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domingo, 23 de julio de 2017

EL MIMO DE UN MIMO...


                        Corría un día cualquiera y el que escribe, pensaba en no hacer nada. Pero claro, hacer nada es pensar y pensar es hacer algo. Entonces, decidí no ser pensamiento y pensar lo que otros piensan…Y para eso no hay mejor manera, que leer a otro u otra. Quería algo diferente, algo que me abstrayera de mi mundo y me transportara lejos de mis quejas. Me dirigí a un viejo mercadillo, de esos que casi no hay y los que hay, venden más ilusiones que libros. Pero bueno, me adentré en la tarea y busqué. Escuché consejos, vagas valoraciones y alguna que otra enseñanza de la gitana de turno al leer mi mano. Pero era yo quien buscaba leer, no que me leyeran. Dicen que el que busca encuentra y en mi afán lo logré. Era pequeño y viejito, escondido, descarapelado y poco leído. Título borrado y autor desconocido, sin prólogo ni epílogo, sin duras tapas y casi sin latido. Lo tomé, lo compré y lo abracé entre mis manos…Respiró.
                        Caminé a mi casa, me puse cómodo, les di lugar a mis gafas, me serví una copa de un añejo tinto (por desgracia, no tan viejo como aquel libro) y prendí un cigarrillo. La curiosidad de abrir un libro que crees olvidado y casi nunca leído, era suficiente como para que poseyera un par de horas de mi vida. Y dejé que así fuera.
                       Contaba una pequeña pero hermosa historia. La dirigida y destinada vida de una doncella que aún sabiéndose adinerada y casi casada con un príncipe que de azul nada tenía, nunca perdió la esperanza de encontrar un amor puro y verdadero, ese amor que la hiciera sentir y vibrar…Ese amor que la llenara de paz.  Y un día algo ocurrió, un encuentro inesperado llegó a su vida y de tal manera la marcó, que quiso escribirlo. En sus palabras lo transcribo:
                      “Corría un día cualquiera de un mes que respiraba el incipiente otoño. Las grandes ruedas del carruaje rechinaban entre perdidas calles, los caballos pedían clemencia pero mi diligente acompañante solo mis órdenes seguía. Media tarde, los mercaderes ya empacaban los sobrantes, el deshollinador miraba de reojo las sucias manos de su trabajo y una secuencia de nubes, amenazaban con tapar el ocaso de mi día. De repente un fugaz destello atrajo mi atención. ¡Deténgase! Se detuvo y suspiró un “¿Y ahora qué?”, los caballos aplaudieron, recogí mi vestido y bajé del carruaje. Era en la esquina, un enorme cristal emergía pegado a no sé qué. Flotaba sobre la acera, era grueso y solo un resquicio de Sol entre tanta nube, parecía darle poder. Me acerqué, toqué su gran solidez, su vigor, su frío y un aliento de suavidad. No había más pero la hermosura de aquel destello me estaba seduciendo. Miré, detenida lo observé y nada pasó. Me di media vuelta, los caballos cerraron los ojos y sentí algo detrás de mí, como alguien observándome. Regresé mi media vuelta y ahí estaba. Blanca cara de nieve, labios intensos y afresados, grandes ojos y pestañas cubriendo cejas. Encerado cabello y manos de blancos y negros guantes. ¡Era un Mimo! Sonrió, sonreí, me miró y lo miré. Despacito, con elegancia, puso su mano derecha en el cristal, luego la izquierda. Guante blanco, guante negro. Hice lo mismo, mano con mano. Acercó sus labios y un beso me regaló. No tocó el cristal pero se empañó y en el vahó bajó sus grandes pestañas y un corazón dibujó. Me acerqué más y mi boca se pegó al cristal. Quería sentir, necesitaba sentir. El Mimo cerró sus grandes ojos, los abrió y los cerró de nuevo. Entendí y cerré los míos, quizás así lo sentiría. La malicia entornó mis párpados y entre sombras seguía sus movimientos. Él lo sabía y actuó. Ladeó sus manos y las sentí en mi cara, recorrió mis hombros y el vestido cedió. Mis manos pegadas al cristal, mis dedos lo empapaban y no lo podía acariciar. Tocó mis pechos y ericé una dulce contorsión, inhalé ternura y suavidad, me estaba tocando y yo no podía atravesar aquel cristal. Siguió el Mimo con sus mimos, el excitante escalofrío recorría mi cuello, el mimo se detuvo, la ansiedad rasguñaba mis uñas y el Mimo mimaba la virginidad de mi vida. Abrió la boca y escuché su canción, ensanchó la orquesta sus vientos, el piano enloqueció teclas, la batería compitió con la trompeta y el violín emergió distante entre los acordes de un viejo violonchello. Cerró sus ojos y dos negras lágrimas viajaron por su blanca cara, sonrió y en las comisuras de sus labios se detuvieron. Su lengua las abrazó, las encerró en su boca, pensó, imaginó, copió aquel destello y con un enamorado beso en el cristal lo tatuó. De nuevo cerró sus ojos, el destello se hacía cada vez más intenso, entre luces se desnudó, abrió el pecho y me mostró su corazón. Sus latidos eran enormes, vigorosos y llenos de amor. El destello seguía, el cristal se agrietó, escuché la explosión de una exhalación, la fusión del trueno con el temblor de la Tierra, la eclosión del rayo en el mar y la fugacidad de mil cometas atravesando mi Luna. Gritó un gemido y vi su alma, blanca de labios rojos y pestañas gigantes, se abrió ante mí y ví un túnel hecho de cien caleidoscopios brillantes, hermosos e infinitos. El cristal se desmoronó y fui abrazada por el amor, por la eternidad y por el mimo de un Mimo. Y yo sentí.  Desde entonces cuando duermo, vibro, cuando sueño siento su abrazo y cuando vivo entiendo, que el amor es otra cosa.
             Amar no es tocar, sino sentir que te toca hasta que tu piel lo respire.
             Amar no es latir, sino dejar que tu corazón mueva su sangre.
             Amar no es tener, sino dejarte leer hasta que exprima las letras de tu alma.”