, anciana y sabia, elegante y poco sofisticada un libro me regaló. Era el libro de las almas, el libro que explicaba porque la mía por nadie fue atrapada: “…ella vive en el corazón de tu espíritu, ese espíritu que a tu aura está pegado. Observa bien sus colores porque no hay arcoíris que pueda copiarlos ni pintor que los refleje tan exactos. Ellos explican tus grados, tu crecimiento, tu dolor, la enfermedad, la tristeza, tu madurez, la verdad. Y cuanto más cerca de esa verdad estés, más blanca será tu aura, más puro el latido y más hermosa tu alma. Llegará el momento que ya no querrá estar cerrada, se abrirá toda, esperará, estará preparada, llegará de fuera esa caricia tan ansiada, su membrana temblará y ese abrazo por siempre abrigará. Ya no lo dejará, en su pureza escrita estará, el espíritu leerá y un gran amor en ti, poco a poco crecerá.”
                   A veces creemos que tenemos el alma abierta, lista para ser amada pero lo cierto es que permanece cerrada, asustada, en nuestro espíritu escondida, solo esperando que seamos dignos de ella algún día. El trabajo es exhausto, a veces una vida entera se tarda, unos antes, otros después y muchos, nunca. Crecimiento, madurez, cuerpo sano, tristezas alejadas, sueños y sobretodo verdad. Ser auténtico, libre, no hay miedo ni pecado, no hay celos ni enfermedad alguna del infierno, no hay mentiras ni falsos egos, solo esa generosidad que te da todo sin pedir a cambio un solo gesto. El libro me lo explicó, en la última de sus páginas, antes del epílogo, un pequeño párrafo mi atención llamó. Era como una oración, ese rezo que entre almas es perfecto en su condición, eso que debes pedir cuando estés listo, con tu alma en la mano, a punto de ser penetrada:
                   “Ven a mí, aquí está mi alma, entra en ella, saca sus añoranzas, envuélvete en su membrana y besa profundo ese espíritu que en ella vive y te ama. No sientas vergüenza, entra y poséela con fuerza, atrévete, te la doy entera, no temas porque toda esta humedad es sincera, brota de su poro, es ella en esencia, es el deseo cuando la pasión es intensa, es la verdad de mi vida entera.”
                  No lo dudes, será penetrada.




TÚ, NO VALES NADA.



               Puse en tus manos una caricia, un verso, una rima, un sentimiento querido, un pedacito de vida que en tus tintas no fue poesía. El papel era demasiado blanco, quizás tu corazón estaba vacío, tu cuerpo para mi prohibido o quizás tu alma, el aliento había perdido.
