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sábado, 5 de mayo de 2018

¡MAMÁ!



             Estabas relajada, parecías cansada, pero solo esperabas sentirte deseada. Absorbías del mar su calma, el viento desnuda te acariciaba y una dulce brisa mecía despacito aquella hamaca. De pronto una melodía cruzó tu mirada, un olor extraño le cambió al día su fragancia, el pincel esbozó el primer sorbo de una anhelada velada y aquella mano a tu sudor pegada, te dijo ven, porque hoy serás amada. Despacito, poquito a poquito, dejaste que aquel hombre de tierna estampa, tus pies besara. Entre tus dedos, sus labios, tu planta recorriendo las líneas de sus manos, tu piel entre sus ojos y un pequeño temblor en su mejilla viajando.
            No se atrevía el grillo pues aún el cielo no pintaba su ocaso, la ola esperaba su marea alta y el atrevido cangrejo para atrás caminaba en tu playa. De arena y sudor tu espalda se rebozaba, el aliento respiraba lento, el suspiro esperaba, la pureza de aquel amor por tus piernas se expresaba y tus brazos, ya su cabeza abrazaban. Lo sentiste latir, la imaginación no exageraba, su lengua trotaba y sus labios pellizcaban. Entre dientes una emoción salivaba, el deseo crecía, la pasión su irreverencia encendía, tu cuerpo más quería y aquella ola en su marea, ya rugía. Encendió el cielo sus estrellas y desnudó la Luna su belleza, una media sonrisa se abrazó al silencio y las miradas se detuvieron en el tiempo. La carne se fundió a la naturaleza, bailaron en exótica cadencia, la contorsión arqueó cada poro en aquella arena, explicó una lágrima el clímax de la conciencia y el sudor, su contenida impaciencia. Gritó dulce un eco en las sienes y corrió el beso ahogado en mieles. Desgarró el gemido las ubres del viento, los mares se abrieron, la montaña absorbió el silencio, y entre la lava de un pequeño universo, viajó una semilla, atrapada entre dos alientos.
              Era suya y la hiciste tuya, la abrazaste toda y la pegaste a tu vientre, abrigaste sus miedos y le dijiste que en ti estaría por siempre. Te miró el hombre y en tu beso supo que aquella semilla era su destino, que traía sus genes, que en amor germinaría, que jamás sería olvido ni tendría frío en su camino. Cerraste los ojos, te miraste dentro, te sentiste madre, mujer y un pedazo de cielo porque en ti, un angelito estaba creciendo. Te diste toda, sin condiciones, sin mirar la hora, le regalaste tus latidos y te respiró, lo envolviste con tu alma y a ella se aferró, por tu piel sudó, en tus lágrimas el mundo vivió, de cada sonrisa un sueño en él creció y por cada caricia, una patadita de su amor te dio.
              El día llegó, el milagro sucedió y el dolor, sólo se explicó. Un sentido diferente amarraba tu vida, nacía un ser que ya conocías suficiente, la duda vagaba en tu mente y le pedías silencio a cualquier atisbo de muerte. Las personas iban y venían, batas blancas con desparpajo te veían, el corazón de prisa latía y tu respiración tomaba un escrito que no leías. Intensa querías cuando ya de tu vientre salía, debías ser valiente para darle vida, sufrir lo indecente y amarlo con suma osadía. Tu cadera se abría, el espasmo sufría, la contracción mostraba alevosía y las miradas, ya no consentías. Las humedades se perdían, la sangre corría, nada oías y un extraño olor te decía que el milagro ya vivía. Cerraste tus pestañas, apretaste la quijada, tomaste el último aire, los puños se encogieron, se erizó tu espalda, exhalaste convencida y en ese último aliento, una luz fue parida.
               Mujer y madre, que no te pregunten de que está hecha tu sangre, que jamás intenten un dolor explicarte y no dejes que nunca osen con un dedo señalarte. No permitas que de amor te enseñen ni que los sacrificios te reten porque el milagro eres tú, la razón que da vida y el único ser capaz de germinar del hombre, su semilla. Ser mujer es un arte, ser madre es expresarlo, interpretarlo y dotarlo de toda la pureza en su significado. Que no te cuenten que al verte lloró porque tú sabes que no fue así, solo de frente te miró, el amor los llenó y cuando el abrazo por fin los tocó, su alma gritó: ¡Mamá!