martes, 14 de febrero de 2017

EL TREN DE LOS DESEOS.


             Si mis deseos viajaran en un tren, no se pararían en cada estación. Dejaría que se alimentaran de los más hermosos y bellos paisajes, que se adueñaran de diversos soles y que bebieran los reflejos de cien lunas. Primero dejaría que fueran, que nacieran en mi corazón y se educaran en mi alma, que aprendieran lecciones en la experiencia y que abandonaran miedos en la libertad. Los sentiría en propia carne para ver si son reales, para examinar si ya crecieron, para ser compartidos y para sentirlos exigir, para que no mueran solos.
              Los cargaría en mi mochila, no sin antes obligarlos a comprar su billete de viaje. Estaría atento cuando el irreverente revisor del tren, marcara sus billetes y revisaría sus pertenencias para saber cuando se les terminaría el agua, la comida y las ganas de ser. Hecho esto, les enseñaría a escribir su diario, ese pequeño libro donde recordarían sus humedades, sus caricias y sus momentos de pasión.
             El viaje es muy largo y la vida de los deseos puede ser corta. Por lo tanto, exigiría al tren, una cama a mi lado para que mis deseos pudieran hacer el amor y asegurar descendencia. Podrían copular dos veces al día, cuando vaya al vagón restaurante al mediodía o cuando duerma a medianoche, pero en silencio, pues normalmente mi sueño no es muy profundo y de tanto en tanto me levanto a escribir, con lo cual sería una situación desagradable. No soy un buen voyerista.
            Impondría mis condiciones: Yo decido en que estación me bajo y en cual no. Aunque estén excitados, yo decido cuando tener pasión y cuando es sabia decisión retirarse a tiempo. Si los someten a chantaje, no me metan, arréglense solos, que para eso los cargo. Si de repente son enfriados sin explicación alguna, solo guarden energías para la próxima estación y si sienten competencia, nos reuniremos en junta de estado mayor y veremos si vale la pena el desgaste que eso implica.
            El orgullo es cosa mía, no se metan si no quieren salir lastimados. La envidia siempre los rondará porque son parte de mí. Si juego, jueguen. Si lloro, esperen. Si río, pregunten, no se precipiten. Si dudo…!Quietos!... Y si estoy serio…!Duérmanse!

           Y llegó el tren a su estación, a esa estación en la que uno espera todo y nada se da, a esa estación a la que te bajas lleno y subes otra vez al tren con el alma vacía, el corazón dañado  pero con los deseos bien aprendidos.