               Estaba confundido porque en ti había creído, pero estabas lejos, muy lejos cuando en mis brazos mentías tus deseos,  cuando en mi boca olía tus falsos besos,  cuando tu mirada jamás atravesó ese amor que por ti llevaba dentro. Viví tu distancia, la nostalgia cuando no es sincera, tu música cuando no era para mí qué estaba hecha, la palabra cuando no expresaba nada, mi tristeza cuando en tu frío me daba y me daba.
               Llegó el día en que me dijiste que no me merecías, te sonrió la hipocresía, mi vida soltó una carcajada, querías ver una lágrima y lo que mis ojos te dieron, fue el vacío que por ti sentía mi alma. Te creías divina, quizás por Zeus parida, del espejo su cómplice y del amor, una barata poesía, del orgullo su bandera y de lo espiritual, una vida que solo arrastraba sus penas, aunque tú ni cuenta te dabas.
              Quise explicarte, rescatarte y medio abrazarte pero tu amor propio era tan grande que ni la cabeza volteaste. Emprendiste tu viaje, en tu espalda no cargaste nada porque incluso mi último ruego despreciaste. La inmadurez a ti me arrodilló, te recordé una y otra vez que de mi hogar eras parte, que sin ti el destino no tendría sueño, el frío sería eterno y mi soledad un oscuro encierro. Equivoqué mis ansias porque lo que sentía era cierto, pero jamás me di cuenta que tu libro solo para otros estaba abierto, que era viejo, que sus páginas no tenían número, que sus tapas olían a rancio cuero y que su epílogo estaba a punto de ser escrito por el infierno.
             La noticia llegó tarde, alguien me contó que una sombra había perdido su maquillaje, que ahora vivía a una pared pegada, que estaba seca y arrugada, que era mendiga de almas y el amor con rutina vagabundeaba, que entre sus dientes nada era blanco, que vivía entre telarañas, que su libro yacía cerrado y en su contratapa solo una leyenda rezaba “Tú, no vales nada”.  Como siempre la inmadurez venció mi alma, me dirigí a la biblioteca más vieja y lejana, encontré su libro y dejé que sobre él, una lágrima se derramara. Despacito se hidrató, se abrió, una lucecita en destello asomó, una oportunidad me pidió, pero esa vez la madurez, de mi alma se adueñó. Había sido demasiado el dolor, difícil el olvido de aquel desamor, ya mi vida estaba llena de otro calor, de una mujer tan increíble que en su ternura, aquel libro por siempre cerró: lo puso en mis manos, me abrazó, de besos me llenó y ella con todo el amor, en aquel estante lo posó.
             Ahí terminó su historia, entre polvo y viejas manos, sin música, sin espejos, con olor a rancio, de años pegado y con ese epílogo tan leído y cansado “Tú, no vales nada”, para que algún inmaduro lo leyera cuando equivocado lo abriera y quizás de aquella vida,  aprendiera.



