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sábado, 1 de julio de 2017

RAÍCES DE LIBERTAD.


                 Acaricié un viento, ese viento que de mi montaña venía. Tomé un sorbo y cuando llegó a la garganta, vibró mi alma. Caí de bruces y besé mi tierra, de ella me envolví, en ella embriagué  lágrimas y en ella copulé, con toda la intensidad de una vida. Desahogué temores y comí arena, desnudé mis pies y alargué mis brazos, besé su manto y en ella fundí, la primera capa de mi piel. Entré a su selva y en su natural laberinto me enamoré, caminé por sus hojas y volé cada árbol, poseí mandrágoras en sus vientres, lodos en sus sienes y cascadas con mis espumas. Robé un pedazo de su sonido y le enseñé a mi corazón a latir en silencio, miré profundo el enmarañado de tanta vida y enseñé a mis ojos que hay cien mil colores, abrí mi boca y dejé que la eyaculación de sus flores permeara mi saliva, desperté mis oídos y le pedí  al cerebro procesar tanta hermosura. Y llegué al mar de mis ancestros, al mar razón de nostalgia, al viejo mar que disimula  arrugas entre las olas de su Luna, al mar de mis raíces. Despacito, lamió mis pies, quedito rugió un ansia, y suave, abrigó mi amanecer. La contorsión era maravillosa, la tierra, el mar y yo. La sensualidad empapaba y el vértigo, temblaba cielo. Nació música en la playa y esperanza en mi alma, el eco se tornó infinito, el beso un gemido y la brisa, agua de labios.
                 Y en el éxtasis, llegó la enseñanza del cuento: “Una vez, un niño recorrió nuestro mundo, nadó en cada uno de sus mares y en cada bravura, recogió un grano de sal. Caminó mil paisajes y de cada río recogió una piedra redonda. Voló a cien universos y de cada uno de ellos recogió su distancia. Recorrió cien mil pueblos y de cada uno recogió sus ansias. Ya cuando iba a morir se acercó a su mar y entre sus olas, un delfín se le acercó, le habló, confió en él y su legado le dio. Partió el delfín aguas adentro y a medio camino, brincó, jurando su entendimiento con aquel niño”.
                 El tiempo detuvo su reloj, la distancia evidenció su cobardía y el velo del pensamiento, cerró entre mis puños la elegancia de tanta sal. Palideció el Sol, pues anquilosado en su horizonte no daba crédito a tanto amor y poco a poco se volvió a esconder. Tampoco la Luna se atrevía a emerger y el cielo no sabía qué color tener. Y fue entonces que sonaron por doquier los tambores de nuestros pueblos, el indio danzaba y enterraba su hacha, mordía el esquimal su anzuelo y en sus fríos, sentía fuego, explicaba el sabio a su tribu extrañas visitas en viejos tiempos, caminaba el Chino su gran muralla y los adictos al amor, meditaban una caricia qué inventar. Lloraban los pueblos sus inquisiciones y reían los sentimientos el poder de una libertad, que poco a poco enchinaba piel de cualquier color, que daba razón a cualquier sexo y que a su paso, despedazaba pecados, religiones y dictatoriales gobiernos. Era un amanecer precavido, cuestionado en sí e inquieto por no saber si de verdad era.
                Caminé despacito y poco a poco recordé de donde venía. Calcé mis pies y de reojo vi como el mar pensaba con la tierra y ella, se dejaba pensar por el mar. Me escondí entre los primeros arbustos de aquella hermosa selva. Miré, emocioné lágrimas, sorbí aquella sal y de mi tierra y de mi mar, me volví a enamorar.
               De los cinco continentes, llegaron mil poetas. De siete mundos, mil sabios. De once cielos,  mil ángeles y de cien universos, un millón de estrellas. Yo solo miraba. Los sabios vestían elegantes barbas no todas blancas, las estrellas resplandecían nuevas sedas y los poetas destilaban gustos y sabores, algunos de corbata y costosas tintas, otros de sandalias y algodonadas transparencias,  con lápiz escaso de punta y cuaderno bajo el brazo y los más viejos llegaron desnudos porque solo escribían con el alma…Los ángeles, solo perfectas y tersas alas.
              Giraron sus instrucciones la tierra y el mar. Les pidieron consenso, les explicaron unión, solidaridad y verdad. Les pidieron pensar y escribir solo una palabra, esa palabra fundamento de la existencia, esa palabra que por sí sola respira…Esa palabra que por común acuerdo explicara todo, esa palabra que uniera. Los dejaron a su libre albedrío. Tendieron exquisitas mesas, prendieron mil ceras y sirvieron añejados tintos para que descolgaran sus gotas en cada una de las copas. Y empezó el aquelarre Universal.
              Intentó brillar el Sol y el primer ángel le dio un alazo, un sabio le pidió paciencia, el poeta elegante solo miró para otro lado,  lo ignoró y la estrella más lejana, opacó con su primer destello sus ansias. El cielo preguntó y nadie le dio un color. ¿Y la Luna? La Luna dormía pues en su sabiduría, confiaba en su madre Tierra y en su hijo adoptivo, el mar. Y todos hablaron, discutieron, murmuraron, susurraron y pensaron. El sabio recriminaba al poeta su falta de verdad y el poeta al sabio su falta de sentimientos, las estrellas recriminaban su trabajo a los ángeles y éstos les  reprochaban sus desiguales destellos. Ya el arrepentimiento del mar y la tierra por convocar aquella aquelarre de palabras estaba por llegar, cuando de repente un delfín brincó del agua y empapado de sal, salpicó a todos los presentes. Vomitó un legado, una promesa y un compromiso. El delfín cumplió y se fue. El legado fue entendido por todos, la promesa que aquel delfín había hecho al niño estaba cumplida y el compromiso ahora vivía en todos ellos. Un niño junto la sal de los mares,  las piedras redondas de los ríos, juntó distancias y las ansias de cien mil pueblos…Y todos supieron qué palabra escribir: “Libertad”.
              Una palabra fácil de pronunciar y difícil de alcanzar, fácil de escribir y difícil de conseguir…Fácil de soñar y difícil de abrazar.
              Quiero dedicar este escrito a todos los pueblos que aman la libertad, a esos pueblos que cada día luchan por ella y a los que, en los versos de sus poetas,  escuchan el crujido de su Tierra derramando sangre por conseguirla. La Libertad no tiene dudas y sus Raíces no se tocan.  Los admiro y con ustedes estoy, siempre.