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martes, 12 de junio de 2018

EL MENSAJE.



           Piensa la idea que el mensaje pesa, la palabra carga sus letras y la tilde suda esa tinta que por ajena, viste discreta. La carta se arruga porque el sentimiento la llena, tiembla el papel y escurren locas dos comas, se cierra el sobre para que nada escape, el buzón es demasiado grande, el destino incierto, entre diez manos desliza su estampa y por fin un cartero, en su morral la guarda.
           Fue una emoción quien aquel mensaje escribió, nadie lo meditó, solo fluyó y rápido se deshizo en el primer papel que encontró. Una emoción hecha de ilusión, de atrevido sueño, con sabor a una rara sensación, llena de color, de dentro, desde lo más profundo del corazón. Aquellos dedos lo sabían y decidieron seguirla, darle forma en tinta, de poesía vestirla y de tanto en tanto darle un toque de maquillaje, para que no se viera tan atrevida. Se escribía y de aquellos ojos no se perdía, a veces un beso de aquellos labios salía y veía como la rima, cada vez más,  a su alma olía. Y aquella emoción fue escrita, tal cual, perfecta y bien parida. Era como la sentía, ni más ni menos, esencia de melodía, caudal de un sentimiento que de las entrañas partía, clave de un mensaje lleno de amor y poesía.
            Le pregunta el cartero a la calle y no hay portal que aquel escrito número reclame. Una vecina se muestra sorprendida al sostener la carta, es muy pesada pero delgada y le comenta el cartero que quien la escribió puso en ella todo su amor o quizás trae tintas extrañas. La dirección no existe y jamás existió, no hay nombre pero al mirarla sabe que la debe entregar, está seguro que alguien la debe esperar y que jamás en su vida dejó una carta por entregar y no sería esta la primera, que pusiera en duda su trabajar. Volteó la carta, miró el remitente y sorprendido leyó: “emoción”. Se puso a pensar, sentó su cansancio en un banco del parque y con la carta en sus manos perdió la mirada, rogó al cielo un destinatario, la carta vibró y un raro letargo lo durmió. El sueño lo abrazó, entre luces corrió como película toda la galaxia, atravesó túneles, se vio dormido entre rosas y margaritas, un color lo abrazaba, otro lo sacudía, el más pálido lo llenaba de caricias y cuando sintió que un rojo lo desvestía, vio a una mujer que de la Luna salía: anciana, hermosa, bellísima, canas derrochando plata, arrugas de vida que solo sonreían, lo miró con extrema dulzura, la miro como niño y la escuchó: “Soy la madre de la Luna y esta carta es mía, esa emoción me pertenece porque de mi es la preferida…la Emoción es hermana de la Luna y de mi, la más pequeña de mis hijas. Fue un verdadero placer parirla y dejar que por cada ser fuera sentida, un orgullo ser su madre y abuela de su hija, la poesía”.
           Con gran sobresalto se despertó aquel cartero, la carta en sus manos estaba abierta, ya no pesaba y un papel asomaba. Lo tomó el cartero, lo leyó y desde entonces su vida cambió:
           “Soy mujer, la primera que hice el amor y el Universo en mí siete semillas sembró, una por una las parí sin dolor: El horizonte, el ocaso, la noche, la Luna, la osa mayor, el rocío y la emoción. ¡Si! El Amor me hizo el amor y de cada gemido uno de ellos nació, en cada suspiro el sentimiento los vistió y en cada grito, un nuevo viento,  de poderosas alas los llenó. Cuando estés solo, siéntate y al horizonte mira de frente, llénate de su ocaso, abraza la noche, deja que la Luna te refleje, mira la más brillante estrella, empápate de rocío y la emoción poseerá por siempre tu alma, escribirás poesía… y sentirás diferente.”
           Y desde entonces, aquel cartero cada vez que se siente solo y vacío, se sienta, ve al horizonte y lo mira de frente. Ya no carga cartas en su morral, ahora solo escribe poesía y se siente diferente.