             
             

martes, 26 de junio de 2018

LA MUJER DEL MAR.



                 Lamía sus notas una flauta entre el eco de las montañas, esperaba el león su presa, miraba de lado una jirafa, el valle extendía verde su sábana mientras un río despacito, cada pedazo de pasto mordía solícito. Era ese, el cuerpo de una mujer extraña, una mujer que cada noche salía del agua, una piel acechaba, de amor la llenaba, generosa su alma abría y una poesía en ella escribía. Un mar de mujer, un pedacito de espuma, un cristal perfecto de sal, el silencio de un bello horizonte y del Universo su santo grial. Amor puro, deseo generoso, pasión en piel bordada, esa humedad que revienta en alta marea cuando siente verdad, ese cantar que huele a gitano y cada nota a eterno verano. Cada ocaso aquel río remontaba, sabía lo que buscaba, esa necesidad que su alma gritaba, ese calor que la vida una y otra vez le negaba, esa mano que extendida su corazón acariciara. Hoy no sería diferente pero algo anormal azotaba dentro de su frente, un presentimiento hecho de hoguera y madera, un silencio distinto que veía nadar entre aquellas piedras, una noche de fuego y quimera, la noche de San Juan.
                  Juntó el poeta sus ideas, aquellos papeles que día con día llenaban papeleras, medios poemas sin rima, letras que noche tras noche escribió y ya quedaron obsoletas. Salió a la calle, las hogueras se multiplicaban entre aceras, buscó la adecuada pues no en cualquiera quemaría viejas ansias. Pensó en separar las más húmedas de aquellas, que ya estaban secas y arrugadas, las más extrañas las juntaría con las de sus mujeres amadas, las más eróticas con las perfumadas, las que eran cuentos las guardaría por si algún día una imaginación se atreviera y los acabara. No vio ninguna que le agradara. A lo lejos un puntito rojo divisó, pensó en una hoguera extraña pintada en el valle de aquella montaña. Meditó que si existía sería la adecuada, quizás alguna desnuda bruja lo esperaba, no sabía porque pero sentía que el viento lo llevaba y cuando se dio cuenta, por la falda de aquella montaña decidido caminaba.
                  Bajo el brazo sus poemas, frente a sus ojos una gran hoguera, en sus pies el agua de un río que tranquilo lo acariciaba. Se acercó a la fogata y en una gran piedra sentó sus posaderas, organizó sus letras archivadas, con cuidado hizo montoncitos, de tanto en tanto una olía para recordar cierta mujer deseada, a la vez de reojo a sus lados miraba y entristeció al no ver bruja alguna que en su aquelarre lo esperara. Los miraba, en silencio recordaba cuando fueron escritos, había olvidado el por qué nunca los había acabado, sonreía alguna falta de ortografía, desarrugaba los más apretados y se sorprendió cuando vio que más de uno le mostraba su blanco. En uno encontró destellos de chorreada cera, en otro huellas de gotitas de su añejo y querido tinto, en ninguno un carmín que le recordara cierto deseo y tampoco un número de teléfono. La noche se cerraba, la hoguera crepitaba, se quejaban las ramas,  su mirada por el intenso fuego había sido comprada, su aliento soledad respiraba…cuando de repente un dulce olor sintió que lo exhalaba.
                Se sintió su presa, se dejó, se lo llevó, aquellos papeles volaron hacia la hoguera, una hermosa hembra le decía que quería que de ella fuera, el poeta soñó, cerró sus ojos, todo desnudó, calló.
                Despacito, poquito a poquito, el primer sudor dibujó nuevos poros en su piel, ella con su boca cada uno abrió, sintió unos dedos en él respirar mientras unos cabellos lo invitaban con ella a nadar. Lo llenó de perlas, corales y madreselvas, la imaginación dio color al sueño, el silencio abrazó tiempo y no lo dejó caminar, el horizonte se acercó, el instante fue olor, gritó el mar, el primer suspiro en pegada medusa se convirtió, el roce de labios de ternura cada vientre preñó. La exhalación pintó una nota, el deseo la interpretó, la caricia con arte la tocó, la marea hirvió, una extraña sangre lo latió y en ella su cuerpo fundió. La fantasía los desbordó, el cielo se abrió, en hermosas desnudeces las musas de eros cruzaron su dimensión, erizaron sus pezones los sentidos, el momento vistió tanta pasión que cada humedad, en suave vapor voló. Penetró el cometa su Universo, diluyó ansiedad el deseo, la caricia suave apretó, el gemido impuso su grito, un delfín saltó y el abrazo eternidad respiró. Nadó el silencio en las entrañas, el músculo distendió su vigor, cantó el grillo a la distancia, se cerraron las miradas, una ternura los abrigó, la Luna ya no se atrevió a mover su mar, una brisa empapada de roció esperó su alba y el dulce amor, hecho se mostró.
               La mujer del mar, esa hermosa hembra hecha musa de la poesía que explica al poeta cómo el amor se hace de verdad, cómo el amor se ama con tan solo dar, cómo se desea, cómo se siente, cómo se escribe y cómo se lee. Mujer de suave espuma y perfecto cristal de sal, alta marea y beldad, del Universo su santo grial.




                 
                

domingo, 24 de junio de 2018

EL GRAN BRUJO NEGRO.



