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viernes, 4 de mayo de 2018

SERES DIMINUTOS



                         Siento que ahí están, son pequeños, diminutos, tienen celos y quizás otros anhelos. Son seres pequeños, parte del cielo, vestidos de musgo y otros universos, traviesos, perversos y de rojos ojos que siempre te miran atentos. ¡No los ves! Es que son tantos, algunos entre tus dedos, otros enredados en tus vellos y los más pequeños rizando tus cabellos. Unos fuman, otros solo beben aguardiente y los demás nadan en aguas de otras fuentes. Son mágicos y si no los entiendes, quizás tu vida sea apática, aburrida y demasiado silente. Míralos, son como mascotas irreverentes, brincan, saltan y aún en la nostalgia, te retan y hacen que la sientas  diferente. Algunos viven de manera decente y otros caminan por tu cama mientras duermes, esconden sus intereses entre las sábanas y aunque no los veas, en tus sueños siempre aparecen.”
                           Mis hijas no entendían, mis yernos huían al escuchar tan oscuro suegro  y mis nietos, con los ojos bien abiertos, asentían que querían oír tal cuento.
                            Y les conté este cuento, el cuento de los seres diminutos que viven en donde quieren, en la sala, en el comedor, en la nevera o a un lado de la estufa en primavera. Son poderosos y en la enseñanza basan su estrategia, son listos, de alma regia y mirada traviesa, les gusta el chocolate pero no los caramelos de menta y les dije que cuando sean grandes, los podrán amar como a cualquiera: al pequeño gnomo del gran hongo, a una belleza del desierto o una campanita de la más lejana pradera, una pequeñita de rojos cabellos o una grandota hecha de pecas y deseos perversos, quizás una mujer leyenda vestida de hada, una sutil ninfa que nada en una lágrima o quizás una chispa nacida en aquella fogata, donde un elfo se bañaba. Y de ojos se llenaron mis nietos, de sonrisas sus bocas, de salivas sus dientes y sus caritas, de una emoción diferente. Frida me preguntó por el esquimal del hielo, Lucía por el payaso eterno, Julia quería saber cuál era el más travieso y Gerard, si le presentaba a las hijas de mis musas, las que no fueran del averno, las más bonitas del cielo y una que fuera suave como duna. Asentí, junto a una gran fogata empecé a escribir, en sus ojitos vi y mis labios empezaron a decir:
                           “Y era el segundo minuto del principio, el Universo estaba creado y el cielo gemía, pero aún la Tierra estaba vacía. Descansaba el gran Mago y en otras cosas pensaba, dejó su chistera a un lado y con sumo agrado dio albedrío a la varita que tanto había mimado. Ángeles, serafines y otras entidades desde lejanos mundos viajaron y la Tierra poblaron, hubo consentimiento, conquista y legado. De todo el Universo llegaron, para ellos éramos el gran laboratorio ansiado y de diferentes razas nos llenaron, pieles de colores, diferentes caracteres, distintas ilusiones, pero en el fondo, todos iguales. Nos dieron tiempo, demasiado y quizás en eso se equivocaron. Estábamos solos, nos reinventamos y jugamos a ser pequeños magos, de religiones por el miedo nos llenamos y dijimos que Dios es temor cuando es Amor, que el hambre es necesaria y que la guerra no debe ser explicada, que el sentimiento es para oprimidos y el dinero un legado divino… ¡Tantas veces nos hemos equivocado!, tantas que han tenido que regresar y decirnos ¡por aquí no!, es por allá, ¡por favor!(pero no hay más sordo que el que no quiere escuchar) Y siguen y dicen entre sus allegados, ¡es que no entienden!, ¡joder!, ¡vaya raza!, ¿tanto nos equivocamos? Pero en este laboratorio seguimos dando resultados, algunos buenos, otros no tanto y los más, entre dudas nadando. Nos creyeron perfectos, que el Mago no se había equivocado y cuando su tiempo casi había terminado por fin entendieron que nos habían sobreestimado, que no podíamos solos, que les faltó darnos un poquito más de su legado, que nuestro cuerpo evolucionaba mucho más rápido que nuestro cerebro y que por eso el aprendizaje era tan lento, que nuestra armonía respiraba otra música y que el aliento del Universo era demasiado, para nuestro entendimiento. Y fue entonces que de seres pequeños nos llenaron, diminutos seres que para quedarse llegaron. Nacidos en otros  Universos, pestañean polvo de estrellas, irradian pequeñitos destellos y a veces pintan  traviesas sombras cuando hay silencio, unos huelen a viento y otros a húmeda mazmorra, no todos son visibles pero siempre los notas y cuando el hombre duerme, arreglan todo, para que mañana no haya zozobra.
                            -¡Oye abuelo! ¿Tú los has visto?
