viernes, 30 de junio de 2017

EL COLLAR DE PERLAS...


                  Era temprano, pero quería dormir. De esas veces que lo único que quieres es cerrar los ojos y que se acabe el día. Pues bien, me dispuse a mi cometido: media posición fetal, mano derecha bajo la almohada, sábana tullida entre mis piernas, ojos bien cerrados, mente rozando blancura…Y de repente, un sorprendente cosquilleo en mi oído interno izquierdo, algo inusual, algo raro pero sabroso, como pequeñas uñas rasguñando, como chiquitas caricias…Como ternuritas del más allá o pequeñas incitaciones del más acá. Presto el instinto, colocó el dedo índice en ese laboratorio de sonidos, urgó despacito en él y de repente el grito me ensordeció. Me levante, tiré las sábanas, brincó la almohada  y la posición medio fetal tomó la disposición de un guerrero atento y perspicaz. Prendí la lamparita de mi mesita de noche, raudo caminé al baño a desafiar mi espejo, quité el dedo, giré poquito la cabeza en un movimiento pensado y calculado para que mis ojos no perdieran de vista aquella imagen. Todo era silencio, ni siquiera los vecinos gemían (Claro!!! Es que era temprano y no era sábado), empezaron las gotas de la incipiente lluvia a pegarse en las ventanas y el primer trueno, me asustó. No era mi oído, era el cielo. Seguí atento a mi surrealidad, estiré el lóbulo de mi oreja, recorrí su trasero, hice ventosa con mi dedo y nada. Todo es su lugar, todo perfectamente encerado a su nivel y todo quieto en sus nervios.
                 No era un sueño, pues mis ojos,  acababa de cerrar. No era sugestión, pues lo único que deseaba era dormir y ya mi mente respiraba albas blancuras, no era imaginación pues ya la había dejado toda en mi último escrito, quizás solo una mal interpretación. Y eso me consoló. De nuevo me dirigí a la cama y está vez mi posición medio fetal se tumbó en mi lado izquierdo. Mano bajo la almohada, tullidas sábanas entre mis piernas y mente quien sabe de qué color. Y de pronto, un grito: ¡Me ahogas, duérmete del otro lado, imbécil!. Esta vez no me levanté, me calmé, eso era real, surreal pero real. Despacito di precisas instrucciones a mi brazo derecho, para que mi mano prendiera la lamparita, poco a poco despegué mi cabeza de la almohada y la sorpresa no fue surreal, fue abstracta y fóbica. Ahí estaba aquella criatura. No era un hada porque no tenía alas ni campanitas, no era un gnomo porque no era feo ni usaba gorro, no era un elfos ni ninguno de ellos. Tampoco era Santa Clos pues no tenía barba ni renos a su lado, no era ni gigante ni enano pues en su admiración lo medí y solo cubría el espacio entre mi uña y la primera falange. Era un ser medio atómico, con ojeras y que hablaba como yo. Sus grandes cejas, delataban su mimetismo, sus manos estaban llenas de una extraña tinta y sus pies, olían a dolor de tanto camino vivido.
-          ¿Quién eres?
-          ¿Quién eres tú? Me replicó y prosiguió…
-          Cuando tú sepas quien eres, yo sabré quien soy. Solo te pido que te definas, dicen que en el buen pedir está el buen dar. Solo dime.
-          ¿Quieres que te cuente mi historia?
-          No, por favor. Esa me la sé de memoria. No es aburrida, más bien diría atípica, pero ya me la sé. Lo que quiero, es que de una vez te definas y así sabré a donde voy.
-          Soy hombre, me gustan las mujeres, a veces escribo y otras trabajo…
-          Te dije que esto ya lo sé. Joder!!! A ver, te contaré una pequeña historia y entenderás.
-          Adelante! Empieza! Soy todo oídos (nunca mejor dicho)
                 Y mi pequeño y punzante amigo, se puso cómodo en mi almohada. Se quitó los zapatos, sacó un diminuto cigarrillo de quien sabe dónde, lo prendió, sirvió en copa un viejo tinto de quien sabe que bodega y en su primera exhalación susurró: “Ahí voy”
-          Un día, hace muchos años, alguien me hizo un encargo, un divino encargo. Debía cuidarte, archivar poco a poco tu vida y de ahí tener la capacidad de asesorarte. Y empecé bien, tu niñez fue la que debía ser y yo trabajaba bien, en tu adolescencia me sacaste de quicio pero soporté estoicamente tus hormonas, pero en lo que llaman el principio de la madurez, me volviste loco. Empezaste a decidir, a pensar, a reflexionar…Tuve que indagar muertos archivos para comprenderte, incluso deshojé los de tus padres, abuelos y bisabuelos…Y tú, a la tuya. Te valió un sorbete la genética, reinventaste tu educación y te pusiste a resolver problemas que no eran tuyos. Muy temprano te levantaste en la tristeza, viviste la mentira en tu generosidad, besaste pasión por resolver tus ansias y deambulaste por atajos con tanta intensidad, que ni el viento se atrevió a borrar. Y yo, en mi fragilidad, renuncié.
-          ¿Renunciaste a vivir en mí?
-          Renuncié a ti. Pero no fue fácil, porque en el fondo te quería, te amaba y seguía deseando estar contigo.
-          ¿Y qué hiciste?
-          Me mordí un ovario y parte del otro. Conté despacito hasta un millón. Salí a caminar, mientras dormías y hablé profundo con el Sueño, para que te cambiara. Entonces el Sueño, habló con tu Luna y ésta, maestra de la eterna sabiduría, le dio un collar con siete perlas. El Sueño me lo entregó y me explicó: “Nuestra Luna me dio este collar, tiene siete perlas y sin que él se de cuenta, cada vez que el Tiempo te lo mande, una pegarás a su alma. Cada vez que lo hagas, un cambio notarás, lo archivarás y tú también, en él crecerás. Cuando te pregunte, dile que es un collar prestado hasta el día de su renacimiento. Entonces,  se deshará y cada perla seguirá su destino.”
-          ¿Y lo hiciste?
-          ¿Tú que crees?
-          ¿Y dónde están mis siete perlas?
-          Son tus seis hijas y tu hijo, los que te dan fuerza y razón para vivir. Están sembradas en tu alma y aunque a veces no lo creas, viven en ti. No hay distancia entre ellas, no hay tristezas, no bailan en rencores y jamás se desconocen… Solo fluyen en una misma sangre, la tuya.
-          ¿Y tú, quién eres?
-          ¡Soy tu conciencia, mi amigo!¡Qué trabajo!¡Joder!¡Divinidad, quiero pago por horas extras!
                 Quizás no lo sepas, pero cada uno de tus hijos, es una perla de ese collar que quizás tu conciencia, en su persistencia, ya  sembró en tu alma para que las cultives día con día. Son perlas prestadas que debes educar, abrazar y amar. Sé consciente de ellas y de tus actos,  porque en tu ejemplo crecerán y un día, para bien o para mal, cambiarán tu mundo. Toma conciencia, de ti depende.



        

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