                Era el Gran Brujo, un hombre de alma negra y corazón seco, un ser de oscuridades y tinieblas, un ente perverso que vivía en silencio a todos ajeno. Era un druida con canas hechas de grises ceras, pupilas de cebra y labios afilados que olían a podridas cerezas. Sentado, con los pies hundidos en lodo y harapos embarrados de quien sabe que extraños fangos, con los dedos entrelazados de mugre y sarna de años, le rezaba al infierno porque quería dejar de ser brujo y convertirse en un Gran Mago. Se abrió la tierra y un intenso olor azufrado lo mareó, apoyado con su bastón se levantó, sintió exceso de calor y en su frente vio como Satanás se mostró. Con él negoció, su alma le vendió, vomitó su negra sangre y una nueva, teñida de rojo granate,  el diablo le dio. Miró al cielo y al Creador retó, juró y perjuró que él de vida sería el gran dador, en su gran capa se escondió y hacia su cueva caminó.
              De noche y durante meses en el hospital del pueblo vivió, cada nuevo cordón umbilical nacido robó y en macetas los sembró. Creó su pócima, mandrágoras, tréboles y salivas de venenosas serpientes, savia de viejos claveles, ámbares de grandes robles y hojas trituradas de nenúfares, polen de lirios y podridos musgos de inertes ríos. De cada maceta creció un niño, un ente malvado, una carroña hecha vida, piel con escamas, ojos de reptil, pies de tritón y manos con dos dedos, que eran tenaza para sus presas. Llegaron a la mayoría de edad y aquel pueblo en un nuevo infierno se convirtió, aquel brujo no envejecía pues al diablo su alma vendió, fue tanta la perversidad, que aquel pueblo desapareció y aquellos seres del inframundo, por doquier sembraron su maldad. La Tierra se convirtió en una gran sombra y se vivieron siglos y siglos de oscuridad y una gran crueldad.
              Dos ángeles afines a la divinidad reportaron al cielo tal adversidad y el Creador después de pensar a quien mandar, decidió una orden ejecutar:
              Del norte llegó el Gran Centauro, hermoso caballo blanco, cuerpo alado con barbas de hombre sabio, espada envainada y lanza calada en un puño lleno de garra. Desde la constelación Alfa Centauro viajaba por mundos y galaxias, inquisidor del mal y exterminador de falacias, del Gran Creador hijo estimado y líder de ángeles, arcángeles y serafines. A su paso todos se arrodillaban, los mares se abrían, las estrellas parpadeaban, cien Lunas lo reflejaban y el cometa más rápido, de perdidos meteoritos lo guardaba. Su misión estaba dada y uno por uno persiguió a los engendros de aquel brujo negro que se creía gran mago. Fueron siglos y siglos de una Tierra oscura, no hubo tregua, la lucha fue dura y uno por uno fueron decapitados y desmembrados, quemados y en el último planeta conocido, enterrados en cenizas que olían a cerezas podridas. Enfrentó valiente al gran brujo negro, le abrió el pecho, sacó sus vísceras y todavía con los ojos abiertos lo quemó hasta que su grito desgarró las entrañas del infierno.
             Cuentan que del averno un día salió, que al último planeta viajó, que todas las cenizas de sus engendros juntó, las sembró, con su pócima los regó y que hoy están aquí. Viven en la oscuridad para que el Gran Centauro no los pueda encontrar, se alimentan de nuestras sombras y son perversos de verdad. Vigila y huele, porque cuando una cereza podrida su fragancia te cede, es que uno de ellos te sigue y quizás de cerca te posee, porque tu alma quiere para deshacerla y venderla al infierno donde el Gran Brujo Negro te convertirá en un engendro con piel escamada y  ojos de serpiente, serás diferente, vivirás en las sombras, en la oscuridad persistente y tu aliento exhalará cerezas podridas eternamente.
             ¡Cuidado! Son muchas y muchos los que así huelen, lo notarás en sus besos, en el amanecer o quizás en un susurro… ¡Vigila! Porque no son humanos sino engendros del inframundo por el Gran Brujo Negro sembrados, LOS NOTARÁS CUANDO A PODRIDAS CEREZAS TU AIRE SABRÁ.




              

TÓCAME AQUÍ...



               Despacito caminó hacia fuera.

