jueves, 20 de abril de 2017

EL PAJARITO...


            Cuentan que un pajarito se enamoró de un árbol y éste lo adopto. Probó el vigor de todas sus ramas, bebió rocíos en cada una de sus hojas y refugió sus noches en cada uno de sus agujeros.  Inquieto, hiperactivo y frágil de sentimientos, un día decidió que conocería otros árboles. Voló y conoció, probó otras ramas y bebió de otras hojas.  
            En su viaje conoció semejantes y muchas otras especies, se divirtió, jugó y comió manjares que jamás imaginó. Creció y creció. Un día su Luna era tan menguante que lo llenó de añoranza, sintió tristeza por aquel viejo árbol, ese árbol que cobijó su vida cuando era chiquito, ese árbol que le dio un hogar, ese árbol que lo abrazó desde que nació. Voló hacia él y ahí estaba. Sólido como siempre, con más corteza pero con más raíces, quizás con menos ramas pero con más hojas, quizás con menos savia, pero con más experiencia.
            El pajarito estuvo un tiempo con él, pero al sentir que ya no era como antes, que su vitalidad estaba un poco mermada, que sus ojos escribían alguna que otra tristeza y que sus manos ya no sostenían sus juegos con aquella firmeza, decidió irse. Y el inexpugnable tiempo pasó, el pajarito tuvo descendencia y avejentó su figura. Sus alas ya no eran tan inquietas, su corazón latía más despacio y no había encontrado en ningún árbol esos agujeros que dieran el calor de hogar a sus hijos, que aquel viejo árbol le había dado a él.
            Con decisión y premura voló hacia él, se llevó a sus pequeñitos y en el camino les iba explicando todo lo que aquel viejo árbol era para él. Sus pajaritos, esquivando el ruido del viento, lo escuchaban con atención, tanta que la ilusión por poseer uno de aquellos agujeros se estaba convirtiendo en inquebrantable deseo. Llegaron al lugar. El viejo árbol ya no estaba. Lo habían talado. En su lugar, esa talla llena de lánguidos círculos que detallaban su edad, su sufrimiento y su historia. El pajarito lloró y sus pequeños aguantaban una que otra lágrima sin saber a ciencia cierta, lo que había pasado. Las lágrimas no cesaban y vivió el dolor. Su corazón se llenó de tristeza y en su alma escondió culpas. No fue justo, le negó un último abrazo y jamás pudo decirle, que lo amaba.
           Desde entonces el pajarito cambió, educó a sus pequeños en la nobleza y el recuerdo, les enseñó que cuando se ama no se olvida y que lo material jamás cabe en el alma. Que cuando te dan ternura sin pedir nada a cambio es como besar el cielo, que la vida elige a quien te sostendrá y solo tú eliges con quien morirás. Y dicho esto, los miró fijamente y les dijo “No me dejen morir como ese viejo árbol, que un día arropó mi vida, que un día me dio calor y llenó mi alma de consejos. No quiero morir solo y triste”. Desgraciadamente quizás su enseñanza cayó en vacío pues sus pequeñitos ya habían aprendido de su ejemplo.
          Y los pequeñitos volaron y volaron. El pajarito entendió que eran prestados, que no eran su posesión y que morir sólo, es una opción de vida. Entendió sus vuelos porque siempre los educó en la libertad y en su última reflexión dejó que el libre albedrío tomara sus decisiones. Llegó el momento. El pajarito agonizaba y sus pequeños no llegaban. Cerró sus ojos, respiró un último aliento, doblegó sus alas y vió un túnel de Luz: Ahí estaba aquel viejo árbol esperándolo y junto a él, sus pequeñitos pajaritos cobijados en sus agujeros. Y el viejo árbol, lo abrazó entre sus ramas y le dijo “Ni cuenta te habías dado pero ellos me encontraron antes que tú, tu solo esperabas y ellos morían. Yo fallecí solo, ellos murieron solos y tú vienes a mí, solo. Entendimos mal la vida, abrazamos vientos que ni siquiera una gota de oxígeno nos daban y ahora no podemos descifrar la muerte”. Fui egoísta y dejé enraizar mis raíces mientras tu volabas, jamás te acompañé. Tú fuiste desagradecido y jamás me volteaste a ver, aún cuando seguía tus pasos a través del cielo. Y tus pequeñitos nunca tuvieron la oportunidad de aprender porque en la libertad que les diste no había ninguna enseñanza, solo tu mal ejemplo”

             Primero enséñalos, después deja que sean libres. Antes de que eches raíces piensa que un hogar no es cemento y ladrillos, que la enseñanza que des se mide primero por tu ejemplo y siempre, siempre sé agradecido porque en la palabra “gracias”, siempre vive el beso de un cielo.