                            “El otro día, mientras un bocadillo intentaba hacer, los vi entre el chocolate crecer. A ninguno en mi pan embarré pues con cuidado los aparté. Les expliqué que quería comer, que por favor a un lado se hicieran porque en el cuchillo podían perecer. No se inmutaron porque según me explicaron de la estrella de mar sus genes copiaron y me dijeron que de ellos me podían contagiar. Les pedí que lo hicieran pero que dejaran mi cuerpo en paz, que eran mis sentimientos a los que necesitaban contagiar y que en la batalla no dejaran detalles al azar. ¡Ok! Dijo el más grande y se pudieron manos a la obra. Con denostado ceño se pusieron a trabajar, como cualquier borracho en cualquier bar o cualquier cura en su altar  y yo con tranquilidad me dediqué a mi hambre saciar.
                           De repente sentí raro, como si alguien, algo en mi estuviera fabricando, como si alguna cosa creciera donde no debiera y como si lo que yo creía que tenía que cambiar no cambiara y todo lo demás se transformara. No sé si me explico pero tampoco me importa porque según dijeron nadie me creería aunque lo disfrazara de otra cosa. Lo importante es que empezó a crecer lo que no era debido porque ya estaba crecido (que no piensen mal los indebidos), crecía en su interior la inteligencia y me preguntaban si no pensaba más y yo les dije que por favor, ya no más, porque la imaginación me traspasaba y no la podía controlar. Fue entonces que llegaron al corazón y ahí se toparon con mi razón, me dijeron que la pondrían en otro lugar para que realmente pudiera amar, me dejé, la experiencia fue locuaz, de repente me abrazó un antifaz, la ucraniana de ojos azules me dijo lo que tanto me quería amar y una rusa venida del hielo, me cubrió de un fuego que no puedo explicar. ¿Me abrazó el amor de verdad? Porque diferente sentí, no había razón en mi corazón y en mi cuerpo habitaba una extraña libertad. Volvieron a mi cabeza, entraron sin piedad y entre mis sienes se pusieron a cantar. Sentí la memoria volar y encima de la mesa la desparramaron con inusitada intensidad. Con bisturí en mano empezaron a cortar, primero los miedos, después vestigios de infierno, de la derecha sacaron un pedacito de cerebro y dijeron que era la experiencia: la limaron, limpiaron y más le pusieron, hasta que quedó aprendida y completa. De la izquierda dos venitas arrancaron, la primera era el rio de todo lo leído y una enciclopedia le agregaron, de la segunda todo sacaron y seca la dejaron, pues estaba llena de rencores, remordimientos y malos sabores, falsas enseñanzas y odios pegados que diluían mi vida con suma alevosía. Me dijeron que de nada servía y de cuajo la arrancaron para que nunca se volviera a llenar de basuras, engaños o recuerdos que ni el tiempo ha llorado. Y ya cuando terminaban algo entre ceja y ceja me pusieron, que ahora los veo por todos lados, son tantos que sin darnos cuenta los pisamos, son tantos que cuando respiramos por nuestro cuerpo escriben su legado y son tantos que en el aliento exhalado, lo que en nosotros han aprendido, lo enseñan al primer humano que atrevido, los osa respirar en un catarro o en un simple resfriado. Ya cansado les pedí que me dejaran un tanto, que me quería sentir relajado después de aquel sufrido encanto y fue entonces que me sentí tan acariciado y tan amado que la Luna vino corriendo a sentarse a mi lado: de repente sentí que en mi pecho bailaban unos pequeños duendes, pelirrojos, de nariz respingada y barba bien cortada, corrían hasta mi ombligo, en él se desnudaban y desde ahí me cantaban. Aparecieron entre mis manos dos más pequeños de largos brazos y pies grandes, vestidos de verde y me recitaron una poesía llena de sarcasmo. Y yo reía, mi espalda lloraba de cansada que la tenía y un cúmulo de pequeñas hadas por mis vértebras caminaba.  Desde la fogata dos elfos miraban, un solitario gnomo me decía que me prestaba su hongo para terminar esta página alucinada y desde el tejado, una vieja estrella encantada, se relajaba y reía por tanta fantasía.
                     Y desde aquel día, vuestro abuelo es diferente, más irreverente, menos cansado y un poquito más insolente, un poco más poeta y menos creyente en la gente, más osado y menos escuchado, más silente y mucho menos obediente. Antes de dormir sacudo sábanas pues su compañía no es necesaria, en el sueño mi memoria los extraña y es ahí cuando mi alma les habla, el corazón les pide vida y mi cuerpo la energía por ellos prometida. Mírenlos porque ellos siempre los miran, los cuidan, los protegen, los entienden y cada vez que pueden se manifiestan: en un tropiezo, en un imán que cae de la nevera, en el hueso que le hurtan al perro o quizás en esa llave que nunca encuentras. Observen y mírenlos porque solo de este cuento se han ido.