               Sintió como el tiempo sus manecillas afligía, que era el momento, el instante correcto, quizás la hora de decirle al destino lo que era cierto, quizás ese día en que le diría a la vida que había llegado su invierno. Sola, por nadie bendecida, abandonada a su suerte por una decisión, por una natural equivocación, por culpa de un cielo que sembró en ella un infierno lleno de sumisión. Su historia era su gran secreto, su memoria un quebrado olvido del recuerdo, su tristeza una desgarrada nostalgia que noche tras noche lloraba en su alma… su mayor ilusión, una noche que empezaba desde el profundo miedo a tejer porque había nacido hombre pero su cuerpo, olía a mujer.
             Siempre en silencio, comprando tiempo, deshebrando miedos, desafiando ajenos celos porque su belleza era de princesa, viajando lejos porque de su tierra ya nunca más era. Lloraba el recuerdo de cuando era niño y quería vestir muñecas, de cuando en el colegio le decían mariquita o en la iglesia la regañaba un cura porque su caminar era un pecado que debía siempre confesar. Nunca su corazón tuvo un latido exacto sino el sentimiento imperfecto, una dualidad siempre señalada con el más miserable de los dedos: ese que impone la sociedad cuando le teme al miedo, ese que explica profundos silencios y juzga el dolor ajeno. ¡Si! Señalada, juzgada, de su ciudad abandonada y de ajenas culturas preñada. Una vida desecha, una lucha constante contra ella y a favor de nadie, un cáliz bebido gota a gota en cada atajo de un impuesto camino, un calvario donde esa cruz tan pesada hace tiempo que dejó de ser divina para ser humana.
             Quizás convertiría esta noche en alba o sería la oscuridad la que por siempre su destino preñara. De él era sueño, el mayor deseo, ese amor que fluye poderoso y lento, esa música que compone el ansia cuando el acorde de la pasión baila, esa melodía que la boca derrama cuando el beso despierta el alma. Ella lo sabía, lo sentía, frente a él se desnudaría, lo rezaría, sus ojos despacito cerraría y con el primer susurro todo le diría o quizás antes lo pensaría, más tarde con él reflexionaría o desde un principio la vida le rompería. Se lo diría o dejaría que todo fuera melodía, no lo notaría, fue perfecta la cirugía, era mujer y como ella sentía, su identificación jamás la evidenciaría. ¿Estaba preparada para la mentira? Era mujer pero nunca madre de su propia sangre sería, era mujer, hermosa, del amor mendiga y su más silenciosa amiga, del deseo la gran fuente de sus versos y del abrazo sincero, la esencia de la ternura cuando de la Luna toma su velo y se pega desnuda.
             Despacito caminó hacia dentro, una media luz meditaba un raro incienso, olía a jazmín con gotas de madera y suaves destellos a caramelo…Ocho velas la esperaban ardientes con sus rojas ceras, treinta y tres pétalos en el camino mostraban que la noche quería ser perfecta, la cama descolgaba tersa sus algodones y sedas, dos copas reflejaban sus ansias porque de aquel añejo tinto querían estar llenas, dos manos extendidas requerían su presencia porque ya una música los envolvía lenta, suave, seductora, cariñosa, con sabor a cielo, regalo y mimosa.

-          Tócame aquí…

              Y ahí llevó sus labios. Descubrió un pequeño lunar en su cuello y otro tras la oreja. Ambos los llenó de besos y una ilusión desplegó sus alas. Ella suspiró.

-          Tócame aquí…

              Dejó que sus cabellos lo acariciaran, que aquella nariz perfecta lo respingara, que sus ojos lo miraran y despacito tocó su boca, le dibujó caricias, le pintó pecados, abrazó sus dientes, nadaron en sus mares y un deseo explotó en cada garganta.

-          Tócame aquí…

             Entre sus senos pidió el deseo que no hubiera tregua, dejó que suave resbalara un viaje soñado a través de cada poro hecho estrella, la caricia alargó sus manos, la lengua sus huellas, la mirada se perdió en el dulce ombligo de su amada y cuando ya la saliva hervía, ella abrazó su cara, del cielo tomó valentía y al viento le robó, una última palabra.

-          Mi amor, tócame aquí…

              Y entró en su alma, toda la abrió, la penetró con su vigor y toda la leyó. Ella se confesó y él siguió, sin importarle nada. El gemido fue tan intenso que el Universo entero lo lloró, cada Luna puso una lágrima, bajó Dios y por siempre todas secó.
              La historia mil veces se repitió, ni siquiera la muerte los separó. Cuentan que bajo sus tumbas a veces se dan la mano, que en el otro lado no hay pecado, no hay dedo que los señale ni juez que ose tocarlos y que cuando la tierra tiembla es que hacen el amor, ese amor dulce y apasionado, ese amor libre, abierto y soñado, ese amor que en el libro del destino, los escribió pegados.