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lunes, 4 de junio de 2018

PODER.



              Es un día cualquiera, como hoy, ayer, o quizás como no lo será mañana. El pensamiento aturde, una decisión cose mis entrañas, el futuro es incierto, vago entre mundos, ya casi el avión despega y espero que entre ajenas montañas no se desvanezca. Me siento en un café, tengo hambre, me atiende una chinita (bendita globalización) y pido un suculento bocadillo de jamón acompañado de una cerveza fría. Hace calor en Barcelona, la calle muestra el vacío de su hora, las tres de la tarde es hora de comida y siesta, hasta los coches caminan despacio, los perros duermen sombras y mi chinita sonríe porque casi no me entiende, soy su único cliente y no le queda otra. Llega rápido mi pedido, una suculenta e ibérica loncha de jamón descansa entre  el embarrado tomate y el oro líquido de unas olivas que le dan un sublime sentido a su pan. La cerveza es perfecta, resbala su espuma entre el frío y un hielo que hasta la copa estremece, el silencio mece, nadie mira y la primera mordida es consentida y querida por un estómago que ya la merecía: la papila abraza el bocado, la saliva lo acaricia, la garganta lo engulle y el ego muestra su orgullo, nadie envidia, nadie sabe y este hombre tranquilo, come, bebe y su deseo satisface. Las manecillas toman su cauce, el sabor le dice al tiempo que pare, la mirada se pierde suculenta en el embarrado y rojo tomate, no huele el aire y de repente… ¡cambia el paisaje!...y  explico lo que a partir de ahí recuerdo…
               La ilusión se mostró en una canción que entre auriculares bailaba sin ser escuchada, era un humano desparpajado que no le temía a nada, no estaba tatuado pero su cuerpo se mostraba bien etiquetado. Estaba lleno de hojas pegadas, quizás del árbol que se las quitó por ser demasiado anciano o las robó del suelo, de un último otoño que generoso las esparció para que cayeran en sus manos. Como fuera, en cada hoja había una palabra: “baila” y aquel hombre consiguió que fuera baile y baile y todo el baile del Universo creado. Me levanté y de frente le pregunté, entre movimientos expresaba su indiferencia, me acerqué, no lo asusté, el baile era su embriaguez, la Tierra su pista y en el aire dibujaba todo el poder de su fe. Me acerqué más y sentí una actitud voraz, una postura capaz, toqué su sueño y mi dedo tuve que retirar, lo miré fijo y entendí que si él lo había conseguido, yo también me tenía que etiquetar, que aunque fueran destinos distintos, también el Universo a los dos, nos los tenía que dar.
              Con denostado frenesí se quitó los auriculares, el Universo dejó de bailar y en un abrazo de hombros me sentó y se quiso explicar: “Amigo, no sé donde quieres llegar pero si quieres lo harás, ¡mírame! No era nada y ahora soy baile, si quisiera ser Rey lo sería en cualquier parte y si mañana me despierto con ganas de ser cielo, el Universo me llenará de nubes y en ellas dormiré mi aliento. Sé lo que quieras ser, etiquétate, deja que el Universo te lea y entonces serás. ¡Mira! La naturaleza te habla…y puso sus manos sobre mis ojos, escuché por todos lados, aprendí por doquier, las emociones me desbordaban y cada sentimiento en el aire se pintaba. Y me dijo que sintiera, que me atreviera, que conociera y que viera…
             Del gran bosque fui parte, agarré una hoja, “pétalo” escribí como palabra, la pegué a mi cuerpo y de repente de la nada, cien rosas enredaron mi alma, sin espinas, con sublimes fragancias, una por una me pedían que las cobijara, que las tapara, que las acariciara y que dejara que el rocío a través de mi las alimentara. Por una vez me sentí necesario y agotado, ilusionado y por el sueño cautivado. Levanté otra hoja, inventé una palabra, dibuje en letras “poder” y en el gran trance del Universo entré: le decía el hongo a su musgo que no podía salir, que había mucha humedad, que la oscuridad era demasiada y una profunda podredumbre lo abrazaba. Me sentí Sol, me sentí fuerte y de mi dentro un fuego nació. Era tan potente que nada saciaba, todo irradiaba, el reflejo cegaba y aquel musgo poco a poco secaba su arrogancia, rompía su membrana, se desgarraba y con total asombro, como niño que sale del agua, aquel hongo de entre el musgo seco salió, orgulloso mostró sombrero y con suma elegancia saludó su alba. A lo lejos un delfín me saludó, no tenía mar y entre dunas tenía que nadar. Enfoqué mi poder, deseé ser mar, sentí que era mar, tenía la emoción del mar, su  sal, su bravura, sus olas y su inmensidad. Todo me desparramé, aquel bosque de mar llené, al delfín me abracé y en el sueño con él salté y salté…y salté, hasta la embriaguez.
            De mi letargo desperté, aquel desparpajado seguía su baile, mi bocadillo viajaba por la boca de un cristiano que no había pagado, la cerveza su frío había olvidado, sorprendida me miraba aquella calle y yo, por fin había comprendido en mi trance aquel legado: “sé lo que quieres ser, ten lo que quieras tener porque el poder está en tus manos, el Universo te debe leer, etiquétate, pega la palabra a tu ser y poco a poco verás florecer, ese poder infinito que hay en ti”.
            Desea, enfoca, siente, emociónate y consigue.