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lunes, 31 de julio de 2017

ARENA DE PASIÓN...


                Se reflejó el ocaso en tu cuerpo, acarició tu piel y la convirtió en espejo de mar, doró tu sudor y en cada una de tus gotas, nació un arcoíris. Susurraba atenta la mirada, codicioso de cerquita te respiraba, mientras mis labios sabían a tu sal. Esperé tu suave movimiento y robé arena bajo tu vientre. Con ella llené mis manos, cerré puños, apreté deseo y tus ojos me sonrieron. Abrí las manos y entre mis dedos escurrió tu calor, en mis palmas quedaron tatuados los cristales de tu sal y en mis yemas, vibraron los temblores de la pasión.
                Se ocultaba el Sol en una maravillosa naturaleza, el mar empujaba su marea y ya nuestros pies, vestían espuma. Las caracolas rugían ecos de lejanas olas, los pequeños cangrejos burbujeaban y los delfines  acercaban horizonte con sus saltos. La brisa avisaba romance, la palmera abrigaba sus cocos y el pelícano observaba quedito su próxima presa. El cielo se llenó de colores, azules, morados, intensos rojos y vehementes amarillos, bailaban y deshacían hilos entre los algodones de diminutas nubes.
               Enterré mi mano en la arena y dejé que despacito caminara hacia ti, en tu hombro emergió y en la caricia lo rodeó, lo mimó y al sentir tanta suavidad un escalofrío de mí se apoderó, viajó por mi brazo y se fundió como látigo en mi corazón. Sentí música y deseo, esperanza y pasión, magia y el sabor de una sal, cristalizada en tu exótica humedad. Preguntaban mis ojos, tu boca brillaba, mi mano contestaba y lamía tu espalda, se arqueaba tu cuerpo y caminaban mis dedos en tu bronceado. Abriste tu alma, suspiraste, el aire enceló su oxígeno, tu lengua abrazó despacito los labios del deseo, la osadía tomó mi mano debajo del bikini y la perdí entre tus muslos. El suspiro fue el baile de un juglar consentido, tu mirada ardía, las pieles erizaban brisa y entrelazamos salivas. Se pervirtió la succión, mi mano acariciaba y tus dedos jugaban eróticas escondidas en mi cuello, entre mis cabellos, en las ternuras de mi cara y pellizcando los vellos de mi pecho. Contorsionó la emoción, mi mano arrancó tu bikini y el ocaso brilló sedas en tu pubis, mi boca viajó, tu sudor se erizó, latió duro mi vigor y la ballena resopló cielo desde el fondo del mar. El cuerpo gimió, la marea nos abrazó, el delfín brincó tanto que el horizonte cosió de hilos dorados y la palmera bebió en ajenos cocos. Pintamos de intensos óleos aquella arena, dibujamos caricias de sal en nuestros cuerpos, la caracola expandió su eco,  el pelícano encontró su presa y el mar embraveció su espuma.

                En el abrazo nos miramos, acompañamos el ocaso y juntamos labios. La naturaleza nos envolvió en un sublime silencio. Emulsionaba aquella arena sus cristales, amanecía tímida la Luna y el olor a mar, era olor a ti. Imaginamos un sueño, juntamos nuestros índices y señalamos una pequeña nube. Creamos una fogata en nuestra playa y la llenamos de chispas, le rezamos al viento y se las llevó, se prendió la nube y soltó sus hilos de algodón. De reojo miramos nuestra Luna y le pedimos un deseo. Ella entendió, se desvistió y su velo de sedas nos regaló. El mar soltó toda su brisa y tejió una cama de sedas e hilos de algodón. Nos miramos y besamos eternidad en aquella arena de pasión.