lunes, 14 de agosto de 2017

BOHEMIA...


                Escribe el medievo entre sangres y batallas, recita el romántico juglar y arranca las hojas de un libro la gótica gárgola del miedo. Vuela tildes el trapecista, ríe el payaso una metáfora y el ilusionista saca una imaginación de la chistera del mago. Cubre la noche un pensar, lo ilumina una vela y una gota de tinto descuelga entre una copa y un labio. El sueño humea candente, la mano acaricia brazo y un dedo se pierde en su palma. La tinta no fluye, el verso esconde sus letras, la nube cambia su color y la lluvia espera.
                Llega la mudanza, descarga un piano, un violín y un viejo saxo. Se resiste la puerta, lucha el cargador, cede la pared y entra el piano. Camina el violín cargado en un extraño hombro y se abraza el saxo a su bufanda a la espera que un joven lo sople para revivir añoranzas. No hay mujer, el hombre duerme, la materia desaparece, el cielo inventa y aparece la bohemia. Media oscura y elegante, olor a ceniza y con zapatillas de guante. Ojos entornados a media asta, botones aterciopelados y brazos de humo, tierno aliento de ambiente y boca llena de conversación, charla y discusión.
                La bohemia penetra, el silencio calla al vacío y el universo imagina. Tocan la puerta y un mensaje la abre. Nadie entra. Tocan otra vez. Alguien suspira pesar y no se atreve. El piano toca un “do” y la entidad entra. Es la “ordinariez”, a su lado la “idiotez” y un poquito más atrás la “ignorancia”. Respingó la bohemia y al ser preguntadas, enseñaron su invitación firmada por la “generosidad” y el “hombre dormido”. Asintió la bohemia y los sentó encima de un rayo dormido, haciéndoles saber que cualquier gemido de su parte, sería respondido por un sublime despertar del rayo. Hecho esto, la bohemia  dispuso al piano, el violín y el saxo en la tarima de las estrellas. Contento el piano, afinó sus teclas, el violín acicaló sus cuerdas y el saxo…  El saxo a un lado haciendo gárgaras con el imaginado jugo de un limón, solo esperando a ser soplado.
              Sin tocar, penetró punzante un viento que venía del norte, un aire con colmillos de hielo  y un cielo tan gris que la tarima de estrellas oscureció su color. Se dibujó en el techo el trueno de una luna, voló la duna del desierto y se transfiguró un relámpago del Partenón.  El vaho era intenso, el ambiente excitó la bohemia, el saxo tragó humo y el violín relinchó dulce. Habló un acorde del piano, exhaló ronquez el saxo y el caramelo del ocaso, prendió su cigarrillo. Una estrella se bajó de su tarima, el meteorito recién llegado lo entendió, su mano extendió, la estrella se contorsionó y pegados empezaron un lento baile…La puerta giraba y giraba y las entidades llegaban.
             Un solsticio se enamoró de una pirámide, mientras un equinoccio buscaba algo semejante a una serpiente, una espuma buscaba su mar y solo encontró los labios de una vieja luna. Un viejo destello cojeaba y preguntaba por el baño, la “ignorancia” mostró su dedo y señaló la entrepierna de la “idiotez”. Desfiló un trueno asiático y como no sabía qué hacer, se fue. Llegó una nostalgia llena de lágrimas y se sentó a un lado del “olvido”. Primero le dio un abrazo, después le secó una lágrima y luego la empujó. En la inercia abrazó a un caballero llamado “precipicio” y junto a él se quedó.
             Y llegó el viento del sur, el calor y la música. La bohemia transformó su cara, el ambiente penetró calidez, la tarima vibró y el cielo sonrió un nuevo color. La cumbia vibró y el piano se excitó, la salsa llegó y el violín brincó cuerdas, la samba movió sus caderas y el saxo…El saxo solo bailó y bailó…Y recordó su juventud. La bohemia era fiesta, las estrellas luces, los meteoritos se transfiguraron en incandescentes colas de cometas, las lunas desnudaron sus velos y los soles reventaron sus cráteres como espinillas de cielo…Y tocaron la puerta y no giró. Tocaron otra vez y la luna más sabia la abrió. Llegó la mujer, la perfección de la creación, la ternura hecha ser, el cariño en toda su dimensión y el beso en toda su seducción. La bohemia era sublime, la mujer y el universo, la mujer y la naturaleza…La mujer y… ¿El hombre?...El hombre seguía dormido ante tanta belleza. Porque en la bohemia de la hermosura, el hombre siempre duerme, siempre espera un sueño que solo sueña y lo único que hace es  sentarse encima de un rayo y esperar junto a su ordinariez, su idiotez y su ignorancia. Hombre que naciste para amar y ser amando, revienta de una vez el cauce de tu río enseñado y fúndete en la bohemia de la hermosura porque si no, otros cielos, con tu misma entrepierna, la disfrutarán.