sábado, 11 de febrero de 2017

UN NUEVO CIELO.


              Llora el suicidio su razón, sonríe el cobarde porque vive… Y tiembla la soga, porque fue incapaz de anudar una muerte. Enredan telarañas el nacimiento de un sentimiento, se ahoga el aliento  y desaparece la ilusión. Duerme el sueño, sufren los ríos porque no llegan al mar, extraños soles desvanecen lunas y las estrellas ya no brillan, solo están. El reto se lanza al cielo y éste lo acepta. Se atreve a entrar en el bosque de las hiedras, osa la imaginación y pervierte razón, surge el grito y muere el suspiro, el aire es exhalación y el musgo borra huellas, la senda cubre viejos fangos y su angostura la pintan secas rosas y amargas espinas…Y comprendió el cielo que había entrado el laberinto de la vida, que su azul ya no era azul, que su color era carne, que su corazón solo a veces latía y que la pureza de su alma ya no era tal. Que su piel sentía, que el escalofrío provocaba temblor en sus nubes y que los rayos de su Sol, cegaban ojos y quemaban pestañas.
              Entró al laberinto por la única puerta que era la vida y consciente de que la única salida era  la muerte, cargó el bagaje de su Universo y se atrevió. Saludó a sus cuidadores, centauros y minotauros. Sonrió a los pequeños seres, se divirtió con los gnomos y dejó que las hadas volaran en él. Empapó su manto con rocíos, abrazó puños de tierra y sintió mucha vida, comió nieve y vió como su esencia era derramada por la montaña, bebió agua de río y sintió la sal en que se convertiría, nadó mar y en su espejo recordó su reflejo.
             Cansado se recostó y durmió, esperando que el amanecer sin él, pudiera existir.
             Juntó el viento a cien miel estrellas y dejó que cien mil cometas les hicieran el amor. Convirtió cada caricia en oxígeno, cada poesía en ternura y cada gemido en una gota de profundo azul…Y así amaneció un cielo, un cielo hermoso, vigoroso, limpio y más azul que nunca.
            Despertó nuestro cielo y vio como otro cielo vivía. Llegó la incomprensión y el coraje, sintió que tenía orgullo y lo envolvió la envidia. No comprendía, pero era humano. No entendía pero la razón le exigía espacio, no asimilaba tanta belleza sin él, pero la abrazaba, no toleraba pero lo admitía. Le explicó el viento el milagro, y  escribió en su sensible piel para que no lo olvidara, que fue una magia aprendida de algunos humanos, de esos humanos que cuando hacen el amor, se acarician, convierten palabras en ternuras, deseos en gemidos y tienen el poder de convertir su pasión en un nuevo cielo.
           Y nuestro cielo, como nosotros, llegó al final del laberinto, murió y renació como el mejor cielo del Universo creado. Y aún hoy es caricia en el amor, ternura en la poesía y un dulce gemido que abriga deseos y desata pasiones.