viernes, 14 de julio de 2017

EL VERSO DESAHUCIADO...


                    Un poeta dejó su verso en el fondo de una taberna, pegado a una sucia pared, encima de la barra. Desconsolado, arrastraba sus letras por la vieja madera. Hundía sus pies en el podrido aserrín y sus tildes, perdían fuerza entre tanto hollín. El humo del barato tabaco lagrimaba sus ojos, el irreverente grito lastimaba sus pequeños oídos y nadie le daba una copa que desecara sus labios. Se abrió la vieja puerta del oeste y la niebla entró. En ella creyó ver la cara de su inminente muerte pero el tabernero lo calmó y le dio tres gotas de su mejor whiskey. Lo abstracto abrió su teatro, el impresionismo gozó y aquel hombre le sirvió diálogo. El verso le contó su abandono, la dejadez de su poeta y la vergüenza que sentía en sus letras…Le contó su tristeza por no poder ser y la lenta agonía de su tinta. Miró con atención el tabernero como despacito se escurría y juntó cada una de sus gotas en el vaso más pequeño. Sonrió el verso y asintió el viejo desgarbado, le guiñó un ojo y se puso a limpiar su vieja barra.
                    Brincaba el verso entre humos y avinagrados aperitivos, brillaban sus comas, vibraban los puntos, las vocales gemían y las consonantes gritaban pero nadie lo escuchaba. El desgarbado, atendía a otros clientes, a los que si pagaban, el bullicio se hacía cada vez más intenso y apenas alcanzaron sus manitas para taparse los oídos. Sintió dolor en su cabecita y la intrínseca  definición de sus palabras, también se diluía. Y el verso se preguntaba: “¿Por qué me guiñó el ojo si ya no me atendería?¿Por qué por un momento lo sentí cómplice de mi abandono?¿Por qué? De repente de aquella añeja y podrida madera, salió una hormiga y otra y otra. Se consumó el ejército, la fila era india y más agujeros hacían. Sacaban aserrín y algunas sobras de comida pegada, patinaban en alguna gota y no paraban de orinarse, para que el olor las guiara y la fila jamás se rompiera. Enfrentó a la líder y rápido le contestó su mirada: “Nosotras solo trabajamos, a ti te escribieron para que alguien sintiera y nadie te sintió, te crearon en una emoción, en un momento de locura, pero eres pasajero y como tal, tu destino es morir” “¡Apártate, tenemos prisa, llega el húmedo trapo o el insecticida!”. El verso entendió, lloró, lanzó una humilde y triste mirada al tabernero, un ultimátum a la vida y un epílogo a su sentido.
                   Y llegó borracho el poeta. El recuerdo de su verso desahuciado, atacó de repente su vaga moral. Se acercó y el verso soltó un tímido aliento. El tabernero, absorto, observaba. El poeta descosido lloraba, lo tomó en sus dedos y susurró: “Sabía que no tenías sentido, te escribí en un sueño y jamás te pude alimentar, te creé en mi utopía y así morirás, siempre te extrañaré y en tus letras quizás un día, yo también falleceré”. Se fue el poeta y con él, la tiniebla de la taberna.
                   Corrió el hombre desgarbado, lo tomó en sus manos, le dio respiración boca a boca, le contó que en sus noches de soledad, también escribía, que lo llevaría a su casa y que lo reviviría. Abrió sus pequeños ojitos el verso y asintió. Su latido era tenue, pero una ilusión marcó el aire de su garganta. La taberna cerró puertas, aquel hombre cruzó sus llaves en la cerradura y caminó hacía su casa, con el verso en el bolsillo de aquella extraña camisa. Llegó, se puso cómodo, abrió el botiquín y arrancó de una bolsa, unos suaves algodones. Ahí recostó al verso, prendió tres velas y se sirvió una copa de un viejo y añejo tinto. Las gotas descolgaban por las paredes de aquel empañado cristal y el desgarbado, las tomaba con su dedo y al verso se las daba. La emoción era mutua, el tabernero lo sentía revivir y al verso, le gustaba aquel tinto. Los ojitos se abrieron, él observada quedito, ya respiraba intenso, él observaba impaciente, ya latía sangre, el observaba prisa…Y habló: “Hazme un favor, solo escríbete, porque ahora eres mío y te quiero tener”. El verso se levantó, con un pedacito de algodón limpió sus lágrimas, ordenó sus letras, sus comas y sus puntos. Puso cada tilde en su lugar, gimió y se escribió: “ El amor no es un sueño, el sueño es poderlo abrazar cuando llega. El amor no es una utopía, la utopía jamás será vivida. El amor es un fin, no un medio. El amor es obra del Creador y en él, nos realizamos…El amor ya está creado para ti, no lo inventes”.
                  Y aquel hombre, tabernero desgarbado y de buenos sentimientos, se enamoró de aquel verso. Lo estampó en todas sus paredes, en su mesa, en sus sábanas y debajo de la cama. Cuando terminó lo acogió de nuevo en sus manos y dado el permiso, lo escribió en su alma. A partir de entonces su vida cambió y se enamoró. Primero del Sol, de la Tierra y de su Luna, después del rocío, del viento y de cada pájaro…Y después, de la que ahora es su pareja, un ser que siempre estuvo ahí y jamás supo abrazar, un ser que por siempre  en él vivirá, que definirá su destino y que ya no tendrá por qué inventarla, pues para él fue creada.